martes, 22 de agosto de 2017

El cuaderno de la cronista fantasma

Ella estaba absorta como acostumbra. Me encantaba que estuviese así, vaciaba todos sus sentidos con aquella naturalidad de quien respira o del pez que nada. Se afanaba de tal manera como si el sol se fuese a apagar en cuestión de segundos; llevándose todo rastro de vida con él.
Así era. Mientras que yo gozaba acaparando sus pensamientos, siendo lo más parecido al eje que pudiese tener o conociese. Incluso yo le temía a los cambios, les rehuía. Ambos lo hacíamos queríamos estancarnos, quedarnos tal cual estábamos sin interrupciones.
Interrupciones.
Así podrían calificarse el tronar de los disparos que volaban sobre su cabeza. Ella parpadeo, algo entró en su campo de visión alejándola de mí: aborrecí ese instante.
Ella, Garmir, levantó la mirada de mí: su cuaderno. Dos muchachos la habían alcanzado. Lo cierto es que Garmir estaba sentada sobre el capó de un viejo carro, sumergida totalmente en su faena mientras las detonaciones se sucedían.
Ambos se detuvieron en seco al verla. Su humor dio un giro brusco con un movimiento limpio y preciso bajo del carro y caminó hacia un local cercano. Seguía siendo dueña de sí, dominándose y con ese toque excéntrico que la adornaba más que cualquier maquillaje o arreglo externo. Sin embargo, ella los arrastró con una fuerza magnética tras sus pasos. Sin ni siquiera notarlo.
Entró en varios locales. El miedo cegaba a las personas, en la ciudad se respiraba hostilidad, miedo, dolor. Era una ciudad negra. Si Garmir fuese amiga de los mapas los teñiría todos de azabache; la violencia es una polilla que devora a la humanidad. Ella lo sabía.
Nadie detenía su mirada en ella. Excepto el par de muchachos que la seguían. Arrancó una y otra de mis hojas, hacía origami y los dejaba esparcidos como una estela de papel a su paso.
Volvió a la intemperie cuando caí al suelo.
- ¡¡Cuidado!! ¡¿Estás loca?!
Me quité la mano que había cubierto mi cabeza. Sacándola del rango de los disparos.
- ¡Lo estoy! ¿Tienes algún problema con eso? - respondí irascible.
- ¡Casi te vuelan la cabeza!
- Y a ti, ¿a cuenta de qué te importa eso? -pregunté.
El muchacho se quedó plantado delante de mí. Abría la boca pero no conseguía hablar de la rabia. Su compañero alternaba su mirada entre ambos. Luego, miró al suelo y recogió un objeto: mi cuaderno. Sentí que un corrientazo me recorrió el cuerpo, cuando quise agarrar el cuaderno algo me detuvo. Había demasiada tranquilidad en su semblante.
Resoplé.
- Sí, estoy loca. Me autodiagnostiqué locura severa hace años. Ahora, en lugar de preocuparse por alguien fuera de sus cabales, tengan sentido común y vayan a refugiarse o terminarán en la morgue.
El primer muchacho arqueó la ceja. El otro pasó las páginas del cuaderno a la velocidad precisa para no leer su contenido.
Excepto que no había contenido que leer.
Me tendió el cuaderno en silencio. Al momento de tomarlo, me sostuvo un instante por la muñeca. Era peculiarmente perceptivo, noté cómo sus ojos se detenían en las manchas de tinta negra en mi mano izquierda.
- No sé nada de psicología, pero sí que eres una persona peculiar. Busquemos un refugio, cuando cesen los tiros cada cual podrá irse a donde prefiera.
Asentí.
Trataba de controlarme. Aunque siempre tomaba la decisión demasiado tarde.
El perceptivo nos llevó a un almacén abandonado al que entramos por la puerta trasera. Parecíamos animales escondiéndose del arremeter de algún fenómeno natural. Me molestaba lo oscuro del escondite, era tan escasa la luz que no podría escribir. Tuve que mirarlos y centrarme en qué rayos hacían para matar el tiempo.
El muchacho con quien discutí se llamaba Luvny. Calculaba cuántas personas o armas podrían haber afuera, aunque confesaba que sus estimaciones podían ser inexactas. Quería que saliésemos mientras recargaban cartuchos o si el sonido de los disparo se escuchaban lejanos.
Por su parte, Arcí parecía el más calmado de los tres. Estaba pensativo. Los observé minuciosamente por espacio de un minuto o dos. "Sí, serviría", me dije. Me levanté del piso polvoriento tras examinarme por un momento.
- Salgan hacia la izquierda. Corran el próximo kilómetro, por favor, no sean tan idiotas como para hacerlo en línea recta o una bala les atravesará la cabeza.
Estiré mis músculos mientras ellos se incorporaban.
- ¿Tú qué harás? -inquirió Luvny.
- Necesito estar sola y regresar a mi faena. Ahora, ¿quieren salir o no?
Intercambiaron una mirada.
- ¿Qué tan grave es tu locura? -preguntó Arcí con semblante serio.
"Este chico es muy extraño", pensé. Incluso Avry estaría de acuerdo con ello.
- Incurable. Estoy en estado crítico y no me interesa curarme, ¿te satisface esa respuesta?
Tuvo la osadía -y la singularidad- para pensárselo.
- Está bien. Esperamos tu señal.
Llevé el ritmo con los pies, como si fuese una canción. Un, dos, tres, cuatro, pausa.
- ¡Ahora!
Luvny abrió la puerta trasera. Salí corriendo hacia la derecha, ya no volvería la vista. Recorrí el tramo donde las detonaciones se escuchaban más fuertes, hubo gritos de un lado y otro. Hubo maldiciones, exclamaciones y escuché muchos pasos que salían a la carrera. Me detuve con absoluta calma. El río de los acontecimientos seguía su cauce... o eso creía.
Las ventanas de toda la cuadra estaban rotas. Había proyectiles incrustados en las paredes de las fachadas hasta donde alcanzaba mi mirada. Charcos de sangre en aceras, en el pavimento, en los árboles.
- Sí, la polilla está devorando y dejando su rastro aquí también.
Me senté en la calle. Saqué mi cuaderno y busqué la página en que me había quedado. Regresé a mi faena.
- Así que se trataba de eso... -escuché la voz justo en mi oído. Nítida, inconfundible... e inoportuna.
Esto no debía ocurrir.
- Nos mandaste en una dirección mientras venías a encontrarte con las balas -Luvny parecía un huracán por arremeter.
- ¿Qué con eso? -dije por toda respuesta.
- Nada en absoluto. Solo es curioso -terció Arcí que había hablado a mi oído-. Es solo que no percibí miedo en ti. Estabas molesta, pero no te preocupaba tu vida. Aún así, tenías planes. Por eso, descarté que tuvieses inclinaciones o afanes suicidas.
Cerré el cuaderno. Me levanté y di media vuelta en cuestión de un segundo. Los quería lejos, y los quería lejos ahora.
- No le temías a la muerte porque tú no puedes morir. ¿Cierto?
Le reviré los ojos.
- Reconozco que la idea de Arcí es descabellada, pero tu actitud fue como una aparición para los delincuentes. Literalmente, los espantaste.
Aborrecí aquello. Primero, Avry. Ahora este par molesto siguiéndome las huellas.
- ¿Se creen sabuesos detectives o qué pasa con ustedes? ¿A cuenta de qué les incumbe si vengo o no a donde está el conflicto?
Arcí avanzó hasta estar cara a cara conmigo. Sus ojos verdes brillaban con la luz de un poste cercano que, curiosamente, aún estaba intacto. Le calculé cerca de 1,85 cm, en otras palabras, me llevaba 15 centímetros. Se inclinó para quedar a mi altura y mientras señalaba mi cuaderno exclamó:
- La primera impresión no siempre es la correcta. De hecho, casi me engaña ese cuaderno tuyo. Por un momento me creí que estaba en blanco. Pero no, apenas alejas o detienes el bolígrafo absorbe toda la tinta haciendo creer que está nuevo. Cuando en realidad...
El rostro de Luvny se llenó de astucia y picardía. Fue una mezcla que terminó en satisfacción cuando agarrando mi pulgar derecho lo presionó contra una de las hojas. La tinta apareció lentamente revelando mi letra cursiva, apretada e incluso poco legible.
Hice una mueca. Me habían descubierto.

