sábado, 27 de mayo de 2017

El perfume de la vida

El sol me abrigaba. Era como una manta que me envolvía y dejaba a duras penas traspasar trazos de frío. Me gustaba estar al aire libre, sentía la vida moverse de aquí para allá. Sentí cómo se sentaron a mi lado, tomaron mi cabeza con delicadeza y atrayéndome; besaron mi frente.
No me resistí. Conocía esas manos; su ternura.
-¿Qué aroma tiene tu día? -inquirió.
-Huele... a humedad -respondí con franqueza. De súbito recordé la anécdota de cuando me habló sobre las etiquetas. Los demás me etiquetaban de "tímida", cuando lo escuché había revisado en mi cuello y espalda en busca del cartel. Ella se desternilló de risa, dijo que parecía un perro tratando de alcanzar su cola. Ese día ganó muchos seguidores con su trabajo; aunque confesó que fue a costillas mías. El estar conmigo le daba muchas ideas. Era su mina secreta de ingenio, según me decía.
Suspiró.
-No agregues más humedad al ambiente -le reproché haciendo pucheros. Tomó mi mano e hizo que me levantara del banco, luego me hizo dar un giro.
-¿Y ahora? -preguntó divertida.
-Huele a fresas -respondí en el acto.
Mi tía Ruth y yo teníamos un código de aromas, cada uno significaba una emoción o sentimiento. Evidentemente, no era época de fresas y ningún puesto del parque las vendía. Según el reporte del clima, haría un tiempo caluroso y despejado. Entrábamos en el tercer mes de sequías, conseguí escuchar antes que mamá apagase el televisor. Detestaba que pusiese canales o programaciones como aquellas. Solía decir que me dificulta hacer amigos, porque no hablaba acorde a mi edad. Además, el televisor estaba vetado para mí, por supuesto.
-¿Tuviste muchos likes hoy?
-1473 y contando... ¿qué programa pusiste hoy?
-No recuerdo el nombre. Hablaban de un niño cantante... y el habló de ignorar a los "espicha sueños". También de un festival de películas extranjero y de una organización internacional que la trajo al país un niño de doce años.
Caminábamos a un solo ritmo. A tía Ruth no le preocupaban mis gustos para programas, los conocía de memoria. Solíamos comentarlos cada vez que nos reuníamos. Para las ocasiones en que me aburría en casa, contaba con una colección completa de discos compactos. Mamá insistía en mantenerme alejada de las computadoras, papá y ella eran un muro al respecto: temían que me hiciese adicta al Internet y esto "empeorase" mis problemas de comunicación. Tía Ruth solo encogió los hombros sobre el tema y me regaló, en cambio, un CD tras otro. Le gustaba mostrarme ritmos y letras diferentes, aunque luego aturdiese a todos preguntando por una u otra palabra.
Olía a humedad. Mamá estaba entretenida otra vez con el teléfono. Tía Ruth era su hermana menor, sabía que yo relacionaba la humedad con el abandono y el deterioro. Nunca había ido a un psicólogo. Aunque mis maestros y demás adultos insistían que necesitaba más contacto con niños de mi edad, coincidían en que estaba teniendo una niñez feliz y peculiar.
Jugué con la yema de sus dedos.
Me sentía segura. Sentía que mi vida estaba "habitada", era la extraña sensación que me producía los encuentros con tía Ruth. Seguía oliendo a tinta, acuarelas, tenía aliento a café y marcas en sus dedos de tanto apretar los pinceles.
-Debe ser... aroma a vida... -susurré.
-¿Dijiste algo, Amelia? -preguntó con aire distraído. Solía estar presente a medias, como si su mente viajase muy lejos y dejase su cuerpo allí plantado, eso decía mamá. Luego se corregía, tía Ruth dejaba o aplazaba sus compromisos para compartir conmigo: siempre.
Negué con un gesto.
Iniciamos nuestro juego predilecto con la ferocidad de una tempestad imprevista. A ninguna le gustaba perder, aunque yo tenía un marcador de 327 victorias a escasas 186 suyas.
-Tinte -solté.
Ella observó por las inmediaciones del parque hasta encontrar a la muchacha rubia de cejas negras.
-Siguiente -pidió con tono triunfante.
-Salchichas -continué.
Solía hacerle esas "malas pasadas" mientras jugábamos. Ella pasaba un buen rato buscando un carro de perros calientes o alguien comiendo una salchicha. Yo sonreía con picardía mientras nos alejábamos del muchacho que paseaba a un par de diminutos y alargados perros. Por ratos nos deteníamos, entonces ella aspiraba profundo para detectar el olor que le pasaba inadvertido. Alguien se aproximó con un fuerte taconeo por las caminerías hasta nosotras, reconocí los pasos sin necesidad de volverme.
Soltó su cabellera ondulante y mis pulmones se llenaron de esa fragancia familiar. Yo había escogido ese champú para ella igual que la crema corporal que compartíamos. Solo con el perfume la ayudaba, pero la última palabra era suya.
-¿Terminaste por hoy, Ruth? ¿Tus fans no te asediarán ahora?
-Conocen solo mis trazos, no mi cara, Scarlet.
-Adivino, te viniste incomunicada de nuevo, ¿no, hermanita?
Reconocí el tono. Era la rivalidad entre hermanas, otra vez. Papá me hablaba sobre el tema cada vez que acababa envuelta. Me decía que los papeles de ambas: mamá y tía Ruth, se habían mezclado como antiguas cartas por una confusión en el correo. Lo que mi mamá ansió por una vida, lo obtuvo tía Ruth. Una carrera profesional, holgura económica, viajes, congresos, eventos, en escasas palabras, ser una referencia en su área y que su éxito suba como espuma.
Por otra parte, decía papá, tía Ruth quería una familia. Un trabajo estable, pero sin mayores ambiciones. Una familia era el tema que le ponía los ojos como "un dos de oro", solo eso le daría valor a su trabajo. Ahora, mamá tenía un jefe tiránico, luchaba por un ascenso -algo de divertido tendría para que "pelease" por uno. Solía imaginarla como un sumo o una guerrera como Xena para obtener ese ascenso.
Papá reía al escucharme, luego me amonestaba por las referencias.
Nadie tenía lo que quería; ahí estaba yo. Entre el invierno que asociaba a la Navidad y la primavera con su explosión de fragancias. Entre mamá, mejor conocida como Scarlet, y tía Ruth mejor conocida como @ThScent en las redes sociales.
Mamá conducía el carro en silencio, las noticias se prohibían mientras yo estuviese abordo. En cambio, era la DJ oficial de cada trayecto, cosa que me hacía sumamente feliz. Cerré los ojos en el asiento trasero mientras escuchaba la melodía. Era una tonta, no había diferencia. Abiertos o no, solo había oscuridad para mí. Me sentaba en medio, solo me acercaba a las ventanas para sentir la brisa a ratos o para aspirar la fragancia de la ciudad.
Era una oscuridad amueblada la mía. Quizás mi vista se perdió como los cartas de tía Ruth y mamá, quizás la tenía otro. Quizás, somos como un envase con cierta medida. Mis medidas las habían llenado con el resto de los sentidos y, cuando fueron a verter la visión, se derramó como la leche de un tazón de cereal.
A mi manera particular, estaba agradecida. Tanto mis papás como tía Ruth jamás hablaban de mis ojos como un defecto, ni siquiera a solas. Lo sabía porque desarrollé gran sigilo en el caminar, daba sustos mortales a mamá o papá cada tanto por acercarme a hurtadillas. Los escuchaba conversar mientras me hacían dormida. Allí, en mi oscuridad prolongada, en mi noche soleada, tanteaba su amor.
Mamá, con su naturaleza orgullosa, se deshizo de su capa de súper mujer y pidió la ayuda de su hermana. Dijo que el trato con los niños no era su fuerte, pero si algo compartían -además de la misma sangre- era su amor por mí. Así que me convertí en una clase de "tregua humana". El gesto de su hermana Scarlet estremeció a tía Ruth que dio un vuelco a su vida profesional para apoyarla. Realmente, mamá era buena como tal. Necesitaba a su hermana para no desmoronarse ante el reflejo de mis ojos, lo deduje pasado un tiempo. Me amaba, pero quería algo para mí que ninguno ascenso podía conseguir.
En mis rondas sigilosas, escuché llorar a tía Ruth. Llegó una noche sin previo aviso y alterada. Estaba diferente, papá lo notó apenas abrir la puerta. Le había heredado lo perceptiva.
-Se quedará a dormir... pero en una habitación aparte -me contó papá. Quedé helada y confundida. Cuando pasaba la noche o el fin de semana en casa dormíamos juntas.
Tía Ruth me veía y lloraba. Se le hacían agua los ojos y el rostro adquiría una forma extraña, casi forzada. Había memorizado cada detalle de su cara. Me percaté cuando le acaricié en un gesto afectuoso. Para mí, tía Ruth tenía aroma a vida. Reconocía el olor a frutas tropicales de su champú, el perfume de nombre impronunciable que se ponía por gotas detrás de las orejas y en las muñecas. Conocía la fragancia a rosas de su antibacterial. Su aliento a café, el suavizante de las mantas con que me cubría o las prendas que me dejaba modelar aunque las arrastrase por el piso. Me llevaba 22 años, cada vez que hablábamos, sentía que tenía una charla con mi futuro. Con la persona que sería cuando creciera. Quería ver. Ansiaba devolverle una mirada, detallar sus dibujos y pinturas que tanto la apasionaban. Pensaba todo esto, los pensamientos me golpeaban como la lluvia golpea a la tierra... mientras ella lloraba. Lloré con ella, me sentí sola tras estos ojos sin luz. Mi halo de luz se esfumó.
Dos semanas después, un accidente escandalizó a la ciudad. Una mujer joven quedó aprisionada en un coche. El carro quedó deshecho, su conductora murió cuando la ambulancia llegaba con ella a las puertas del hospital. Por aquel entonces, preguntaba sin cesar por mi tía. Era la única amiga que tenía y me extrañaba que no fuese a visitarme a la clínica donde estaba por una fuerte indigestión. Me torturaba la dieta líquida con que me mantenían, tampoco se podía jugar en una habitación encerrada.
Algo iba mal. Me hice la dormida entrada la tarde, quería que mis papás hablasen como si no estuviese.
-Dicen que se quedó dormida al volante. Sabíamos que no estaba comiendo bien, ya casi no dormía y se alejó del trabajo como de nosotros -escuché a duras penas decir a papá.
-Éramos el único consuelo que le quedaba... -mamá lloraba. Tenía las lágrimas atoradas en la garganta, por eso, hacía largas pausas-. Roberto la abandonó hace mucho, pensé que estar con Amelia la ayudaría... le devolvería un poco de vitalidad...
Mamá lloraba como si fuese una nube o un arroyo, como si a media que le salían las lágrimas se desvaneciese.
-También pensé que se recuperaría, querida. Pero enterarse de que era estéril, después de acabar con una relación de diez años, fue igual que un infarto para ella.
Dormí soñando con mi halo de luz. Recordé nuestras conversaciones. Hace tiempo, no sabía exactamente cuánto, me dijo que las estrellas nos engañaban.
-Muchas estrellas ya no existen, vemos una luz que ya no tiene origen.
Luego me dijo que el origen es como la semilla de las personas así me lo explicaba todo. Soñé con una lluvia infinita de estrellas. Algunos adultos decían que era una niña despierta, pero yo me consideraba una niña dormida. Creía que la vida era como los sueños, que esa parte era auténtica. Desperté mientras alguien me abrazaba... y me mojaban. Era una lágrima, lo supe cuando una cayó en mis labios.
-Tu tía... Amelia, tu tía hizo un viaje muy largo... pero quiso darte un recuerdo antes de irse... -mamá hablaba con esfuerzo, se quedaba sin aire al terminar cada frase.
-¿Cuándo volverá? -pregunté con miedo-. ¿Es un nuevo CD, mamá? Dámelo, quiero que sepa que lo escuché. Quiero memorizarme las canciones para que cantemos juntas cuando regrese...-estaba suplicando. Me llevó un minuto notar la desesperación en mi voz.
-No, mi niña. Tu tía te regaló algo que no tiene precio -se rompió la voz de papá. Supe que lloraba.
Ambos sostuvieron con fuerza mis manos.
-Ella llevaba una nota en la cartera. Dijo que no los necesitaría más... que disculpes lo usados que están...
Los tres llorábamos. Sentía los corazones acelerados de ambos, pero no entendía qué querían decirme.
-Tu tía, mi Amelia, se inscribió como donante de córnea seis meses después de que naciste. Ella... te heredó sus ojos.
Las estrellas nos engañan. Han muerto, ya no están. Se han disuelto en lo infinito del universo. Nos dieron cuanto tenían, un atisbo de lo que nos espera allá fuera, un atisbo de belleza. Hoy huele a grama recién cortada, su olor impregna mi piel mientras el sol se levanta en el horizonte.
En las tardes de mi niñez escuché incontables canciones de despedidas. Esa época, ahora lejana, me enseñó que las cartas se pierden en el correo, que nuestras perspectivas mutan y se transforman, que lo "nuestro" es lo que damos y no cuánto recibimos. Me enseñó que las vidas son velas, que se encienden entre sí, que pasan su luz de unas a otras. Justamente, eso fue lo que recibí una mañana dentro de un quirófano.