Fin de la crónica #1  

miércoles, 9 de agosto de 2017

El legado del jardín

"Si estás leyendo esto... es porque hiciste realidad lo que para todos era un imposible.
Si estás leyendo esto, significa que creíste en mí hasta el final. Significa que te impusiste ante tus dudas, miedos y ante la rabia misma. Significa que me conociste lo suficiente para permanecer fiel a todo cuanto te dije, aunque a ratos no lo comprendieses.
Finalmente, quiere decir que te conozco lo suficiente para estar orgullosa de ti, como nunca lo estuve o estaré de nadie. Porque esperaste, porque confiaste, ahora mereces respuestas. O, mejor dicho, una explicación de las respuestas abstractas que ya encontraste y tienes ante ti."
La miraba llorar. Mirar cómo las lágrimas de esa muchacha impasible, me resultaba perturbador. Era como imaginar una noche perfectamente oscura con el sol en todo su resplandor, simplemente no me cabía en los sentidos.
A ciencia cierta, nosotros no éramos nada. Nos encontramos mientras dábamos tumbos por la vida, yo necesitaba oxígeno. Tomé el primer trabajo a distancia que conseguí -y podía mantener- para luego poner tierra de por medio con una multitud de voces que, de haberlas dejado, me llevarían al mismo precipicio donde yace inerte la cordura.
Tras descansar en varios pueblos con cero de atractivo o carentes de las condiciones mínimas para cumplir mi trabajo, terminé acá. En apariencia era una población normal, quizás un poco insípida, pero lo que yo necesitaba era una desintoxicación radical. Me había hartado de las medias tintas.
Di con ella cuando buscaba alojamiento. Aunque siendo totalmente sincero, pude quedarme en cualquiera de las casas deshabitadas del lugar. Según mis cálculos, producto de la peligrosa mezcla de mi aburrimiento ligado con mi curiosidad, por cada 10 casas 3 estaban desocupadas. Después de mis primeras averiguaciones, supe que no eran muy receptivos con los extraños.
Aunque sea un mero eufemismo.
-Aquí nadie hospeda a forasteros ni turistas, muchacho.
-Entonces, ¿qué sentido tienen las posadas? Tienen mínimo media decena de ellas -repliqué.
-Son para alojar a los mercaderes. A la gente que nos trae comida, enseres o cualquier artículo de necesidad. No para gente como tú -respondió con aire despectivo.
Después de una "amistosa charla" fui sacado como un animal portador de la peor peste, mientras entre gritos el posadero decía:
-¡Quizás, la chica roca te reciba!
Así inició nuestra convivencia; por escuchar los gritos iracundos de un viejo con el rostro colorado de amargura. En ese momento, no pude imaginar que empezaría la etapa más anecdótica de mis 29 años. Su piel era color arena, brillante y luminosa. Su nariz pequeña me hizo pensar que respiraría solo "hilos de aire", tenía múltiples perforaciones en las orejas pero distaban de darle una apariencia vulgar. Su voz ligeramente ronca me recordó a varias cantantes reconocidas. Jugaba constantemente con su cabellera de un castaño claro.
Después de su apariencia, su actitud me dejó totalmente pasmado. Se abstuvo de hacer preguntas molestas. En cambio, me enumeró los beneficios que podía tener en su casa de dos plantas y cinco habitaciones. Entre ellas privacidad total.
La primera semana comía solo en mi habitación del piso superior. Sin embargo, desde la segunda quincena bajé a desayunar con ella. Noté que la mención de su nombre la hacía aún más distante, como si hablase de alguien ajeno o desconocido. Por ello, terminé llamándola Arena. Le pareció curioso, pero no dijo nada más. Solo me dedicó una sonrisa gentil, entre ausente y empolvada.
A los 21 días de nuestra convivencia, entendí que mi joven casera vivía entre peculiaridades. Esos días, yo sufría de un insomnio atroz fue entonces cuando la atrapé en la cumbre de su rareza. Desde el principio su jardín me pareció fuera de serie: no tenía ni una flor, solo césped en pleno verdor, podado y atendido con esmero. Además de eso, sólo tenía rocas.
Piedras enormes que ningún hombre, a excepción quizás de un fisicoculturista o un grupo de ellos, podría levantar. Para mí era un misterio cómo acabaron allí, superaban la veintena incluso restringían el acceso a la vivienda. Descarté la coincidencia o que fuese algo aleatorio. Sin embargo, la actitud de Arena hacia ellas era todavía más extraña opacando las rarezas de las rocas en sí misma. En ese lapso, noté que se levantaba con cierta religiosidad a regarlas a las 5:00am. Por dos días continuos pensé que era una alucinación o un sueño mío.
-Tal vez esta casa se me torna demasiado pacífica y mi cerebro necesita hallarle algo fuera de lugar: loco, enfermo o sinsentido.
Por eso, el día 24 de mi residencia dormí 4 horas aquella tarde. De esa manera estaría completamente descansado, con la mente fresca y despierta. Hice algunas llamadas telefónicas y seguí una rutina mortalmente aburrida, insípida del todo pero convencido hasta la médula de que ese riego matutino era cuestión de una imaginación aturdida entre el trabajo y la monotonía.
El agua caía por inercia mientras Arena murmuraba versos con voz queda.

Riego tu recuerdo,
riego la belleza perenne de tu amor,
riego la melodía en tu voz,
riego tus días,
tus sueños,
los insomnios que poblabas.

Riego la tierra fértil
que me vio nacer,
que me permitió echar raíces,
que con sus vitaminas
y el agua de su alma
me vio alzarme,
alejarme del suelo...

Me había acercado para escucharla. Bajo esa luna amarilla y gigantesca, entre ese mar de palabras estaba dejando fluir sus emociones.
-Es como la niebla mañanera -exclamó sin volverse hacia mí.
Sentí que se me erizaba la piel. Supo que estaba allí observándola. Como un mosquito atraído por la luz, su halo de misterio me era irresistible. De pronto me embargó la súbita certeza de que Arena era un ser excepcional. Ciertamente, al amanecer la casa estaba rodeada por la niebla que para algunos podría resultar deprimente pero, para mí, constituía todo un espectáculo. Sin embargo, al igual que otros sucesos naturales este duraba muy poco.
Más adelante la acompañaba en aquel ritual suyo. Tomaba mi café sentado en las escaleras que daban a la casa mientras le escuchaba recitar. Me enteré que tenía un número reducido de acciones en locales familiares de poblaciones vecinas e inclusive en una ciudad a algunos kilómetros. Los negocios eran prósperos en sus ambientes y le permitían mantenerse sin recurrir a los excesos.
-Además del alquiler estacional de las habitaciones -comentó con un aire de confesión.
Las palabras de Arena cobraron un nuevo significado cuando al cumplirse el mes desde mi llegada desperté al escuchar vidrios rompiéndose alrededor. Me incorporé en la cama sudando frío pensando que había sobrevivido a una pesadilla.
Me costaba creer que las pesadillas pueden salir de los dominios de Morfeo y catapultarse hacia nosotros. Alargar sus garras como si deseasen despellejarnos vivos, sin que la luz o el amanecer les queme las entrañas mismas del miedo. Era una lección que tendría que aprender.
Bajé a la cocina donde compartíamos nuestras comidas y nos alternábamos preparándola. Bajé entre pisotones y una subida de adrenalina que me consumía. Ella se irguió al verme, había estado recogiendo cristales de las ventanas y los fragmentos de cerámica de nuestras tazas con las manos desnudas.
Su mirada fue sobria y directa. Alzó la silla que yo solía usar y la puso al lado del marco de la puerta.
-Siéntate, Carlos -me dijo con calma-. Los cristales no te alcanzaron, por lo visto...
Un nuevo escalofrío serpenteó en la piel. Sus gestos escondían un mensaje obvio y atroz. Me costó un minuto recuperar el habla.
-Estás acostumbrada a esto, ¿no es así?
Ella asintió.
La miré largamente animándola a hablar.
-Ninguno de mis inquilinos superan el mes en esta casa. El cronograma es así: en la mañana destrozan cada vidrio que tiene la casa. A media mañana sueltan los perros más agresivos en el jardín, si se abre alguna puerta o estás afuera puedes terminar gravemente herido. Al mediodía rodean la casa con basura, huevos o alimentos podridos que hace nauseabundo el respirar. A las 3:00pm, cesan mientras nos ahogamos en la inmundicia o tratamos de limpiarla. A las 6pm falla "misteriosamente" el agua y la luz, siempre por circunstancias que "escapan de sus manos". A partir de las 8pm y por 12 horas la calle parece un manicomio con ruidos mezclados que soy incapaz de distinguir por sí mismos.
Palidecí.
Cuando terminó de limpiar, no dejo que la ayudase en ningún momento, ella me guió hacia el sótano. Estaba ambientado como si funcionase como un apartamento. Divisé en una esquina un contenedor grande repleto de ventanales con las mismas características de los que se habían hecho trizas. Me había dejado allí entregándome la llave y con la puerta -que se cerraba solo por dentro- acuñada.
-Tienes un lugar completamente equipado aquí con cocina, un puf y un sofá cama -le dije a modo de cumplido. Estaba sinceramente sorprendido.
-Podrás irte alrededor de las 10am. Esta es la única forma de mantenernos ilesos de momento -dijo abriendo unas cajas y posteriormente una pequeña nevera, mientras extraía los ingredientes de nuestro desayuno.
Arena durmió en el sofá cama después de la comida y hasta que la llegada de los perros. Parecían tan atronadores los ladrillos que se incorporó en el acto, como si jamás hubiese dormido. Aunque trató de disimularlo envolviéndose en una mullida sábana, advertí que había cierto nerviosismo en ella. Sentí que estaba en negación absoluta, tan arraiga que ni siquiera ella lo percibía.
-Cuéntame, ¿cómo sigue aquel poema de cuando riegas?
Ella me dedicó una de sus sonrisas tenues que de manera inexplicable me hacía pensar en la espuma del mar. Sí, quizás todo en ella era irresistible para mí: ese es el peligro de los enigmas. Aún estaba aturdido frente a lo que vivíamos. Comprobé por cuenta propia que nadie en el pueblo la trataba. Salía escasamente de casa y cuando lo hacía era tratada como si fuera una peste andante. Cualquier contacto con los vecinos parecía que era semejante a echarle sal a una herida abierta.
  
 Riego la tierra fértil
que me vio nacer,
que me permitió echar raíces,
que con sus vitaminas
y el agua de su alma
me vio alzarme,
alejarme del suelo...

Me fui elevando sobre ella,
fui acariciando las nubes hechas de espuma,
fui dejando el peso atroz
en el pasado:
hasta que se volviese el olvido.

Allí en ese ambiente de exilio, de guerra y miedo su voz aportó un calor agradable. Ambos sentimos un matiz de paz ante una arremetida de violencia. Me explicó que la primera vez que aplicaron ese asedio su madre sufrió un infarto muriendo en el acto. Ella no puedo socorrerla, no puedo sacarla porque le había desecho los nervios.
Arena hablaba de manera pausada como si se refiere a los resultados de un partido de fútbol. Al indagar más, aprovechándome de la ausencia de lágrimas, me enteré que su mamá advirtió durante meses que el tanque de agua central de la ciudad tenía filtraciones.
-Fue muy insistente. Tanto que hasta a mí me resultó molesto -hizo una pausa-...pero tuvo razón. Una avería en las tuberías nos dejó sin agua por dos semanas, semanas en que el poblado no tuvo nada de agua. La gente podía matar por una taza de agua. Por eso, nos escondimos aquí. Ella tomó todas las previsiones, al momento lo consideré paranoia, pero nunca estuvo más cuerda.
Siguió detallándome cómo murieron varios niños, pero cuando intentaron socorrerlos la gente se arremolinó alrededor de ellas y el agua se desperdició. Estaban presas de un frenesí colectivo.
-Fueron días donde la violencia era lo único que se respiraba arriba. Mamá temió por mí y decidió que nos escondiésemos aquí. Días antes del primer asedio, trajeron las rocas en camiones de construcción.
Me miró con seriedad, estaba por confesarme qué había detrás del riego religioso e inusual de rocas.
-Ellos dijeron que esas rocas son del tamaño de su rabia hacia nosotras. Tenía apenas 12 años cuando las trajeron, la casa estaba rodeada por los vecinos que gritaban enfurecidos que "cuando se partan esas piedras de forma natural" ellos nos perdonarían. Hasta entonces solo somos parásitos. Fue peor que cualquier pesadilla, solo superada por la muerte de mi madre.
No dijimos nada por un rato. Un olor fétido se colaba en la habitación, sin que pudiese detectar cómo entraba. Arena se levantó y puso una maceta con plantas aromáticas entre ambos, era cuanto podía hacer aún persistían en la lejanía los ladridos de los perros.
-Mientras estaba en shock, mamá había entrado a la casa y salido con una regadera. La observé sin comprender. No obstante, desde su muerte las riego aunque nada pueda florecer. Han pasado 15 años, ¿sabes?
Recordé la tinta indeleble con que escribieron en las rocas "mueran", "váyanse", "parásitos", "zorras" en letras apretadas que hacían incomprensibles los demás insultos. Era tinta roja como si con ello, reclamasen su sangre. Recordé a Arena regándolas, el escepticismo y la curiosidad que me embargó desde el inicio. Casi "miré" el agua resbalando de ellas, como si fuesen impermeables. ¿Será el odio impermeable?
Todavía no tengo claro si dormimos o perdimos la consciencia, mi pensamiento estaba sobresaturado para asimilar nada más. Sin embargo, me acuerdo palabra por palabra lo que me diría más tarde Arena: "me levanté sintiendo que algo se desgarró en mí".
Un sonido estridente llegó hasta nosotros, cuando intercambiamos una mirada ambos habíamos "saltado" ella del sofá cama y yo del suelo. No sabíamos a qué atenernos, pensamos que se habían radicalizado hasta el punto de demoler la casa misma con nosotros en ella. Impulsados y manejados por la adrenalina dejados nuestro refugio y salimos al exterior.
Nos costó abrir la puerta que daba al jardín porque estaba taponada con bolsas y bolsas de basura. La mañana no había clareado, así que entre una cosa y otra no podíamos ver hacia fuera. Empujé la puerta varias veces, al décimo intento la basura cedió. Supe en ese instante lo fuerte que era mi instinto de supervivencia.
Lo que encontramos fue insólito. Los vecinos compartían nuestro miedo y preocupación, apagaron los equipos de sonido para buscar qué produjo aquel estruendo. La oscuridad lo dificultaba todo, escondiéndolo con su manto de negrura, cuando el sol se alzó caí sentado y sin habla.
Todos estábamos tiesos, mudos, absortos como estatuas.
Las piedras todas y cada una de ellas estaban partidas por la mitad.
Arena caminó hacia la más grande que le llegaba hasta la espalda alta y acarició las grietas, las palabras no le salían. Hacía el intento de hablar, lo sé, lo noté. Pero nada salía de su boca. Tras un esfuerzo monumental, pude acercarme a ella.
Arqueé la ceja.
-Arena, hay algo debajo de la roca... -extraje una bolsa plástica de esas que se utilizan para guardar alimentos y están cerradas al vacío. Se la tendí. Sin recuperarse del asombro, lo abrió y extrajo un sobre.
"Si estás leyendo esto... es porque hiciste realidad lo que para todos era un imposible.
Si estás leyendo esto, significa que creíste en mí hasta el final. Significa que te impusiste ante tus dudas, miedos y ante la rabia misma. Significa que me conociste lo suficiente para permanecer fiel a todo cuanto te dije, aunque a ratos no lo comprendieses.
Finalmente, quiere decir que te conozco lo suficiente para estar orgullosa de ti, como nunca lo estuve o estaré de nadie. Porque esperaste, porque confiaste, ahora mereces respuestas. O, mejor dicho, una explicación de las respuestas abstractas que ya encontraste y tienes ante ti."
Lloró. Lo hizo de tal manera que le quité la carta con suavidad, mientras lloraba con el cuerpo entero como solo puede hacerlo quien se negó el derecho a sentir. Quien se guardó todo su dolor y lo sepulto en lo más hondo de su memoria. Leí para ella la carta.
"Cuando las piedras se partan tu amor se habrá impuesto al odio. El hilo de la furia se habrá cortado y secado de raíz. Mi querida hija, no somos dueños ni poseedores de los corazones ajenos. Sinceramente, nunca lo seremos. Sin embargo, déjame decirte que solo existe una manera de acabar con tanto caos: ofreciendo algo mejor.
Quizás durante este tiempo el verdadero reto no era que se partiesen las piedras. Mi reto como madre era enseñarte a nunca abrigar rocas en tu alma. Mi amadísima hija, cada vez que regabas las rocas regabas tu vida, tu futuro, tus sueños, lo que harías de ti. Ahora que las piedras han cedido, haz aprendido a perdonar. Haz aprendido que es un proceso lento y puede parecer tortuoso. Donde esté te amaré, hazme llegar tu amor a través de quienes tengas cerca. Mis oraciones han sido escuchadas, ahora tu vida puede germinar... Ahora el miedo queda atrás.
Posdata: Las semillas que acompañan esta carta son la promesa de tu futuro a construir, no podías acceder a ellas ni a ti misma, mientras odiases. Solo sembrándolas descubrirás qué flores esconden. El documento que está en el sobre son las escrituras del pueblo, mi familia paterna lo fundó. Al mudarse se llevaron las escrituras, por eso, cuando uno de nosotros volvió pasadas cinco generaciones, nadie lo recordaba. En este momento, tienes la sabiduría suficiente para tomar las decisiones correctas. Recuerda a través de ellos recibiré tu amor...Sé feliz."
Conforme avanzaba en la lectura, alcé la voz hasta que cada vecino escuchó el contenido de la carta. 