martes, 2 de mayo de 2017

El grosor de la telaraña

Era de los personajes más pintorescos del pueblo.
Al menos, eso me decían. Mi pueblo era pequeño, insignificante, para quien lo desconocía. Entre las reglas tácitas de esta clase de comunidad; destacaba el conocer a los otros y tener contacto continuo con ellos. Ni siquiera la tecnología logró abolir el contacto humano en nuestras calles.
Me quité los zapatos sin usar las manos. Saqué una botella de limonada de la neverita. Hurgué en mi bolsa deportiva y saqué una bolsa extra grande de papas fritas. Me acosté cuan larga era. Estiré mis músculos. Di un sorbo largo a la limonada y abrí el paquete de chuchería, el espectáculo estaba por iniciar.

Llegaban como susurros el collage de sonidos propios del quehacer cotidiano. La altura lo amortiguaba todo. No me alcanzaban los taconeos en el pavimento, el resonar de unas pocas cornetas. En aquel instante, las risas infantiles eran finas como hilos de seda, las charlas llegaban como un remix de unas y otras.
Así se escucha la vida, pensé.
Mi paz, mi espacio, era como una telaraña. Estaba oculta entre la multitud, parecía diminuta e imperceptible. El sol acarició con infinito amor la silueta de cada nube en el panorama. Iba colmándolo todo con sus rayos, cálidos e inevitables. Incluso yo me sentía en un degradé de colores. Todas mis emociones salían a flote, como globos de helio que sueñan con besar al sol. Sentía que la belleza desbordaba de mis ojos.
Aquella era mi cita con él. Con la persona que me hizo emerger.
Escuché un tropel en las escaleras. Una ventisca estremeció la tienda, tiró por tierra la campanilla de viento. Alguien saltó alterado. Habían descubierto mi telaraña, demasiado pronto, demasiado efímero. Los globos explotaron durante su ascenso.
- ¡¡¡Loto, tienes que irte!!! - advirtieron Luis, Axel y Dérika al unísono con la respiración entrecortada, temblando y con sus caritas rojas por el esfuerzo.
Cantó un cristofué.
Salí de la tienda de acampar mientras el ocaso bañaba la azotea. Una azotea extrañamente limpia, tratándose de un edificio abandonado.
-¿Qué sucede, muchachos? -pregunté relajada. Intentaba restarle importancia, fuese lo que fuese parecía de cuidado.
- Están exigiendo al alcalde que te eche del pueblo.
Quedé inmóvil. Agradecí que tuviese la mirada fija en los zapatos, así ellos no percibirían mi preocupación. Apreté las trenzas y las anudé alrededor de los tobillos.
- ¿Por qué querrían sacar del pueblo a una mesonera como yo?
Traté de mostrarles que su preocupación era infundada. Peiné mis cabellos con la yema de los dedos. Recogí mi melena azabache en una cola alta, entretanto, los niños vacilaban, Se miraban entre sí, sin saber qué decir. Dérika tomó la palabra tras un momento.
- Los extranjeros dicen que manipulas a todos -dudó-. Dijeron que eres una bomba de tiempo... -la miré con ternura. Los niños repetían lo que escucharon en el pueblo, pero no sabían qué significaba. Para ellos, era como una onomatopeya sin sentido, como vocablos en otro idioma.
Anocheció.
La oscuridad engullía al pueblo. Me incorporé con calma. Me acerqué a ellos que me miraban con lágrimas contenidas. Los despeiné uno a uno, les di un abrazo grupal. Escuché cuervos cerca de la azotea, un chaure cantó sobre nuestras cabezas.
- Bajemos -los animé mientras los rodeaba con los brazos.
La puerta se cerró a nuestras espaldas- "Todo cae bajo su propio peso"; pensé. Soy, escuetamente, una mesonera en Flor de Lis un café del pueblo, Ciroé. Conocía cada rostro en la comunidad, cada nombre, cumpleaños, desayuno favorito y mucho más. Aprendí cuántas cuadras separaban al café de cualquier punto en Ciroé.
Abrimos juntos la puerta que daba al exterior. Rechinó casi en un arrullo, en un lamento. Los niños se aferraron a mis manos y, Dérika, a mi cintura.
- ¿Querían decirme algo, señor Gómez, señor Rodríguez? -inquirí con naturalidad. De ser otras las circunstancias, parecería que les preguntaba qué querían comer del menú.
Encolerizaron.
- Tú, muchacha, asfixias a los ciudadanos de Ciroé -se jactó Gómez. Habló como si tuviera una bruja frente a sí.
Lo observé en silencio.
Tenía las piernas separadas de manera que formaban un triángulo perfecto. Sacaba su pecho de manera exagerada, su posición era tan forzada y antinatural en un intento por intimidar. Habló innecesariamente alto, con aire despectivo y autoritario.
- ¡Tienes engatusados a todos, como a esos indefensos niños! -acusó el señor Rodríguez dando zancadas hacia mí-. ¡Esta chiquilla los ha manipulado con maestría, los ha sometido como a monigotes! -exclamó volviéndose hacia la gente que se había congregado en torno al edificio.
El señor hizo el ademán de coger por el brazo a Axel. Di un paso hacia él, clavé mi mirada en la suya.
- Si alguno de estos niños se separa de mí; es solamente porque irán a los brazos de sus padres.
Mi tono fue desafiante y autoritario, los nervios de ambos hombres se crisparon. Se encendió poco a poco el alumbrado público, mientras mis vecinos murmuraban entre sí. Ninguno se involucró.
- ¡Ni siquiera saben qué hacen! -se mofó Gómez-. Apenas son chiquillos...
Sentí cómo los tres se aferraron más a mí.
- No me gusta ese hombre, Loto -murmuró Dérika.
Acaricié las palmas de Luis, a mi izquierda, y Axel, a mi derecha. Balanceé los hombros. Ambos hombres me ignoraron mientras insistían a los vecinos que me dejasen a las afueras, que me exiliasen.

Uno.
Dos.
Tres.
Los niños se soltaron y tomaron tres direcciones diferentes. Los forasteros intentaron reaccionar cuando irrumpí en sus pensamientos.
- ¿Serán felices si me marcho? -la multitud quedó impávida, los murmullos se rompieron como pompas de jabón. El silencio se posó en los labios de cada individuo.
Hubo un minuto de silencio. Algo moría en Ciroé, aunque nadie advertía el qué. Rodríguez y Gómez lo notaron, el miedo les atravesó la mirada, les era incomprensible.
Algo moría. Algo precioso, incorpóreo y compartido.
Era como si un ave cayese inerte en pleno vuelo y parase en medio de nosotros. Se diseminó la nostalgia ante una pérdida repentina, un sentimiento compartido y silente. Los forasteros me observaron, sus rostros eran carmín por la rabia. Fue Rodríguez quien en dos pasos llegó hasta mí y, como si fuese un zarpazo, me tiró por tierra. Rondaba los 65 años, pero era irracionalmente fornido.
Dérika gritó envuelta en los brazos de su madre.
Alcé la vista hacia mi agresor.
- No es fuerte quien arremete contra otros. La verdadera fortaleza no reside en los músculos, ni recurre a la violencia -me incorporé-. Solo ha hablado por ellos -señalé a mis vecinos-, pero en Ciroé no hay mudo o sordos.
Rodríguez alzó su mano para tumbarme de nuevo, cuando Gómez lo detuvo.
- Un pueblo no puede someterse ante una chiquilla: ni por esta. Eso es impen...
- Tiene razón -lo interrumpí. Quedó sin palabras. Cogí mi bolsa deportiva que cayó al suelo. Paseé la mirada por cada vecino, me detuve un segundo en cada rostro.
El silencio se hizo sentir. marcharé... -Axel, Luis y Dérika gritaron mientras sus padres los frenaban para que no volviesen conmigo. Estaban inquietos y se revolvían en sus brazos.
- Solo soy una veinteañera. Si les hago daño o se sienten manipulados; me
La mamá de Dérika le acarició el rostro, secó sus lágrimas y susurró algo en su oído. Luego, se separó de la multitud pasando al lado del alcalde, que permanecía como un espectador más, y de mis acusadores.
- Si eres una manzana podrida o no, lo sabremos con una prueba.
- ¡¿¡¿Prueba?!?! -vociferan Gómez y Rodríguez, aunque todos estábamos consternados por igual.
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- Sí. Sometamos a Ciroé a un experimento -había hablado para mí hasta entonces, se volvió en dirección a los vecinos y prosiguió-. Pongamos a Loto en cuarentena.
Cuando amaneció me habían arrancado el gentilicio de la piel. Estaba exiliada a un desierto de bloque y concreto, a una chaqueta de fuerza de polvo y hierro. Acaricié la grieta que atravesaba la pared, que la hería y deslucía como una cicatriz. Estaba tan sola como el edificio que habitaba. Allí, en el centro exacto de Ciroé, éramos invisibles.
Miré el techo. Me revolví en las sábanas.
"El trago pudo ser peor", pensé. Procuré consolarme, estaba en el único apartamento habitable del edificio. El único aún amueblado, permanecían en él rastros de vida. Los recuerdos se apiñaron en mis ojos hasta desbordarse. Estaba allí excluida y abandonada por amarles. Por amar a quien se fue, a aquellos cuyo reloj se detuvo. Ellos se fueron sin mí, se fueron adonde no podía alcanzarlos.
Sentía los ojos secos. La añoranza de mi alma se fugó, se escapó a través de mi dolor.
Oceanía, mi vieja amiga, me enseñó cuanto sabía de las personas. Me convidó a abrir el alma, como la flor abre sus pétalos, a escucharlos. "Escúchalos. Cada uno contiene el clamor de la humanidad entera. Acompáñalos, se avecinan tiempos de desgarradora soledad y dolor incalculable", dijo una tarde cualquiera. Hablaba con solemnidad como si me encomendase una operación a corazón abierto o el cuidado de una especie en peligro de extinción.
Descorrí las cortinas del viejo cuarto; su cuarto. Saqué la mano por la ventana, sentía la fragilidad que le sigue al llanto. Me sentí vacía cuando palpé el tronco de la visteria china. Oceanía amaba esa trepadora. Era una reliquia familiar, sus padres la plantaron cuando construyeron el edificio y guiaron su crecimiento para que adornase al mismo. Oceanía siempre lo cuidó como a una joya.
Ochenta, noventa, noventa y nueve... sacaba cuentas mentalmente. Amó tanto a la visteria china que recordaba la fecha y hora exacta en que la plantaron. Me contó la historia con tal detalle, y tantas veces, que me sentía parte de ella. Sentí el desnivel y la superficie del tronco.
- El tronco de la visteria absorbe cada historia en Ciroé, este árbol es un ciudadano más del pueblo, Loto -me explicó cuando vaciaba su vida en la mía.
Una hormiga exploraba mi mano que tocaba 100 años de historias.
- Si pudieses, también hubieses llorado -le susurré a la visteria con sus flores fragantes y lilas, con la complicidad que se le reserva al confidente.
La visteria lloraría. Su dolor habría inundado las calles de Ciroé, hasta sumergir cada hogar. Llanto amargo y profundo porque nuestra Oceanía se fue muy pronto. Era tan guapa con sus ojos brillantes y sus arrugas que exhibía orgullosa. Sí, orgullosa como una "moza" muestra su piel tersa o sus dotes artísticos.
Oceanía enseñaba los pliegues de su tez y decía: "es el álbum de mis vivencias. Reí hasta tener un acordeón por piel y amé hasta quedar arrugada como pasa". Tenía el don de hacer que te avergonzara tu vista corta, tu dramatismo.
Su mirada se apagó. Murió el sol en su interior, cuando el "sazón" de sus días fue apartado de su lado. Ella me adoptó como a otra joya en sus días, en su historia. Fuimos unidas como la nieta que se creía con su abuela, era imposible recordar sin suspirar. "Mi Loto...", me decía abrazándome cual si fuera un sueño. En parte, lo era, todos en Ciroé olvidaron mi nombre... poco más y yo lo haría. Fui su Loto y, cuando su luz se apagó, me heredó al pueblo.
Apoyé la cabeza en el tronco.
Un mensaje acabó con su nieto. Un mensaje y un conductor irresponsable nos sumieron en días de hiel y frío. En esa época, estábamos en Ciroé sin estar en él. Se parecía tanto a mi cuarentena, estábamos desconectados. Oceanía comparaba a su nieto, Jorge, con un pino. Por ella, me hice un bosquejo del buen pino trasplantado desde la ciudad. Allí estaba la vieja punzada, seguida de la sensación de ser un pozo sin agua. Jorge me cautivó durante el primer recorrido por Ciroé, yo encadenaba cada lugar simbólico con una anécdota y las peculiaridades de los vecinos.
Jorge tenía mirada de niño, se enorgullecía Oceanía: y era cierto. Encontraba belleza adonde fuera, tenía una mirada despierta y nunca mató su capacidad de asombro. Este par, mi par, era una familia de espíritu. Gente que parece elevarse por encima de lo trivial, de los rencores y cuánta hierba mala contamina a la sociedad. Aún me costaba creer que 160 caracteres, que un mensaje, cortase la vida de ambos.
El impacto lo mató a él.
La tristeza la carcomió a ella.
Y yo quedé sola, sin nadie que regase mi alma.
Era un reloj sin segundero... inhalé despacio, contemplé mis manos y a la hormiga pérdida en mi diestra. Fuera de Ciroé se extinguiría el aire en mis pulmones, tendría que inventarme una vida.
Abandone la habitación del quinto piso y fui a la azotea, sin prisa. Cada segundo gastado me acercaba al veredicto. ¿Qué hubiesen pensado Oceanía y Jorge sobre la decisión de mi confinamiento? Quien pensaría que el edificio, que me heredó ella, se convertiría en mi domicilio y cárcel. Chirrió la puerta dándome la bienvenida, todo chirriaba como si la estructura gimiese de dolor, mientras sentía que salía al encuentro de Jorge. Sí, a su encuentro, la belleza del mundo, lo efímero y sublime escondían el rompecabezas de su alma.
Y es que le amé. Aunque nunca lo pusiese en palabras. Por eso, cuando al fin entendí por qué Oceanía vació su vida en mí, por qué me habló del pasado de Ciroé sin ocultarme nada: me entendí como semilla.
Cantaban los cuervos y chaures, mi amado pueblo se escuchaba ausente y las nubes cubrían su cielo. ¿O sería su horizonte? Jorge supo que aquello era obra de su abuela.
- Otras abuelan tejen o te repiten historias, la mía hizo del pueblo un invernadero de humanidad. Lo sentí cuando me hablaste por el camino, esta gente está llena de mi abuela y... viceversa -nunca sabía adónde miraba, parecía que sus ojos atravesasen todo: a Ciroé, a las calles, a mí. Me observó en silencio-. También se están llenando de ti.
Él nos comparó con cielo y mar. Ambas nos reflejábamos y los vecinos, Ciroé, necesitaban de las dos.
- Ya no... -pensé. Rodríguez y Gómez mancharon sus memorias cuando lo calificaron de manipulación. Mientras mis vecinos me dieron la espalda con su silencio.
Tenía influencia en el pueblo, era un hecho innegable. Como la visteria china en su tronco, guardaba un siglo de experiencia contenida en mi piel morena y tersa. Mis mojos rasgados conocían las guerras y luchas interiores de los habitantes. Era un anal en la historia con rasgos indígenas y veintitrés años de vida.
Me pesaba el cuerpo o quizás lo corto de mis años. ¿No entendían que era discriminación? ¿Qué otro nombre´podría dársele a que viesen solo la edad y no la verdad en mis palabras?
Fue transcurriendo mi cuarentena mientras desde la azotea observaba las callejuelas del pueblo. Estaban a ratos sumidas en un silencio sepulcral y otrora en un bullicio que se elevaba ininteligible hasta mí. Por más esfuerzo que hacía, sentía que los miraba a través de un cristal empañado.
Supe que alguien velaba por mí. Cada semana sonaba una campana cerca de las visteria china, cuando bajaba hasta la entrada del edificio encontraba comida para siete días. Un guardia vigilaba que no saliese, era Mario. Me pregunté cómo seguiría su pequeña Eva de su fiebre de 39ºC.
La segunda semana, encontré contrabando en la caja de comestibles. Había un paquete extra grande de papas fritas, una bolsita de pistachos y un puñado de bombones. Axel, Luis y Dérika respectivamente, exclamé sonriendo. Esa delgada curva que parece formarse por el tamaño del corazón, casi me resultaba ajena. Ajena, lejana, extraña como el recuerdo de un sueño.
Comí el contrabando como un manjar, degusté cada bocado. Cerraba los ojos, y me parecía escuchar sus risas. Casi podía sentirlos halándome de un lado a otro. Entretanto, yo, tambaleaba y luchaba por no caer.
Para la tercera semana, añoraba con locura el compartir con todos. Rozaba el tronco de la enredadera deseando robar sus recuerdos felices. Deseando extraer fuerzas de otros tiempos. Advertí que mis vecinos evitaban la cuadra del edificio y, el silencio iba en aumento. Quería tener noticias de afuera, pero no tenía quién me las diera.
Contaba el día 34 cuando, con la basura, dejé una nota frente a la puerta del edificio. La soledad me pesaba, me demolía por dentro. Me sostenía solo el contrabando que los niños guardaban religiosamente. Reviví una a una las conversaciones con Jorge, el calor humano que impregnaba sus palabras y permanecía conmigo.
Me quedé dormida. Quizás por horas, quizás por días, las gruesas gotas me golpearon los pies. Dormí con medio cuerpo fuera de la tienda de acampar. Sentí el estómago vacío y el cuerpo débil, perdí 5 kilos y el ánimo de comer. El charco me devolvió una imagen demacrada; lo pateé.
No ganaría nada matándome de hambre, solo asustaría a los niños. Abrí la puerta que ya se despedía con su chirrido, que en ocasiones asemejaba un ronroneo, cuando escuché un bullicio. Me detuve en el umbral, sin voltearme. Primero fueron los gritos, le siguieron las risas y, por último, escuché llantos.
- La gente tiene maneras particulares de convulsionar, Loto -me dijo Jorge, cuando se sinceró, cuando contó por qué dejó la ciudad.
- ¡Tienes razón! Yo convulsioné por ese texto, por la muerte de Oceanía y la tuya -grité al edificio solitario, al armazón de recuerdos y nostalgia-. Convulsioné a la sombra de la visteria china y sus flores lilas. Dejé de sentir y luego... -me detuve en el quinto piso-. Luego entendí... que Oceanía era como el viento... soplaba y ponía en movimiento la voluntad de todos en Ciroé.
Era así. Nunca forzó nada; tampoco me enseñó a hacerlo, Bajaba, ahora con calma. Era mi turno de soplar: violaría la cuarentena.