sábado, 29 de julio de 2017

A través de la burbuja

Érase una vez... No, no es así como iniciará esta brecha a la memoria. No como algo usado y desgastado, sino como algo pequeño e ignorado. Una historia que comparte lo sobreviviente con una flor que crece entre las rendijas que dejó el asfalto.
-Tenme paciencia, te pido. Porque soy una fuente herrumbrosa y cubierta de moho, porque mi manantial de recuerdos me resquebraja la piel.
-Déjate de rodeos. Quiero saber cómo un ser tan diminuto -¡qué digo diminuto, ínfimo!- Llegó acá.
Estremezco mi cabeza, intentando darle cuerda a los eventos.
-Si me niego, ¿no tendré una nueva burbuja?
- Exacto... y te ahogarás.
Un escalofrío me eriza hasta el cuero cabelludo. Asiento.
-Mi fuerte no es el ordenar las ideas, te lo advierto. Pero empecemos porque no soy un "ser", sino una emoción pérdida... desechada -añadí con pesar, volviéndome un ovillo-. Nací en los confines de una niña, ¡vaya que se vuelven laberintos humanos cuando crecen! Era tan vivaracha en sus primeros años, tan enérgica como si fuese inmortal.
Observo a mi rescatista de ocasión, un pez betta macho que encontró una intrusa atrapada en su nido de burbujas. Ahora nada enérgicamente entre el resto de burbujas y giro, giro, giro hasta marearme. Las remueve para que continue con mi relato.
- Está bien, está bien. Ya entendí -le interrumpo, hace ademán con las aletas de calmarse-. Solo puedo explicarte hablándote de ella, pobre mi pequeña -dije con un dejo de melancolía.
El sol se alzaba sobre nuestras cabezas. Tenía escasas horas para resumirle toda una vida a mi amigo nadador, antes que el calor rompiese mi refugio.
Atropellé sílabas, palabras y oraciones en un acto de desespero. Mi humana creció rodeada de incontables personas, tenía una personalidad magnética, franca y a ratos implacable. Ajena al llanto, el derrotismo o la violencia quemaba con carreras extenuantes todo lo que le oprimía el pecho, fuese cual fuese la preocupación. Estos rasgos las hicieron cercana a las personas más dispares que se relacionaban con ella.
Su rechazo visceral a las comparaciones hacia que nunca recurriese a ellas en su vida privada. Lo que se tornaba en miel para sus amigos. Sin embargo, pronto eso se volvería en su contra. Las demás emociones y yo comenzamos a alarmarnos.
Primero, yo quise restarle importancia al asunto. No obstante, mis "compañeras de cuarto" como las llamaba, no eran tan optimistas. Insistían en que una niebla estaba cubriendo el juicio de nuestra humana, a sus 15 se mostraba esquiva con su propia vida.
-Desinterés, lo nombré en ocasiones. Aunque mi favorito era altruismo -explico.
-¿Qué decían las otras?
-Estaban en crisis, cada día eran como bombillos que nunca se apagan. Pensaban que se extinguirían, pero más allá de eso, sentían que teníamos una situación más seria entre manos. Me negué a escucharlas, aunque yo misma acumulase polvo y tuviese el cuerpo entumecido.
Mi amigo betta me rodea con ojos ávidos y perspicaces.
-¿Por eso eres casi transparente? Casi miro a través de ti.
Asiento en silencio.
-Yo desentonaba con mis compañeras, sus pieles eran azúcar morena. Entre más definidos eran los rasgos de ellas, los míos tomaban la apariencia de una garabato o un simple bosquejo. Era presa de una hambruna singular, una hambruna que me pertenecía solo a mí...
Cierro los ojos. Pensar me cuesta. Recordar me duele, yo vivía de las migajas que me dejaban las emociones hermanas que pertenecían a otros humanos. Solo por ello no desaparecí. Mis compañeras trataban que nuestra humana reparase en mí, se acordase de que existía, que estaba en el fondo de ella. No obstante, todos los intentos eran vanos.
Mi vida era como los resquicios de una fogata bajo una tempestad inclemente. Era cuestión de tiempo para que quedasen apenas las cenizas. Miraba en las otras sus diminutos cuerpos atléticos, sus pieles rosadas y sus energías inagotables -aunque ellas dijesen lo contrario-.
Entonces, llegó ese instante tan temido. Por algún motivo el instinto de cada una se fundió haciéndose compartido. No pude levantarme, el blancuzco de mi tez pasó a gris. Me sentía adherida a mi cama en el cuarto empolvado y carcomido por el abandono.
Mis compañeras lloraron día y noche en el umbral de mi puerta o a los pies de mi cama. De vez en cuando, nuestra humana lagrimeaba "sin motivo". La verdad es que notaba a duras pena el caos que llevaba dentro, cada día se avocaba más en quienes la rodeaban. Pero cada noche, cuando se quedaba sola le parecía oír susurros, eran mis gritos de auxilio.
A pesar de mis esfuerzos, lo único que logré fue que abusase de las bebidas energéticas y el ejercicio: que buscase todos los medios para evadir al sueño.
-¿Qué sucedió después? -pregunta mi amigo betta, Cecil, desplegando sus aletas con interés.
El calor incrementa poco a poco, noto que estoy respirando con dificultad. Él lo ignora, está acostumbrado a las temperaturas altas y le gustan.
-Una madrugada pude levantarme. Mi humana estaba despierta y la razón nada tenía que ver con mis súplicas. Aunque fueron respondidas... estaba apelando a mí, sin saberlo. Los meses que siguieron mi piel se hizo canela mientras que ella estaba distraída y ausente. Enfermó por los excesos y estaba inusualmente callada.
Ninguna de nosotras estaba clara a qué atenerse. Entonces, una tarde sin nada de extraordinaria, alcé mi dedo y señalé a un extranjero que se había mudado al mismo barrio de nuestra humana. Tras constantes reflexiones, noté que él siempre estaba presente cuando yo me sentía más fuerte. Él provocó el insomnio y ese cúmulo de rarezas en nuestra humana.
-Por segunda vez fui ingenuamente optimista.
De manera inconsciente, se me escapa un suspiro.
El extranjero se iría en dos semanas, mientras dentro de nuestra humana yo padecía fuertes convulsiones. Mi estado se hizo crítico. Lloraba, me dolía el pecho, me fallaba el habla y mi cuerpo crujía desde adentro. Guardaba dentro de mí demasiado, era una represa a un paso de romperse.
Nuestra humana no estaba mucho mejor. Sufría cambios de humor, entristecía con facilidad y se mostraba cada día más solitaria. Deshizo el grueso de sus hábitos más arraigados. Él la buscó y ella lo evadió. A mis compañeras y a mí nos constaba que le era imposible pensar.
El tiempo fue inmisericorde y las dos semanas se cumplieron. Él tomaría el primer vuelo a otro continente. Ella se rehusó a despedirlo, aunque antes se volvieron realmente íntimos. El resto de amigos se aglomeraría en el aeropuerto.
Como si de electricidad se tratase, yo sentía corriente en el cuerpo que me hacía convulsionar. Ella se arrepintió a último momento. Tomó el primer taxi que encontró para alcanzarlo. Llegó poco antes que él abordase el avión...
-¿Qué le dijo? Porque tuvo que decirle algo...
Abrazo mis piernas mientras clavo la mirada en Cecil.
-Me estás mintiendo -exclama casi herido.
Las palabras no me salen, pero él interpreta mi silencio. Mi humana no logró hablar. Allí estaba el extranjero a unos metros de otro destino y ella anclada al suelo, presa de un silencio que no comprendía.
-Mi humana es la persona más triste que jamás conocí. En el instante que el avión despegó lo entendí, ella me selló dentro de sí...
Hicimos un minuto de silencio. Nos dolía pensar. Finalmente, Cecil habló:
-¿Por qué dices que te selló?
-Porque, amigo mío, ella me veía en otros. Pero era incapaz de sentirme en su pecho. Ignorarme, aunque ella no lo supiera, era como vivir sin piel. Era quedar expuesta de la manera más cruda y profunda posible. Cuando regresaba del aeropuerto, se detuvo sobre un río a gritarle al vacío... allí me perdió. Salí por su voz y, perdóname la comparación, ambas quedamos como peces fuera del agua.
Escuchamos un sonoro "plop". La burbuja explota, me dejo consumir por la idea del vacío que vendría. Es como si compartiese el futuro de mi amada humana, mi entrañable humana.
Entonces, percibo mi propia consciencia. Siento que todavía estoy completa. Abro los ojos atónita, Cecil me rescató ahora de manera intencional.
-Me mentiste. Tú no eres una emoción -brama con tono de reproche.
Le dedico una sonrisa triste. Lo descifró.
-Para ella lo fui. Mi humana me minimizó, ahora sin mí, ha perdido al amor... Estará como un reloj sin tiempo.
Cierro los ojos.
Añado en un susurro apagado entre las olas:
-Al menos hasta que retorne a ella.