Al abrir la puerta que me conectaba con el exterior, el bullicio se cortó. Fue un corte preciso, parejo y limpio como hecho por un bisturí en manos expertas. Axel, Dérika y Luis fueron los primeros en reaccionar, todos los vecinos estaban congregados allí.
No reconocía a los otros. Parecían cáscaras, avejentados, una versión fantasmagórica de sí. Me incliné para a abrazar a los niños, que corrieron hacia mí separándose del resto; me asusté. Luis tenía la piel amarilla, Dérika temblaba y Axel tenía ojeras.
- ¿Qué sucedió? -pregunté al fin. Busqué tres veces entre la muchedumbre a Gómez y Rodríguez sin hallarlos. Cada persona adulta evitó mi mirada, la apartó cuando se cruzaba con la suya.
- Papá...papá dice que... Ciroé es una cadena -hizo el ademán de recordar algo-. Él dice que la cadena se rompió cuando te obligaron a quedarte en el edificio, cuando los adultos te castigaron.
Nadie lo desmintió. Luis siempre decía la verdad. Después de quitarme del medio, los forasteros fueron por el pueblo: querían reestructurarlo. En solo 39 días habían poblado de estrés las calles, de violencia los hogares y de carácter impersonal cuanto se movía.
Éramos cifras.
Me incorporé con Dérika en los brazos: "Necesitamos hacer una reunión de control de daños", dije para quien quisiera oírme. Me alejé del edificio flanqueada por Axel y Luis, era notorio que mis vecinos se desmoronaban por dentro. En cuanto a mí, estaba como el edificio, herida pero con capacidad de abrigar a otros. Mientras me internaba con el resto en Ciroé, me pareció escuchar a Jorge:
- Lo que haces, podrá parecer faena de araña. No es una trampa, es una labor menuda y delicada... se hace visible, se contempla cuando se rocía con agua...
Su voz fue apagándose.
Quizás algún fotógrafo muy lejos de allí, rociaba una telaraña para capturarla con su lente. Ante el agua y el sol se detalla el grosor de la telaraña que Oceanía y yo tejimos en silencio.







sábado, 22 de abril de 2017

Diáspora del alma

La evocación te sugiere un universo nunca antes visto
¿Qué somos? ¿Qué nos define? Quizás parezcan preguntas sumamente filosóficas, pero las considero importantes. Un sano cuestionamiento no debería limitarse a la adolescencia, porque entonces nos estamos ignorando: perdemos el contacto con nosotros.
La lluvia de mi pensamiento baña este espacio. ¿Les he comentado que me gustaría que la tipografía del blog fuese idéntica a mi letra? Pues es así. Me gusta que los actos y detalles sean personales; tan irrepetibles como sea posible. Me cuestioné cómo podía refrescar la imagen del blog, hacer más íntimo el espacio... como una conversación entre viejos amigos.
Así que recurrí por acudir a varios amigos entrañables que pudiesen darme una mano con la tarea. Los abordé por igual, les pregunté: "si yo fuese una imagen, ¿qué imagen sería?". Como resulta evidente, no cualquier persona encontraría una respuesta. Me detendré acá un momento. Como es factible que le esté sucediendo a varios de mis lectores, el primer aspecto que condiciona la respuesta es lo inusual de la pregunta. Algunos, quizás, la releyeron porque "tenía" que haber un error. Me temo que leyeron correctamente.
El segundo condicional devenía del conocimiento. Si la persona me conoce escuetamente, la respuesta carece de bases y sentido. El tercer factor es la persona en sí, el consultado. Por si tienen una naturaleza tan curiosa como la mía, les cuento que a ninguno de mis amigos les extrañó la pregunta en cuestión. Ya se imaginarán cómo transcurre una conversación "normal" conmigo.
La primera respuesta fue: eres como un diente de león antes de ser soplado. He aquí la explicación del nuevo fondo. Si les cuento la anécdota es con un propósito. La respuesta habla en la misma medida sobre mí, que sobre mi amigo. Revela un mapa de cómo es su alma y cómo es nuestra relación: vemos el iceberg completo -les recomiendo revisar los escritos de mi amigo Carlos Avendaño en su Instagram.
Me dije que no escribiría.
Por razones que se escapan de mis manos, he tenido que hacer un paro forzoso. Sin embargo, el sentir no es opcional. Aún no se inventa un interruptor emocional... y si le huyo a las letras, ellas me reclaman.
El 21 de abril se celebró el Día Internacional de la Creatividad y la Innovación. Me hubiese gustado "brindar" con el nuevo cuento que tengo en el horno para ustedes, pero tendremos que esperar. Sí, incluso yo. Solo les adelantaré el nombre: El grosor de la telaraña.
¡Pero brindaremos! Dejemos vacía la copa de las evocaciones, porque un raudal de pequeños detalles desencadenó estas letras. Porque veo el trabajo de otros y tengo que responder. Responder de un alma a otra, aunque mi trabajo no llegue a quien lo evocó. Se trata de una pasión que te consume y te exige, que te puebla y se desborda por tus poros: es más fuerte que uno.
Aquí inicio el raudal - Manga: Lens Sou no Sankaku
Escribir es el epitafio para los árboles que murieron tras brindarnos el oxígeno y la sombra. Escribir para mí es sublime y arrollador, es un relámpago que puedo desatar y parte en dos cualquier oscuridad.
Escribir es quebrar límites
Escribir es llorar, cuando te convences que no puedes hacerlo. Escribir es quebrar los límites. Escribir es mostrarte vulnerable sin que te avergüence, es mostrar que bajo la amabilidad y entrega: hay una voluntad de hierro. Escribir es que dicha antítesis exista y se convierta en simbiosis, que coexista.
Escribir es sacar el fuego que llevamos adentro sin condicionarlo, sin censurarlo. Si tuviese que describir este acto sublime que es parteaguas en mi vida, diría que es el encuentro con quien lo colma todo. Yo, lo ejerzo por amor. Lo ejerceré como acto del más sincero amor que mi alma sea capaz de manifestar. Lo haré.
Lo haré aunque no tenga libros que lleven mi firma. Aunque el calificativo de escritora me quede grande; porque tampoco lo haré vano y pequeño para adaptarlo a mi medida. Lo haré porque aunque el mundo fuese ciego, el sol seguirá dando el espectáculo más grande cada amanecer.
Escribiré porque es la melodía que alguien regaló a mi vida. Porque hay quien encuentra fuerza, esperanza y consuelo en este hilar de sentimientos. Así administro el tiempo finito de una vida en movimiento, porque evoca y transmite, porque se replica en otros andares e historias.
Escribo porque vivo, porque soy.

Solo es una excusa para escribir. Siempre para escribir


miércoles, 29 de marzo de 2017

La silueta de la ausencia

Era un deporte extremo entrar a la ciudad; ir a cualquier espacio público.
Caminaba por los pasillos con aire de naturalidad, de desenfado. Revisaba los víveres aquí y allá; estaban putrefactos, como era de esperar. El hedor de cada espacio me provocaba nauseas, que meses atrás serían incontenibles. Seguí andando, intentando "desenterrar" algo siquiera comestible. Perdía la paciencia, estaba irritable y lo sabía.
Al primer momento, me sumí en la negación.
Mi huerto fue devastado. Cada fruta, cada hortaliza, cada pequeño tramo trabajado por meses: hecho trizas. Observaba la tierra que cultivé pisoteada. Había restos de aguacates, cebollas, plantas medicinales, perejil, cilantro y mucho más: destruido. Sentía la furia en aquel caos. La furia de quien arremetió contra ello. No lloré. No derramé ni una lágrima. Era tan arrolladora la impotencia que me embargó, que incluso hablar parecía un acto sobrehumano.
Sentía mi sangre bullir en mis venas.
Fue ese incidente, ese acto de fragante vandalismo, el que me orilló a adrentrarme en el supermercado local. Un ruido seco perforó mis oídos y rompió mi ensimismamiento. Me erguí, alterada. Todavía tenía una papa podrida en la mano. La deje caer, mientras observaba el carrito de compras a mi lado. Las ruedas aún giraban, su cesta metálica se estremecía. Abolló el mesón frente a mí. Los productos rodaban por el suelo, mugriento y fétido.
- Nos reservamos el derecho de admisión -me gritó. Era uno de mis vecinos.
Me giré con calma en su dirección.
- ¿Ah sí? -exclamé impávida. La sorpresa era tema pasado.
- ¡¡Fuera!! -bramó irguiéndose cuan alto era.
Me apoyé en el mesón deformado, relajada y regia. Encontraba una similitud tras otra con una bestia salvaje. Un oso sobre sus patas traseras, precisé un segundo después.
- Es curioso -repuse con calma y voz moderada-, yo también me reservo el derecho de admisión en mi propiedad. ¿Hablamos de quién rompió qué? -pregunté con perspicacia.
Nos separaban dos metros.
La misma distancia que guardaba la decena de observadores irritados.
Acaricié los bordes de mi capucha, mientras él vacilaba. Uno, dos, tres, cuatro. Fue la cantidad de golpes que recibí en la espalda, legumbres seguramente. Permanecí inmóvil.
- ¿Entonces? -le apremié.
Escupió a mis pies.
- Tomaré eso como un no -me incorporé-. Si no quieren que los visite, no entren a mi huerto... -advertí.
Sus figuras eran de sombra. Ni siquiera ellos podían verse con claridad. Allí, en la ciudad, no amanecía. Los reconocía por sus voces, ademanes y, en ocasiones, por sus pasos. Precisar porqué me reconocían ellos, eso era más complejo.
Caminé entre ellos, se apartaron. Les producía el mismo asco, que los productos del supermercado y el ambiente en general a mí. Eran nitroglicerinas vivientes.
- Me llevaré esto -exclamé al cajero poniendo en la cinta transportadora utensilios de jardinería.
Retrocedió. Hasta alejarse varios metros.
- ¡Solo sal de aquí! -vociferó.
Dejé el dinero por los enseres, guardé las compras en mi bolsa y salí.
Taconeé durante el camino de regreso. Vivía en la zona más alta del lugar, la más apartada. Era necesario recorrer cerca de 20 kilómetros entre el centro de la ciudad y mi casa. Me descalcé y tomé los zapatos en mano, cuando restaba el último kilómetro.
El camino de piedra que daba a la casa hería mis pies cubiertos de ampollas.
Vertí agua en un recipiente y le añadí hielo, antes de sumergir los pies.
Sentada en la cama. Cogí una aguja, la desinfecté y fui pinchando una a una las ampollas, sin prisa. Observé cómo se vacían de líquido, mientras pensaba lo inútil de mi excursión a la ciudad. Tenía el cuerpo adolorido, tenía espasmos por el esfuerzo. Fue inútil. Dejé caer el torso en la cama. El ventilador de techo giraba sobre mi cabeza, como mis pensamientos giraban en torno a un hecho. No cenaría aquella noche.
El cansancio fue mi anestesia.
- Si tan solo hubiesen dejado en paz mis reservas -suspiré. Era un caso extremo, se hizo evidente y abrumador cuando hilé el pensamiento.
Me era indispensable cultivar mi comida. Cuanto se producía en el pueblo, Néboa, era mortífero para mí. Sin cosecha, sin reservas, solo podía esperar la muerte.
El cantar de las aves me despertó.
Amaneció. El sol se filtraba por la ventana de la habitación, bañándola con un matiz dorado. Era hermoso, era contradictorio, desencajaba con mis grises circunstancias. Era mi espectáculo privado, a Néboa no llegaba la luz. Los rayos de sol entraban a mi hogar, pero a medida que se
avanzaba hacia el pueblo iban minimizándose. Era como si hubiese una puerta invisible que mantuviese a la luz afuera, al margen.
Me incorporé, confundida. Esperaba que la muerte llegase como el único consuelo posible, como un abrazo, como una gota de miel. Salí de la cama entre bostezos. Caminé hasta la cocina. Abrí una a una las puertas de la alacena. Me senté en el mesón con la última taza de café negro en la mano.  Aspiré su olor, quería que me embargase. Estaba vacía. No era nada halagüeño el panorama. Saboreé lentamente cada sorbo del café.
Fui al jardín. Removí la piedra que servía de escalón para acceder a la casa. Ocultaba una trampilla. Extraje la caja de madera. Levanté la botella que contenía; la miel solo alcanzaría para dos cucharadas.
Vertí la miel en la cuchara. La saboreé, era insuficiente para una última cena. Si marchaba a Néboa, me descompensaría en el trayecto. Empezaba a sentir los mareos y la vista nublada. Era la interrupción abrupta de una historia.
Me harté.
Nada podía esperar de la ciudad. En casa, agoté las últimas alternativas. Tendría que bajar por el desfiladero hasta el mar. Me levanté de ipso facto, sin dejar espacio para las reflexiones. Si lo pensaba demasiado, le encontraría alguna falla al plan, o peor, descubriría la magnitud del riesgo que asumía. Tomé una cesta grande. Cambié mi ropa por una más ligera y cómoda. Lancé mi abrigo y mi toalla en la cesta. Alcé mis zapatos, aún tenían sangre pegada a los bordes y la horma. Me los calcé, mientras me convencía de que era "normal". Llené un botella grande de agua para el camino de ida.
- Y regreso... -me corregí tras un minuto. Regresaría, me dije.
El estrecho camino hacia el mar iniciaba a escasos metros de la casa. Al dar los primeros pasos, me acobardé. Me sentí rodeada por la muerte, sentía que las opciones se me acababan, que me faltaba el aire. Negué con la cabeza. Era cuestión de voluntad, tenía que verlo y repetirlo durante el trayecto. Saqué el abrigo de la cesta y me lo ceñí. La brisa salada me calaría hasta las huesos antes de tocar la arena. Sujeté la canasta sobre mi cabeza y pisé firme mientras reemprendía la marcha.
Tenía cinco años siendo parte de aquel lugar. Siempre al margen de Néboa, como mi predecesor. Era un rol bastante particular el suyo, el que heredé. Cuando me marché de mi tierra natal... "Ah, mi terruño", pensé. Una localidad pequeña bañada por el sol y mecida por el vaivén de las olas. Allí era difícil, casi imposible, diferenciar si el calor era cosa del sol o la afabilidad de su gente. A los escasos minutos de salir de la ducha, volvías a estar bañado: en sudor. Todos terminábamos en el mar, como hipnotizados por esa masa azul de voz cantarina y sutil.
Me estremecí por el crepitar de las olas, cien metros por debajo de mí. Caminaba con sigilo, con los músculos agarrotados. Había andado un largo trecho, con la mente en el pasado y el frío en los huesos.
Era historia patria lo sucedido. A mi predecesor se le marchitaba la vida, como a una flor que nació contra todo pronóstico en el desierto, era necesario un sustituto. Mi población era gente inmersa en el mar y el calor, gente que contaba las horas para que saliese el sol. Aunque este, a ratos, pudiese asfixiar hasta los pensamientos. Aprovechábamos la noche, su frescor, su sosiego, pero sin aferrarnos a ella.
Contuve el impulso de volver la vista a Néboa. Éramos distintos.