viernes, 28 de julio de 2017

Vestida de agua

Así como es imposible huirle a nuestra piel existen miles de pequeños e ínfimos detalles que le dan forma a quienes somos. Somos una escultura viviente que va moldeándose con el cincel de las decisiones y con el barro de nuestras emociones. Somos una obra bella o ruin, sublime o miserable, todo dependiendo de lo que elijamos albergar en nuestros corazones, en nuestra historia.
Todos tenemos sangre recorriendo nuestras venas, que el corazón bombea para que nuestro segundero siga en marcha. Pero, aparte de ese líquido carmesí, tenemos otras cosas. En algunos casos la poesía también nos recorre por dentro, pide ser bombeada, respirada y exhalada.
Las letras se acoplan a la piel como lunares. Lunares que claman atención, que claman escucha.
Es difícil ignorar al rayo que parte el cielo, al trueno que perfora tus oídos. Casi imposible se vuelve permanecer inmutable ante los arrebatos de las ideas que te reclaman, como el cuerpo pide comida, agua o descanso.
¡Al final, alzo las manos y cedo!
Sin sangre estamos inertes, sin palabras salidas de los océanos del pensamiento y el alma la escultura estaría eternamente inconclusa.

Vestida de agua

Saco mi vestido de agua,
de rocío mañanero,
de lluvia bendita,
de lágrimas de alegría
y me lo ciño a la vida.

Vestido que trasparente almas; nunca pieles.
Vestido que cubre hasta el pensamiento
mientras revela la belleza
de sueños que desvelan,
de alegrías compartidas,
de almas y pasos incansables.

Me visto de agua
porque me visto de esenciales:
de recuerdos eternos,
momentos memorables,
detalles que desembocan en corazones.

Me ciño al tiempo
cuanto no tiene precio,
cuando sazona la vida:
familia,
amigos,
sueños
y una fe que te hace desentonar
con las fatalidades.

Me visto de agua
porque es esperanza
pura y sublime.




Gracias a todos por estar, por ser. Gracias por sus palabras de amor, amistad, por su compartir constante. En especial, gracias por su tiempo porque sin tiempo no hay vida. Sin tiempo no hay conversaciones fuera del molde, no hay amistades que se fundamentan en la sinceridad, en la falta de complejos o los complejos aceptados y superados.
Gracias por las lecturas. Por los minutos de silencio, por el tiempo que corre despacio para que cada letra cobre pleno auge como el sol que tiñe las nubes y nos brinda un espectáculo infinito y desbordante. Gracias porque el cariño no abarca solo un día, porque no busca una excusa, porque a veces solo lo dan porque les nace desde lo más profundo.
Hay panoramas tan grises, tan macabros que puede parecer que no hay mañana. Pero tras cada letra que escribo, tras cada espacio o carácter hay una persona. Desde las ciudades se torna difícil detallar las constelaciones ese rocío de luz que empapa los cielos. Sin embargo, las personas que Dios ha puesto en mi vida son una constelación a toda prueba.
Un amigo muy querido dijo que cada año me preguntaría mi edad, para probar cuándo dejaría de responderle. Cuándo prefiriría ocultarla. No obstante, atesoro cada segundo que me trajo a este momento porque está repleto de personas que, si se uniesen como lo hacen en mi alma y mi memoria, alumbrarían más que el sol.
Gracias a la existencia de cada uno de ustedes, sé que la humanidad tiene futuro. Porque ustedes son ese futuro. Mi esperanza es fundada, porque he llegado a conocerles tanto como me lo han permitido y viceversa. Gracias por adornar mis días con sus sonrisas, sus bromas, sus personalidades tan distintas como las estaciones, sus consejos.
Hoy exclamo con cada una de mis células "¡Bendito sea Dios porque existen!", en el amor de ustedes lo hallo a Él: a tiempo y a destiempo.
Ustedes son todo lo hermoso que se le puede pedir a la vida. Me han conmovido hasta la médula con sus afectos.