Accedí a ser "transplantada". Pocas cosas eran tan necesarias -y extrañas en mi maleta-, como un neceser de semillas. Claro, las advertencias sobre la comida venenosa fueron alarmantes, pero accedí. La casa de mi predecesor, mi actual hogar, era lo más parecido al anterior. Lo más fiel a la tierra que abandoné.
Terminé el recorrido sin notarlo. Los recuerdos empañaron mi mirada, me mantuvieron caminando. Entre suspiros, añoranzas y sorbos de soledad, sorteé los embates del viento marino que, en el último tramo, me sacó la capucha. Dejé caer la cesta en la arena, esa alfombra dorada que masajeaba mis pies adoloridos. El firmamento se cubrió de nubes, parecía un niño envuelto en gruesas sábanas oscuras que se protegía del frío. Me interné unos metros en el mar.
Tras horas de penoso esfuerzo, a escasa luz, saqué unos pocos peces. Los solté en la cesta y me dejé caer en la alfombra de arena. Jadeaba, me costaba incluso respirar. Cerré los ojos, quería descansar un poco.
- Señorita... estás despier... -me despabilé, como quien se despierta de una pesadilla.
Tomé un puñado de arena y lo lancé a sus ojos, mientras retrocedía como un animal herido. Estaba a la defensiva, en cunclillas con la adrenalina en tropel por las venas. El hombre lloraba hasta que otro le vació una botella de agua sobre los ojos. El segundo se había bajado de un pequeño bote de remos. Me incorporé, eran viajeros; no lugareños.
Ahora lo veía, ahora estaba consciente.
Di zancadas hacia ellos, haciendo un mohín por el dolor sin tregua.
- ¿Estás bien? -le pregunté-. Pensé que eras del pueblo, me disculpo por mi reacción.
El hombre de pie junto al otro me observó en silencio. El afectado parecía hilar lo sucedido, tenía la confusión en el semblante.
Parpadeo varias veces, hasta que recuperó la visibilidad por completo.
- Estábamos perdidos en altamar desde hace tres días, con 50 hombres a bordo pensamos que moriríamos de inanición -contó sin mirarme. Ambos barrían el entorno con la vista, parecían buscar algo-. ¿Dónde está la señal? -le preguntó al otro.
El aludido negó con la testa, con semblante reflexivo.
-¿Qué señal? -les interrogué.
Por un momento, parece que los dos olvidaron mi existencia.
- Como le comentó mi compañero, teníamos días perdidos en altamar. Somos comerciantes -dijo, a modo de explicación. Este hablaba de manera más informal, aunque estaba igual de distraído que el primero-. Al principio una tormenta, y luego unas embarcaciones de vándalos nos obligaron a desviarnos. Sin embargo, hace horas vimos una señal en esta dirección y la seguimos.
Me senté frente a ellos. Enhebrando su historia, su extrañeza me resultó contagiosa.
- El viejo de nuestro barco, recordó una leyenda popular. Cuenta que por estas aguas, aparece una señal a ratos, que ayuda a los perdidos -relató el primer hombre.
- No le creeríamos, si ese viejo no tuviese fama de escéptico -siguió el otro-. Sin embargo, el anciano agregó después, con aire de confidencia, que él mismo sobrevivió tres años antes por la señal de esta tierra... -terminó con tono abstraído.
¿Tres años antes?, intenté hacer memoria. Mientras miraba los pescados en la cesta. Cada uno estaba ensimismado, por eso, ninguno escuchó los pasos.
Se acercó a nosotros, mientras en el firmamento se disipaba el manto de nubes. Entre el aleteo de pelícanos que se zambullían y se hacían de una buena presa, sin esfuerzo, sin dificultad. Les envidié por esos dotes que la naturaleza les sirvió tan caritativa, a manos llenas.
- ¡¡¡Aura!!! -exclamó tendiendo los brazos hacia mí.
Las emociones hacen con nosotros lo que quieren, engrandecen o minimizan nuestras tragedias y caos internos. Solo así explico que, en un tris, me arrojé a abrazarlo. Como si fuese el más entrañable y anhelado pariente.
- Estás tan bonita -dijo besándome la frente con desmedida ternura.
- ¿Se conocen? -la pregunta rompió aquella burbuja de paz que produjo el reencuentro. Los hombres en la arena nos miraban desconcertados.
- Esta muchacha, Aura, es la señal que les conté. Es la que salva a gente perdida en el mar y los conduce a las orillas...
Los ojos de los otros salieron de sus órbitas.
No me gustaban los incrédulos. Menos aún que desconfiaran de mis amigos. Sí, aún tenía amigos repartidos por lugares que nunca vería.
- No tengo mucho que ofrecerles esta vez, Domingo -me excusé con mi anciano amigo, mientras recogía la cesta. Los pelícanos querían hacerse con mi pesca y empezaban a rondarla-. Pero puedo acogerlos en casa, mientras estudian los daños y qué tan lejos están de su destino.
- Podemos ir al pueblo más cercano... -sugirió el sujeto al que ataqué con la arena minutos atrás.
Clavé la mirada en mis pies descalzos y heridos.
Domingo le dio un coscorrón en el acto. Era anciano, pero tenía un carácter fuerte.
- Acá no hay posadas -señaló con un ademán primero la costa y luego el desfiladero-. Hace siglos mataron a la gente que habitaba el lugar. A muchos los tiraron de los riscos para que se hiciesen pedazos... -le toqué el hombro antes que continuara. Él calló por un instante-. Hay un pueblo -dijo con tristeza.
Alcé la testa y me volví hacia los extraños. Sentía vergüenza de lo que iba a confesarles.
- Se llama Néboa, el pueblo. Extranjero que entre, es asesinado -quedaron petrificados-. El único sitio que suelen evitar... es mi hogar.
Hubo un minuto de silencio. Domingo recogió mis zapatos, y me calcé sin pronunciar palabra.
- ¿Por qué respetan tu vida? -inquirió uno de los marineros.
- Por esto... -exclamé escuetamente, mientras dejaba a un lado la cesta y caía sobre la arena mi abrigo, que había rozado hasta mis tobillos.
Los tres hombres protegieron sus ojos con las manos. Se protegían de la luz.
Cuenta una leyenda que en una isla, que los marineros y exploradores han decidido borrar de los mapas, hay una población hostil. Sus habitantes llevados por los más bajos y recalcitrantes instintos planifican en conjunto la muerte de los extranjeros que pisan sus tierras. Rodeada por aguas traslúcidas, bordeada por el canto de las aves y visitada por pelícanos o gaviotas, permanece alejada de la sociedad. Aquel paraje sumido en las sombras, en que reina la desesperación y donde el sol no penetra; existe una señal.
La misma que han visto por décadas y décadas, por un siglo u otro, comerciantes, exploradores y marineros, los ha rescatado de una muerte lenta. De la muerte que empieza por el abandono a sí mismos y, sigue, por la inanición. Hombres escépticos la cuentan a hijos, a nietos y a quien quiera escucharla, antes de abandonar puerto. No hace diferencia si resplandece el sol en lo alto del firmamento o las nubes cubren el cielo, sin que se diferencie el día de la noche. Una luz centellea en el puerto. En la bahía o en lo alto del desfiladero. No, no es un faro. A medida que te acercas a la luz, cuentan los dos hombres entrados en años con la piel erizada (como cada vez que hablan del tema), diferencias una figura.
- Verás una silueta, la silueta de una mujer...
- ¿Cómo es? -pregunta el que está pronto a embarcarse.
- Tiene un rostro y una mirada infinitamente triste. Piel blanca como la nieve, pues el sol se aloja de manera particular en ella...
- Melena larga y achocolatada, labios rojos como trinitarias...y una extraña dignidad, con perfume a sobreviviente.
- ¿Se enamoraron de ella? -pregunta con jocosidad el viajero.
- Te enamoras de lo que huele a vida, cuando cruzas un cementerio como aquel -terció un hombre anciano, que se movía con dificultad.
- ¿Dices lo del cementerio por el pueblo, viejo?
- La muchacha es la única luz que hiere a esa oscuridad, es la única que franquea sus fronteras. Allí se elevan los muros, cada habitante está definido por la silueta de la ausencia; un lugar donde el sol no llega.
El viajero alzó su equipaje y se despidió de los otros. Mientras rezaba en murmullos que, si se perdía, diese con esa señal. Fuese acogido por la muchacha, en lugar de ser descubierto por la cruenta comunidad. Se embarcó, si saber que la leyenda se eternizó como el rumor del mar.
A kilómetros de allí, una muchacha de piel lozana y una tristeza profunda como el mismo océano, miraba al horizonte. Tomaba su café con lentitud, mientras escrutaba las lejanías, alerta. Alerta por si algún barco naufragaba, por si alguien necesitaba una señal para sobrevivir.





sábado, 25 de marzo de 2017

Personas analgésicas

Estaba en el rincón más apartado del pueblo. Allí, donde la mayoría no miraba. Donde a los niños les prohibían jugar, un sector en que la realidad se reinventaba, se transfiguraba. Estiré mis piernas, mientras me dejaba invadir por el calor que expelía el termo. Estaba en El Reservorio. La gente hablaba del lugar, como se habla del amor. La verdad, aún no están claros sobre qué opinar, pero todos tienen algo que decir al respecto.
Exhalé, vaciando mis pulmones tanto como pude. Ese era mi hábitat. Convivíamos solo 27 especímenes. Bebí un largo sorbo de chocolate. De ellos 15 eran cachorros, los miré corretear como si tuviesen corriente en las venas en lugar de sangre. Otros 7 eran vejestorios, formaban nuestro consejo y tenían como misión proteger a los críos. Solo restábamos cinco.
El sonido de una campana retumbó entre las copas de los árboles. Los cachorros se detuvieron en seco. Volvieron la vista, como si fueran uno, a los ancianos que observaban sus travesuras. Cada vejestorio le hizo señas al grupo, que se dispersó con la diligencia y presteza que se esperaría dentro de un hormiguero.
Las risas, la alegría, la vivacidad en pleno apogeo se desgarró como una tela vieja. Estiré mis extremidades, así como mi cuello y mis dedos. Con una nueva exhalación, boté el aire, se terminó nuestro descanso. Me subí, sin esfuerzo, al alfeizar de la ventana. César y Vanessa habían tocado tierra ya, dejando sus casas de madera entre los árboles. Héctor y Selene estaban en horas extras. Pateé el balde de metal, abollado y marcado de óxido; el mío era el más deteriorado.
Saltó al vació, mientras yo hacía lo propio y me encaramaba en la caja de madera, que fungía de ascensor. Al bajarme, sentí en la nuca la mirada de los críos, estaban espiando con las puertas entrecerradas. Era innecesario voltearse, conocía sus expresiones. Las preguntas escondidas en sus ojos.
Llegué de última a la puerta; era un mal hábito.
César chasqueó la lengua, mientras Vanessa se encogió de hombros al verme. Vanessa estaba apenada.
- Parece que quieren matarte antes de tiempo -exclamó él, con el hastío en la voz.
Vanessa le propinó un pisotón. César enmudeció de dolor.
- Sabes que exagera... -dijo ella a manera de disculpa.
Desvié la mirada. Ambas estábamos conscientes de su "mentira piadosa". En El Reservorio, todos teníamos una vida útil. Éramos como una batería que se desgasta, como un pozo que se seca. Por eso, vivíamos aislados. Nacíamos y crecíamos allí, luego, nuestro hogar sería el basurero en que nos consumiríamos.
- Nos vemos al rato... -fue lo único que respondí. Empujé la puerta de metal, que chirrió con sus bisagras oxidadas y sus cinco metros de altura. El viento golpeó mi cara. Estremeció el aviso que rezaba "Peligro. Prohibido el paso" que se vislumbraba a un kilómetro de distancia.
La puerta se cerró con estrépito a mis espaldas. Solo salía una persona por vez. Incluso si El Reservorio se incendiase, solo se salvaría uno de nosotros; y tendríamos que elegir. El mundo pareció vibrar ante el estrépito.
- Es una alarma -anunció con ademán reflexivo la persona delante de mí.
Asentí. Adopté una actitud silente, mientras trenzaba mi largo cabello castaño. Avancé, sin mirarla.
Volqué mi atención en mi melena. mientras recordaba los trabajos de la semana. Apenas había probado bocado. Tuve fiebre que me llevó a delirar, seguida por una fuerte deshidratación. Reconocí su voz; era la quinta vez en el mes que me solicitaba.
Paré en seco.
Interpuso su brazo frente a mi cara. Suspiré, por eso, se me consumía la vida: tenía marcas delgadas y rojas a la altura de sus muñecas. Al principio, se me erizaba la piel. Mi cuerpo casi se retorcía ante esas imágenes y me llevaba días recuperar un poco de calma. Al principio.
Saqué mis dedos de entre mis cabellos. Pasé la yema de cada uno, sobre esas líneas carmesí, mientras mordía mis labios.
- Sangras -dijo ella.
Aborrecía pocas cosas. Una de esas excepciones, era el sabor y el olor a sangre. me provocaba repulsión, aunque entrase en contacto con ella frecuentemente. Era como un pez con una alergia crónica al agua.
Dejé caer las manos; y seguí de largo. Caminaba sin prisa, sintiendo el tiempo. Habría pocas personas en las calles; era una consulta privada. Desde hacía años, el sistema sufrió modificaciones. A la gente no le gusta revelar sus cicatrices en público, los hace demasiados humanos. Las decisiones arbitrarias que se tomaron en aquel entonces, repercutieron sin misericordia en nosotros. Perdí el equilibrio, empezaba a marearme.
Contuve un grito. Había hundido sus uñas en mi hombro izquierdo y, posteriormente, me haló hacía atrás.
- ¡¡Eres mi analgésico!! ¡No me ignores!
Fue relajando mis músculos. Me sentía como un rápido, que podría arrastrarla, si continuaba con sus arrebatos. Cerré los ojos por un largo minuto. Con control sobre mí; en un segundo había girado sobre mis talones, apartado su brazo de mí y barrido el suelo con mis pies. Empujando los suyos por detrás, hice que cayera sentada y muda. Reaccionó meramente a interponer sus brazos, intentado escudarse tras ellos.
- Es tu problema si me consideras humana o no. La verdad, a estas alturas poco me importa. Ser como ustedes que piden ayuda, solo como una excusa para maltratarnos -bramé. Acto seguido, me acuclillé y le sostuve la mirada-. Recuerda, que si no me consideras humana, puedo darte razones para ello.
Gimoteó. Masculló. Continuó así, mientras temblaba como una hoja.
Escuché aplausos a mis espaldas.
- Te dije que dejaras el capricho. Los analgésicos no son objetos; si ella te muerde, dejaré que se divierta.
Me incorporé, fastidiada. También reconocía la voz masculina. Era su hermano.
- Dejaste que lo hiciera de nuevo -lo sermoneé, cara a cara.
- Yo también duermo, ¿sabes? -se excusó. Restándole importancia.
- Me desquiciarán - masajeé mis sienes, con los ojos entrecerrados.
- ¡Alto allí! -exclamó con voz autoritaria. Ofelia intentaba sorprenderme por la espalda-. Suficiente de abusos, te quitaré lo que más quieres por tu infantilismo.
Volteé con curiosidad por primera vez.
- Quiero ver que lo hagas, hermanito -le retó Ofelia.
Él sonrió con malacia.
- Recuerda que tú lo quisiste, Ofelia.
Los observé en sus riñas habituales e inofensivas. Eran una buena distracción. Él me miró con ojos centelleantes, mi golpe de adrenalina era cosa del pasado. Eso explicaría porqué tardé en reaccionar, cuando él corrió hacía mí, me tomó por el brazo y me arrastró consigo.
- ¡¡Damián!! ¡¡Te odio!! -gritaba Ofelia que, en cuestión de segundos, parecía una hormiga en el horizonte.
Nos dejamos caer en la arena.
A pesar de nuestra condición física, estábamos agotados. Teníamos la respiración alterada tras cruzar a la carrera todo el pueblo.
- Te convertirás en su droga -exclamó sin atisbo de broma.
Observaba el cielo, sin responder. Al momento que la tiré por tierra, habían desaparecido las cicatrices en sus muñecas. Sin embargo, con Ofelia nunca podía descuidarme. No me daba un respiro.
- Está desarrollando una dependencia -hizo una pausa-, y lo sabes.
Asentí con pesar. Situaciones similares eran un riesgo del oficio, aunque no una constante. Algunas personas se autoflagelaban para "necesitar" de nosotros. Los vejestorios nos contaban de varios casos, antes de que tuviésemos edad para salir de El Reservorio. Los críos sabían que me estaba enfrentando a uno; el más grave de las últimas tres décadas. El panorama se volvía muy oscuro y, los riesgos, no se limitaban a los involucrados. Ni siquiera por ser los primeros en peligro.
- Lo hemos conversado antes, Damián -susurré, sintiéndome culpable. Me miró con empatía. Estaba al tanto de las posibles salidas; sin  ninguna opción segura. Era el único que me trataba como igual fuera de mi hábitat.
Se recostó sobre mi hombro. Allí tendidos sobre la arena, estuvimos un rato en silencio. Nos entendíamos sin palabras.
- Los salvavidas también pueden morir en medio del rescate -dije finalmente.
- Si lo haces, me dejarás a la deriva. Lo sabes -replicó con calma.
Ofelia tenía una mente delicada. Nos conocíamos desde hace años, sus consultas iniciaron como gestos inocentes. Sin embargo, hace tiempo que las circunstancias cambiaron. Ella se aisló por completo, dejando en su pequeño mundo espacio únicamente para su hermano Damián y para mí. Incluso desterró de su vida a sus padres, buscaba excusas constantemente. Inventaba fallas inexistentes y ponía estándares inhumanos sobre ellos; para justificar que fallasen. Torturaba a todos a su alrededor, en una conducta autodestructiva que la consumía.
Tenía seis meses autoflagelándose para justificar la necesidad de un analgésico. César, Vanessa, Héctor y Selene intentaron sustituirme en reiteradas ocasiones. Sin embargo, sus arrebatos se volvían más violentos. Actuaba como posesa e intentó arremeter contra ellos. Si la atajaban, apuntaba a un blanco más seguro: sí misma.
El consejo me ordenó antenderlos a ambos; Ofelia era una bomba de tiempo que podría destruir también a Damián. Ofelia tenía lapsos de cordura. Como un enfermo que entiende que su hora está cerca, y se recupera brindando falsas esperanzas.
Me fue imposible reaccionar. Apenas aparté el rostro de Damián; vomité.
- Estás frágil -se lamentó, visiblemente preocupado.
No respondí.
Ahora Damián parecía una bestia enjaulada; inquieto, incómodo. Antes trató de que abandonase El Reservorio. Fue él quien advirtió que su hermana cambiaba, que ya no quería caminar por su cuenta. Ella quería que otro librase sus batallas, que le facilitase la vida, como un ave que regurgita su comida para alimentar a sus crías. Y escogió, deliberadamente, ese papel para mí.
Él era más consciente.
Sin amilanarse por lo cruda de la verdad, aceptó que su hermana era un peligro para otros y para sí misma. Buscó en mí, las respuestas que nadie en el pueblo podía darle; porque nunca se interesaron por conocer. Entonces entendió, con pesar, que los analgésicos curamos a los otros: a un alto costo. Sentir en carne propia los dolores ajenos. Bajé el rostro, las lágrimas resbalaban por mi rostro.
Fue como si el sol me abrazara. Se fue derritiendo el dolor, las pesadillas ajenas que albergaba en mi alma, aquel mar de sufrimiento fue evaporándose. Me abandoné en sus brazos, la carga había comprimido mi cuerpo bajo su peso. Al vaciar de aire mis pulmones, me sentía más ligera. Casi ingrávida.
- Ha sido demasiado... -susurró él a mi oído. Mientras se hacía un abrigo para mí.
- ¡¿¡¿Qué crees que haces?!?! - Ofelia gritó a escasos metros de nosotros.
No nos apartamos. Permanecimos inmóviles: a consciencia.
Corrió hacia nosotros, sacó una navaja manchada de sangre de entre sus ropas y la alzó hacia nosotros. Halé a Damián, quedaría al ras de la arena. Mientras pasaba debajo de su brazo, me incorporaba y me interponía entre ambos; en un parpadeo.
Vomité sangre. Perdí el equilibrio, ya no podía coordinar. Caía de espaldas. Ofelia me había asestado un golpe muy cerca del corazón. Damián me observaba con los ojos desorbitados. Mi cabello se había soltado y yo me derrumbé entre ambos.
Él soltó un alarido y se tiró junto a mí. Me llamaba, gritaba presa del pánico. Me sentía desvanecer, mientras él se aferraba a mí.
Escuchaba a Ofelia, distante, gimoteando y disculpándose. La navaja clavada en mi pecho, me impedía verla por completo. Explicaba que no me apuntaba a mí, que no era su intención; que fue mi culpa por interponerme. Se me nubló la vista. Me sentí muy cansada, sentía que tenía años sin dormir.
A duras penas percibí un revuelo alrededor. Voces. Voces familiares, voces urgidas que hablaban con autoridad. Me perdí. En un instante, era parte de la noche.
- No te... perderemos... -un sonido llegaba a mí, como si estuviese a años luz. A veces nítido, a veces distorsionado-, no puedes dejarnos así.
Ningún sonido. Ninguna emoción. Ningún olor. Un vació absoluto.
Entonces, se erigió como un recordatorio. Aborrecía aquel silencio. La muerte se cernía sobre mí, era el silencio más atroz y penetrante. Quise escapar. Me desesperé. Humana o analgésico, medicina o droga, quería surgir. Quería ver el sol de nuevo. Recordé a los míos, mi pequeña comunidad exiliada y buscada, repudiada y necesitada. Siendo herida, y siendo cura. Quería desgarrar a la oscuridad. Quería herirla y romperla, como al silencio.
Personas analgésicas
Sentí una fuga.
Sentía que me vaciaba. Era una sensación refrescante, una música zumbaba en mis oídos. Supe que estaba llegando a la orilla. No cruzaría ese mar. Con un esfuerzo que requirió todo de mí: abrí los ojos. Respiré.
Algo cálido cayó sobre mi cara. Tras varios parpadeos, mi vista se aclaró gradualmente. Era Damián que lloraba abrazándome. Estábamos rodeados. Vanessa, César, Selene y Héctor estaban apostados junto a nosotros. Habían sido mi analgésico. Crearon una fuga para mi muerte. Mi fin se diluyó, se filtró hasta alejarse lentamente.
Allí, nació una época para nosotros: los analgésicos. Nació a la par con una leyenda. Sin intentarlo, sin intención alguna, se demostró que los humanos podían ser un peligro para sí mismos y para nosotros. Se derrumbó con estrépito su teoría de que éramos bestias amaestradas, pero con un instinto salvaje. Para alzarse la verdad, éramos el muro de contención de sus más bajos, infames y egoístas deseos. Éramos el filtro que podría restaurar un poco de su paz, absorbiendo sus heridas.
Ofelia abrió los ojos y, con ella, su gente.
Dejamos de ser objetos. En la frontera que me resistí a cruzar, quedó la mentalidad del descarte.