sábado, 27 de mayo de 2017

El perfume de la vida

El sol me abrigaba. Era como una manta que me envolvía y dejaba a duras penas traspasar trazos de frío. Me gustaba estar al aire libre, sentía la vida moverse de aquí para allá. Sentí cómo se sentaron a mi lado, tomaron mi cabeza con delicadeza y atrayéndome; besaron mi frente.
No me resistí. Conocía esas manos; su ternura.
-¿Qué aroma tiene tu día? -inquirió.
-Huele... a humedad -respondí con franqueza. De súbito recordé la anécdota de cuando me habló sobre las etiquetas. Los demás me etiquetaban de "tímida", cuando lo escuché había revisado en mi cuello y espalda en busca del cartel. Ella se desternilló de risa, dijo que parecía un perro tratando de alcanzar su cola. Ese día ganó muchos seguidores con su trabajo; aunque confesó que fue a costillas mías. El estar conmigo le daba muchas ideas. Era su mina secreta de ingenio, según me decía.
Suspiró.
-No agregues más humedad al ambiente -le reproché haciendo pucheros. Tomó mi mano e hizo que me levantara del banco, luego me hizo dar un giro.
-¿Y ahora? -preguntó divertida.
-Huele a fresas -respondí en el acto.
Mi tía Ruth y yo teníamos un código de aromas, cada uno significaba una emoción o sentimiento. Evidentemente, no era época de fresas y ningún puesto del parque las vendía. Según el reporte del clima, haría un tiempo caluroso y despejado. Entrábamos en el tercer mes de sequías, conseguí escuchar antes que mamá apagase el televisor. Detestaba que pusiese canales o programaciones como aquellas. Solía decir que me dificulta hacer amigos, porque no hablaba acorde a mi edad. Además, el televisor estaba vetado para mí, por supuesto.
-¿Tuviste muchos likes hoy?
-1473 y contando... ¿qué programa pusiste hoy?
-No recuerdo el nombre. Hablaban de un niño cantante... y el habló de ignorar a los "espicha sueños". También de un festival de películas extranjero y de una organización internacional que la trajo al país un niño de doce años.
Caminábamos a un solo ritmo. A tía Ruth no le preocupaban mis gustos para programas, los conocía de memoria. Solíamos comentarlos cada vez que nos reuníamos. Para las ocasiones en que me aburría en casa, contaba con una colección completa de discos compactos. Mamá insistía en mantenerme alejada de las computadoras, papá y ella eran un muro al respecto: temían que me hiciese adicta al Internet y esto "empeorase" mis problemas de comunicación. Tía Ruth solo encogió los hombros sobre el tema y me regaló, en cambio, un CD tras otro. Le gustaba mostrarme ritmos y letras diferentes, aunque luego aturdiese a todos preguntando por una u otra palabra.
Olía a humedad. Mamá estaba entretenida otra vez con el teléfono. Tía Ruth era su hermana menor, sabía que yo relacionaba la humedad con el abandono y el deterioro. Nunca había ido a un psicólogo. Aunque mis maestros y demás adultos insistían que necesitaba más contacto con niños de mi edad, coincidían en que estaba teniendo una niñez feliz y peculiar.
Jugué con la yema de sus dedos.
Me sentía segura. Sentía que mi vida estaba "habitada", era la extraña sensación que me producía los encuentros con tía Ruth. Seguía oliendo a tinta, acuarelas, tenía aliento a café y marcas en sus dedos de tanto apretar los pinceles.
-Debe ser... aroma a vida... -susurré.
-¿Dijiste algo, Amelia? -preguntó con aire distraído. Solía estar presente a medias, como si su mente viajase muy lejos y dejase su cuerpo allí plantado, eso decía mamá. Luego se corregía, tía Ruth dejaba o aplazaba sus compromisos para compartir conmigo: siempre.
Negué con un gesto.
Iniciamos nuestro juego predilecto con la ferocidad de una tempestad imprevista. A ninguna le gustaba perder, aunque yo tenía un marcador de 327 victorias a escasas 186 suyas.
-Tinte -solté.
Ella observó por las inmediaciones del parque hasta encontrar a la muchacha rubia de cejas negras.
-Siguiente -pidió con tono triunfante.
-Salchichas -continué.
Solía hacerle esas "malas pasadas" mientras jugábamos. Ella pasaba un buen rato buscando un carro de perros calientes o alguien comiendo una salchicha. Yo sonreía con picardía mientras nos alejábamos del muchacho que paseaba a un par de diminutos y alargados perros. Por ratos nos deteníamos, entonces ella aspiraba profundo para detectar el olor que le pasaba inadvertido. Alguien se aproximó con un fuerte taconeo por las caminerías hasta nosotras, reconocí los pasos sin necesidad de volverme.
Soltó su cabellera ondulante y mis pulmones se llenaron de esa fragancia familiar. Yo había escogido ese champú para ella igual que la crema corporal que compartíamos. Solo con el perfume la ayudaba, pero la última palabra era suya.
-¿Terminaste por hoy, Ruth? ¿Tus fans no te asediarán ahora?
-Conocen solo mis trazos, no mi cara, Scarlet.
-Adivino, te viniste incomunicada de nuevo, ¿no, hermanita?
Reconocí el tono. Era la rivalidad entre hermanas, otra vez. Papá me hablaba sobre el tema cada vez que acababa envuelta. Me decía que los papeles de ambas: mamá y tía Ruth, se habían mezclado como antiguas cartas por una confusión en el correo. Lo que mi mamá ansió por una vida, lo obtuvo tía Ruth. Una carrera profesional, holgura económica, viajes, congresos, eventos, en escasas palabras, ser una referencia en su área y que su éxito suba como espuma.
Por otra parte, decía papá, tía Ruth quería una familia. Un trabajo estable, pero sin mayores ambiciones. Una familia era el tema que le ponía los ojos como "un dos de oro", solo eso le daría valor a su trabajo. Ahora, mamá tenía un jefe tiránico, luchaba por un ascenso -algo de divertido tendría para que "pelease" por uno. Solía imaginarla como un sumo o una guerrera como Xena para obtener ese ascenso.
Papá reía al escucharme, luego me amonestaba por las referencias.
Nadie tenía lo que quería; ahí estaba yo. Entre el invierno que asociaba a la Navidad y la primavera con su explosión de fragancias. Entre mamá, mejor conocida como Scarlet, y tía Ruth mejor conocida como @ThScent en las redes sociales.
Mamá conducía el carro en silencio, las noticias se prohibían mientras yo estuviese abordo. En cambio, era la DJ oficial de cada trayecto, cosa que me hacía sumamente feliz. Cerré los ojos en el asiento trasero mientras escuchaba la melodía. Era una tonta, no había diferencia. Abiertos o no, solo había oscuridad para mí. Me sentaba en medio, solo me acercaba a las ventanas para sentir la brisa a ratos o para aspirar la fragancia de la ciudad.
Era una oscuridad amueblada la mía. Quizás mi vista se perdió como los cartas de tía Ruth y mamá, quizás la tenía otro. Quizás, somos como un envase con cierta medida. Mis medidas las habían llenado con el resto de los sentidos y, cuando fueron a verter la visión, se derramó como la leche de un tazón de cereal.
A mi manera particular, estaba agradecida. Tanto mis papás como tía Ruth jamás hablaban de mis ojos como un defecto, ni siquiera a solas. Lo sabía porque desarrollé gran sigilo en el caminar, daba sustos mortales a mamá o papá cada tanto por acercarme a hurtadillas. Los escuchaba conversar mientras me hacían dormida. Allí, en mi oscuridad prolongada, en mi noche soleada, tanteaba su amor.
Mamá, con su naturaleza orgullosa, se deshizo de su capa de súper mujer y pidió la ayuda de su hermana. Dijo que el trato con los niños no era su fuerte, pero si algo compartían -además de la misma sangre- era su amor por mí. Así que me convertí en una clase de "tregua humana". El gesto de su hermana Scarlet estremeció a tía Ruth que dio un vuelco a su vida profesional para apoyarla. Realmente, mamá era buena como tal. Necesitaba a su hermana para no desmoronarse ante el reflejo de mis ojos, lo deduje pasado un tiempo. Me amaba, pero quería algo para mí que ninguno ascenso podía conseguir.
En mis rondas sigilosas, escuché llorar a tía Ruth. Llegó una noche sin previo aviso y alterada. Estaba diferente, papá lo notó apenas abrir la puerta. Le había heredado lo perceptiva.
-Se quedará a dormir... pero en una habitación aparte -me contó papá. Quedé helada y confundida. Cuando pasaba la noche o el fin de semana en casa dormíamos juntas.
Tía Ruth me veía y lloraba. Se le hacían agua los ojos y el rostro adquiría una forma extraña, casi forzada. Había memorizado cada detalle de su cara. Me percaté cuando le acaricié en un gesto afectuoso. Para mí, tía Ruth tenía aroma a vida. Reconocía el olor a frutas tropicales de su champú, el perfume de nombre impronunciable que se ponía por gotas detrás de las orejas y en las muñecas. Conocía la fragancia a rosas de su antibacterial. Su aliento a café, el suavizante de las mantas con que me cubría o las prendas que me dejaba modelar aunque las arrastrase por el piso. Me llevaba 22 años, cada vez que hablábamos, sentía que tenía una charla con mi futuro. Con la persona que sería cuando creciera. Quería ver. Ansiaba devolverle una mirada, detallar sus dibujos y pinturas que tanto la apasionaban. Pensaba todo esto, los pensamientos me golpeaban como la lluvia golpea a la tierra... mientras ella lloraba. Lloré con ella, me sentí sola tras estos ojos sin luz. Mi halo de luz se esfumó.
Dos semanas después, un accidente escandalizó a la ciudad. Una mujer joven quedó aprisionada en un coche. El carro quedó deshecho, su conductora murió cuando la ambulancia llegaba con ella a las puertas del hospital. Por aquel entonces, preguntaba sin cesar por mi tía. Era la única amiga que tenía y me extrañaba que no fuese a visitarme a la clínica donde estaba por una fuerte indigestión. Me torturaba la dieta líquida con que me mantenían, tampoco se podía jugar en una habitación encerrada.
Algo iba mal. Me hice la dormida entrada la tarde, quería que mis papás hablasen como si no estuviese.
-Dicen que se quedó dormida al volante. Sabíamos que no estaba comiendo bien, ya casi no dormía y se alejó del trabajo como de nosotros -escuché a duras penas decir a papá.
-Éramos el único consuelo que le quedaba... -mamá lloraba. Tenía las lágrimas atoradas en la garganta, por eso, hacía largas pausas-. Roberto la abandonó hace mucho, pensé que estar con Amelia la ayudaría... le devolvería un poco de vitalidad...
Mamá lloraba como si fuese una nube o un arroyo, como si a media que le salían las lágrimas se desvaneciese.
-También pensé que se recuperaría, querida. Pero enterarse de que era estéril, después de acabar con una relación de diez años, fue igual que un infarto para ella.
Dormí soñando con mi halo de luz. Recordé nuestras conversaciones. Hace tiempo, no sabía exactamente cuánto, me dijo que las estrellas nos engañaban.
-Muchas estrellas ya no existen, vemos una luz que ya no tiene origen.
Luego me dijo que el origen es como la semilla de las personas así me lo explicaba todo. Soñé con una lluvia infinita de estrellas. Algunos adultos decían que era una niña despierta, pero yo me consideraba una niña dormida. Creía que la vida era como los sueños, que esa parte era auténtica. Desperté mientras alguien me abrazaba... y me mojaban. Era una lágrima, lo supe cuando una cayó en mis labios.
-Tu tía... Amelia, tu tía hizo un viaje muy largo... pero quiso darte un recuerdo antes de irse... -mamá hablaba con esfuerzo, se quedaba sin aire al terminar cada frase.
-¿Cuándo volverá? -pregunté con miedo-. ¿Es un nuevo CD, mamá? Dámelo, quiero que sepa que lo escuché. Quiero memorizarme las canciones para que cantemos juntas cuando regrese...-estaba suplicando. Me llevó un minuto notar la desesperación en mi voz.
-No, mi niña. Tu tía te regaló algo que no tiene precio -se rompió la voz de papá. Supe que lloraba.
Ambos sostuvieron con fuerza mis manos.
-Ella llevaba una nota en la cartera. Dijo que no los necesitaría más... que disculpes lo usados que están...
Los tres llorábamos. Sentía los corazones acelerados de ambos, pero no entendía qué querían decirme.
-Tu tía, mi Amelia, se inscribió como donante de córnea seis meses después de que naciste. Ella... te heredó sus ojos.
Las estrellas nos engañan. Han muerto, ya no están. Se han disuelto en lo infinito del universo. Nos dieron cuanto tenían, un atisbo de lo que nos espera allá fuera, un atisbo de belleza. Hoy huele a grama recién cortada, su olor impregna mi piel mientras el sol se levanta en el horizonte.
En las tardes de mi niñez escuché incontables canciones de despedidas. Esa época, ahora lejana, me enseñó que las cartas se pierden en el correo, que nuestras perspectivas mutan y se transforman, que lo "nuestro" es lo que damos y no cuánto recibimos. Me enseñó que las vidas son velas, que se encienden entre sí, que pasan su luz de unas a otras. Justamente, eso fue lo que recibí una mañana dentro de un quirófano.