lunes, 13 de marzo de 2017

Facciones de cristal

Me hipnotizaba aquel estanque, su pasividad. Parecía imperturbable y eterno, como si el sol jamás lo evaporaría. Observaba mis piernas bajo el agua trasparente, resplandecían en ella, mientras respiraba con calma. Intentaba imaginar a qué sabría el aire. Le atribuía un sabor adictivo e incomparable, eso explicaría la dependencia que mis pulmones tenían de él.
- ¿Las perdiste de nuevo? -preguntó asomándose a las aguas.
- Sí, estoy varada acá -dije con un dejo de tristeza.
Me miró con los ojos tan abiertos, dominados por el asombro. Una sorpresa que la rutina no enterraba, ni disminuía.
- Eres un diamante -soltó resuelto, antes de zambullirse en el acto. Con la ropa y los zapatos puestos.
Toqué mi garganta. Se me escaparon las palabras, mientras el agua salpicaba bañando mi vestido verde esmeralda. Pensé que me confundiría con el pasto que rodeaba el estanque. Ese chiquillo solo alimentaba mi duda existencial. Me causaba gracia. La gente se preguntaba por cosas como si las cebras son blancas con rayas negras o viceversa, si el huevo fue antes de la gallina o era al contrario; y un sinfín de inquietudes similares. En cambio, yo me cuestionaba si mi constitución de cristal me hacía mimetizarme o resaltar.
Tendí lo que quedaba de mí en la alfombra natural. Mi sombrero de paja quedó presionado con mi cabeza, mientras ponía mi mano al sol. Si mis pulmones eran adictos al aire, yo lo era a cuestionarme. Una pregunta tras otra surgía en mi cabeza.
Evidentemente, esto y mi fragilidad me volvían insoportable para la mayoría.
Solté un risilla.
- ¡Qué mentirosa!
A falta de compañía, tomé el gusto a discutir conmigo. Lo cual, como era de esperar, fue más efectivo para aislarme que un anillo de seguridad. Ahora mi rareza iba allende de mi apariencia, había calado hasta mi carácter.
Dejó las piernas, desde las rodillas hasta la punta de los pies, a mi lado. Movió su cabeza frenéticamente hacia un lado y al otro, escurriéndose como hiciera un perro. Sentándose con las piernas cruzadas, las manos sosteniendo los pies y el estruendo propio de sus actos, preguntó:
- Y ahora, ¿qué?
- Eres el único que me soporta -dije como si siguiese el ritmo de mis diálogos intrapersonales.
- ¿Para qué quieres que otros lo hagan?
Puse mi mano frente a sus ojos y un prisma se dibujó en su nariz.
- ¿No es eso lo que todos quieren?
- ¿Por qué? -replicó.
- Porque todos quieren encajar.
Hizo un ademán reflexivo.
- Pero tú ya encajas. Encajas aquí. No puedes recortar la pieza de un rompecabezas para adaptarla donde no va. Si lo haces, aunque "encaje", la imagen estará incompleta. Es ridículo
Teníamos conversaciones de toda índole. Usualmente, las olvidábamos entre muchas otras. Hasta que algún comentario nos hacía recordarlas. Era como si nuestras mentes fuesen habitaciones desordenadas que guardasen reliquias entre tantos trastes.
Él era un inadaptado por esa mezcla de rarezas que lo constituían. Medía 1.30 cm, tenía una fortaleza que ningún rasgo de su complexión sugería. Sus ojos destellaban, podría entretenerse hasta con una hormiga. En cuestión de segundos, se aburría y volvía a centrar su atención. Nada le resultaba más fascinante que la vida misma; excepto quizás, qué explicación escondía la mía.
Era un bonachón, que se hartaba e iba. Prefería acumular capítulos cerrados en su vida, antes que libros inconclusos o sin sentido. Zanjaba los asuntos con pasmosa facilidad, resuelto y sin rodeos. Pragmático e idealista, alguien así comparte mucho consigo.  
- ¿Te expondrás a esta asesina serial? -inquirí fingiendo una mirada siniestra.
Prorrumpió en carcajadas. Mis intentos por "entrar" en los estereotipos salvajes que otros formaron de mí, fracasaban convertidos en muecas graciosas y artificiales. Me dio la espalda. Ofreciéndome sujetarme de su cuello. Allí no podríamos unir mis piernas acristaladas a mis rodillas.
Existían sus ventajas cuando se es tomado por demente. Tienes espacios privados, sin necesidad de pedirlos, sin trámites ni burocracia. Solo un acuerdo tácito conocido como marginación. Se levantó, sin esfuerzo aparente. Cogió las piernas del césped y jugueteó con ellas, fingiendo que eran mancuernas. Así se mantuvo durante el trayecto, mientras nos alejábamos del estanque.
Escuchaba los sollozos de mi madre.
Mi padre discutía con ferocidad, parecía tan amenazante como un oso parado en sus patas traseras. Fiero y varonil, resuelto y firme. Entendía palabras sueltas, "subasta", "compradores", "pueblo", "oportunidad". Eran carentes de significado para mí, pero ella lloraba. Él avanzaba a zancadas y empujaba afuera a un hombre.
Entonces, salí de mi escondite bajo la mesa. Donde había estado abrazando mis piernas y jugando a ser un ovillo. Ninguno advirtió que pasé entre ellos, hasta que estaba frente al visitante.
- Papi, ¿qué ocurre? -pregunté con confianza desmesurada.
Una expresión de horror le atravesó el rostro. Mi madre corrió hasta mí, se agachó y me ocultó entre sus brazos. Todo, en un instante. En un parpadeo.
- Es mi hija -le escuché decir, con la cabeza entre su hombro y su testa.
- Entienda, Amanda. Casi muere desangrada por esa... criatura -replicó una voz ronca.
"Criatura", proceso mi mente. Así se refieren a los animales. Criatura, no humana. No niña, no persona.
- ¿Fue tu sangre? -escupió ella.
Las manos de mamá, parecían garras en mi espalda. Sin embargo, no me herían. Nada lo hacía. Al menos, en teoría. Mi papá un hombre de 2,20 cm avanzó hacia el otro, sus pisadas hicieron retumbar el suelo. Cuando provocaba aquello -siempre adrede-, semejaba a un luchador de sumo. Nunca antes lo hizo fuera de nuestros juegos, emulando a los deportistas nipones.
- Soy hija única... -exclamé, casi pidiendo clemencia. Por años, pedí perdón en silencio, por arrebatarles la oportunidad de otro hijo.
Un doctor tuvo que reconstruir los órganos de mi madre, pero jamás podría concebir o dar a luz de nuevo. La noticia se extendió como un incendio, y allí, a mis espaldas estaba el fuego. Resplandecían sus llamas y su calor golpeaba en la cara a mis padres.
- ¡¡No es un objeto!! -rugió ella.
- ¡¡No se vende a la familia!! -bramó mi padre, dando otro empujón al hombre y haciéndolo caer sentado.
Mi corazón de agrietó.
Ahora entendía las palabras inconexas. Solté un alarido, como el lamento de un alma en pena. Me caí.
- ¡¡Elenaaaa!!
Lloraba y caían gotas de cristal contra el suelo. Se rompían por el impacto y se dispersaban. Marco retrocedió, para evitar que se marcasen en su piel.
Lloré. Sollocé hasta que mi marea interna se calmó, hasta sentirme agotada.
- Eres fuerte -exclamó él, apartando con el zapato los restos de cristal-. Podías decirme que escogiste el lugar, me distraje.
Volví en mí. Era cierto, estábamos lejos del césped y la zona más arboleda. Le hice un ademán para que mirase a otro lado. Asintió y giró en sus talones. Nadie transitaba por aquella área, era peligroso, podría coincidir con nosotros dos. Aparté ligeramente el vestido de mi "piel" y observé mi pecho. Allí estaba, la grieta en el corazón. Parecía astillado. Resoplé.
- Está astillado -di el diagnóstico.
- Comencemos con las piernas. Preparé un té con miel para ti y un tequila para mí, mientras te arreglas.
Sacó el mechero enchapado en cobre. Había sido pulido y brillaba, generando confusiones con el oro. Sostuvo mi corva con la mano izquierda, levantándola, mientras acercaba el fuego a ambas. Hice un mohín. Existían solo otros dos mecheros como ese. Mientras la gente, los normales, los que valían, requerían infinidad de tratamientos y materiales; yo necesitaba un encendedor. Ellos se curaban con gazas, medicinas, anestesias, cirugías, quirófanos y doctores. Yo, con el fuego de un gas infinito.
Cada herida mía, conllevaba a una operación: ambulante, rutinaria y frecuente.
Miré el cuello de Marco. Luego mis manos; y repetí.
- Eres anormal -concluí.
- No, solo soy yo mismo -respondió, pasando el fuego por la pierna derecha.
Él sabía que, separadas de mi cuerpo, solo eran piezas de cristal. No las sentía como propias, se rompía la conexión con ellas, como si fuesen miembros amputados. Apoyé las manos en el camino pavimentado y observé el cielo.
- No es normal lo que llamas normal.
Asentí. Él siguió con la intervención y yo detallaba el avanzar pausado de las nubes.
- Estás confundiendo normal con habitual.
- El cielo es una mentira, ¿no crees? -exclamé convencida.
Me estremecí. Estaba uniendo mi rodilla con su pierna respectiva. Me inquieté, impaciente moví los dedos. Me gustaban mis dedos, todos ellos. Delgados y alargados, como ramitas de algún árbol.
- Está enamorado de las aguas, déjalo.
- Pero las engaña -repliqué-. Se tiñe de azul...
- Compadécete un poco, ¿quieres? -recriminó.
- Pero es transparente -seguí.
- Entonces, no le engaña.
- ¿Ah? -apreté los dientes. Me silenció juntando mi pierna izquierda con su rodilla respectiva.
Solté el aire, tratando de sacar el mal trago. Me tendió la mano, para que probara mi recién recobrada movilidad. Parecía una niña dando mis primeros pasos, torpes y acelerados. Movía mis dedos como si desatase una subida de adrenalina.
Caminé hacia él. Sonreí, traviesa y fulgurante. Me moví en círculo, haciendo que el viento le diese a mi vestido apariencia de flor. Bailé, giré como bailarina una y otra vez. Sintiéndome libre, revitalizada, poderosa. Era como si me elevase del suelo, podía andar. Levanté mis brazos, entrelacé mis dedos y giré. El vértigo no me pararía.
Avancé bailando, canturreando. Movía los vuelos esmeralda de derecha a izquierda. Recibía el viento en el rostro, sostenía mi sombrero y sentía que, cuanto me rodeaba, era miel y delicias.
Marco me alcanzó torpemente, con su sonrisa de media luna y sus hoyuelos. Con su cabellos esponjados y castaños. Tarareando y dando puntapiés a cuantas piedras se encontraba. Pateó mis lágrimas caídas.
Lo empujé juguetona con mi hombro.
Así iba yo, el monstruo asesino. La distopía andante de esos lares, cantando y bailando, mirando en el mentiroso cielo mi reflejo. Me incliné. Recogí mis lágrimas en mi palma. Luego, incorporándome jugué con Marco, viendo quién las lanzaba más lejos. Allí iban mis penas, estrellándose. Siendo arrojadas por mis manos de cristal.
Mis memorias dolorosas se encontraban con el pavimentos y se rompían en millares de trocitos. Allí iba el hombre que quiso
venderme en la subasta, los que me llamaban monstruos, quienes pensaron que mi cuerpo era un arma. Salté.
Salté, y solté gritos de gozo mientras se desperdigaban por el suelo. Mientras perdían su forma. Quizás, Marco tenía razón. Quizás, mi complexión no fuese de cristal, sino de diamante. En ese instante, me sentía como una joya preciosa, como un trozo de firmamento.
Mi corazón seguía agrietado, alterando su perfecto y refinado acabado. Recordando las palabras de mis padres, necesitaba tiempo. Tiempo para comprender que todo en mí, era de un valor incalculable.
- Cuando te miras, te encuentras vacía. Cuando en realidad, estás rebosante de cuanto te rodea. Estás bullendo de vida.
Continuamos el recorrido como borrachos, ebrios de felicidad y simplicidad. Éramos dos piezas de un mismo rompecabezas.