martes, 2 de mayo de 2017

El grosor de la telaraña

Era de los personajes más pintorescos del pueblo.
Al menos, eso me decían. Mi pueblo era pequeño, insignificante, para quien lo desconocía. Entre las reglas tácitas de esta clase de comunidad; destacaba el conocer a los otros y tener contacto continuo con ellos. Ni siquiera la tecnología logró abolir el contacto humano en nuestras calles.
Me quité los zapatos sin usar las manos. Saqué una botella de limonada de la neverita. Hurgué en mi bolsa deportiva y saqué una bolsa extra grande de papas fritas. Me acosté cuan larga era. Estiré mis músculos. Di un sorbo largo a la limonada y abrí el paquete de chuchería, el espectáculo estaba por iniciar.

Llegaban como susurros el collage de sonidos propios del quehacer cotidiano. La altura lo amortiguaba todo. No me alcanzaban los taconeos en el pavimento, el resonar de unas pocas cornetas. En aquel instante, las risas infantiles eran finas como hilos de seda, las charlas llegaban como un remix de unas y otras.
Así se escucha la vida, pensé.
Mi paz, mi espacio, era como una telaraña. Estaba oculta entre la multitud, parecía diminuta e imperceptible. El sol acarició con infinito amor la silueta de cada nube en el panorama. Iba colmándolo todo con sus rayos, cálidos e inevitables. Incluso yo me sentía en un degradé de colores. Todas mis emociones salían a flote, como globos de helio que sueñan con besar al sol. Sentía que la belleza desbordaba de mis ojos.
Aquella era mi cita con él. Con la persona que me hizo emerger.
Escuché un tropel en las escaleras. Una ventisca estremeció la tienda, tiró por tierra la campanilla de viento. Alguien saltó alterado. Habían descubierto mi telaraña, demasiado pronto, demasiado efímero. Los globos explotaron durante su ascenso.
- ¡¡¡Loto, tienes que irte!!! - advirtieron Luis, Axel y Dérika al unísono con la respiración entrecortada, temblando y con sus caritas rojas por el esfuerzo.
Cantó un cristofué.
Salí de la tienda de acampar mientras el ocaso bañaba la azotea. Una azotea extrañamente limpia, tratándose de un edificio abandonado.
-¿Qué sucede, muchachos? -pregunté relajada. Intentaba restarle importancia, fuese lo que fuese parecía de cuidado.
- Están exigiendo al alcalde que te eche del pueblo.
Quedé inmóvil. Agradecí que tuviese la mirada fija en los zapatos, así ellos no percibirían mi preocupación. Apreté las trenzas y las anudé alrededor de los tobillos.
- ¿Por qué querrían sacar del pueblo a una mesonera como yo?
Traté de mostrarles que su preocupación era infundada. Peiné mis cabellos con la yema de los dedos. Recogí mi melena azabache en una cola alta, entretanto, los niños vacilaban, Se miraban entre sí, sin saber qué decir. Dérika tomó la palabra tras un momento.
- Los extranjeros dicen que manipulas a todos -dudó-. Dijeron que eres una bomba de tiempo... -la miré con ternura. Los niños repetían lo que escucharon en el pueblo, pero no sabían qué significaba. Para ellos, era como una onomatopeya sin sentido, como vocablos en otro idioma.
Anocheció.
La oscuridad engullía al pueblo. Me incorporé con calma. Me acerqué a ellos que me miraban con lágrimas contenidas. Los despeiné uno a uno, les di un abrazo grupal. Escuché cuervos cerca de la azotea, un chaure cantó sobre nuestras cabezas.
- Bajemos -los animé mientras los rodeaba con los brazos.
La puerta se cerró a nuestras espaldas- "Todo cae bajo su propio peso"; pensé. Soy, escuetamente, una mesonera en Flor de Lis un café del pueblo, Ciroé. Conocía cada rostro en la comunidad, cada nombre, cumpleaños, desayuno favorito y mucho más. Aprendí cuántas cuadras separaban al café de cualquier punto en Ciroé.
Abrimos juntos la puerta que daba al exterior. Rechinó casi en un arrullo, en un lamento. Los niños se aferraron a mis manos y, Dérika, a mi cintura.
- ¿Querían decirme algo, señor Gómez, señor Rodríguez? -inquirí con naturalidad. De ser otras las circunstancias, parecería que les preguntaba qué querían comer del menú.
Encolerizaron.
- Tú, muchacha, asfixias a los ciudadanos de Ciroé -se jactó Gómez. Habló como si tuviera una bruja frente a sí.
Lo observé en silencio.
Tenía las piernas separadas de manera que formaban un triángulo perfecto. Sacaba su pecho de manera exagerada, su posición era tan forzada y antinatural en un intento por intimidar. Habló innecesariamente alto, con aire despectivo y autoritario.
- ¡Tienes engatusados a todos, como a esos indefensos niños! -acusó el señor Rodríguez dando zancadas hacia mí-. ¡Esta chiquilla los ha manipulado con maestría, los ha sometido como a monigotes! -exclamó volviéndose hacia la gente que se había congregado en torno al edificio.
El señor hizo el ademán de coger por el brazo a Axel. Di un paso hacia él, clavé mi mirada en la suya.
- Si alguno de estos niños se separa de mí; es solamente porque irán a los brazos de sus padres.
Mi tono fue desafiante y autoritario, los nervios de ambos hombres se crisparon. Se encendió poco a poco el alumbrado público, mientras mis vecinos murmuraban entre sí. Ninguno se involucró.
- ¡Ni siquiera saben qué hacen! -se mofó Gómez-. Apenas son chiquillos...
Sentí cómo los tres se aferraron más a mí.
- No me gusta ese hombre, Loto -murmuró Dérika.
Acaricié las palmas de Luis, a mi izquierda, y Axel, a mi derecha. Balanceé los hombros. Ambos hombres me ignoraron mientras insistían a los vecinos que me dejasen a las afueras, que me exiliasen.

Uno.
Dos.
Tres.
Los niños se soltaron y tomaron tres direcciones diferentes. Los forasteros intentaron reaccionar cuando irrumpí en sus pensamientos.
- ¿Serán felices si me marcho? -la multitud quedó impávida, los murmullos se rompieron como pompas de jabón. El silencio se posó en los labios de cada individuo.
Hubo un minuto de silencio. Algo moría en Ciroé, aunque nadie advertía el qué. Rodríguez y Gómez lo notaron, el miedo les atravesó la mirada, les era incomprensible.
Algo moría. Algo precioso, incorpóreo y compartido.
Era como si un ave cayese inerte en pleno vuelo y parase en medio de nosotros. Se diseminó la nostalgia ante una pérdida repentina, un sentimiento compartido y silente. Los forasteros me observaron, sus rostros eran carmín por la rabia. Fue Rodríguez quien en dos pasos llegó hasta mí y, como si fuese un zarpazo, me tiró por tierra. Rondaba los 65 años, pero era irracionalmente fornido.
Dérika gritó envuelta en los brazos de su madre.
Alcé la vista hacia mi agresor.
- No es fuerte quien arremete contra otros. La verdadera fortaleza no reside en los músculos, ni recurre a la violencia -me incorporé-. Solo ha hablado por ellos -señalé a mis vecinos-, pero en Ciroé no hay mudo o sordos.
Rodríguez alzó su mano para tumbarme de nuevo, cuando Gómez lo detuvo.
- Un pueblo no puede someterse ante una chiquilla: ni por esta. Eso es impen...
- Tiene razón -lo interrumpí. Quedó sin palabras. Cogí mi bolsa deportiva que cayó al suelo. Paseé la mirada por cada vecino, me detuve un segundo en cada rostro.
El silencio se hizo sentir. marcharé... -Axel, Luis y Dérika gritaron mientras sus padres los frenaban para que no volviesen conmigo. Estaban inquietos y se revolvían en sus brazos.
- Solo soy una veinteañera. Si les hago daño o se sienten manipulados; me
La mamá de Dérika le acarició el rostro, secó sus lágrimas y susurró algo en su oído. Luego, se separó de la multitud pasando al lado del alcalde, que permanecía como un espectador más, y de mis acusadores.
- Si eres una manzana podrida o no, lo sabremos con una prueba.
- ¡¿¡¿Prueba?!?! -vociferan Gómez y Rodríguez, aunque todos estábamos consternados por igual.
Encuentra más fotos en mi IG (@VirginiaCulpa)
- Sí. Sometamos a Ciroé a un experimento -había hablado para mí hasta entonces, se volvió en dirección a los vecinos y prosiguió-. Pongamos a Loto en cuarentena.
Cuando amaneció me habían arrancado el gentilicio de la piel. Estaba exiliada a un desierto de bloque y concreto, a una chaqueta de fuerza de polvo y hierro. Acaricié la grieta que atravesaba la pared, que la hería y deslucía como una cicatriz. Estaba tan sola como el edificio que habitaba. Allí, en el centro exacto de Ciroé, éramos invisibles.
Miré el techo. Me revolví en las sábanas.
"El trago pudo ser peor", pensé. Procuré consolarme, estaba en el único apartamento habitable del edificio. El único aún amueblado, permanecían en él rastros de vida. Los recuerdos se apiñaron en mis ojos hasta desbordarse. Estaba allí excluida y abandonada por amarles. Por amar a quien se fue, a aquellos cuyo reloj se detuvo. Ellos se fueron sin mí, se fueron adonde no podía alcanzarlos.
Sentía los ojos secos. La añoranza de mi alma se fugó, se escapó a través de mi dolor.
Oceanía, mi vieja amiga, me enseñó cuanto sabía de las personas. Me convidó a abrir el alma, como la flor abre sus pétalos, a escucharlos. "Escúchalos. Cada uno contiene el clamor de la humanidad entera. Acompáñalos, se avecinan tiempos de desgarradora soledad y dolor incalculable", dijo una tarde cualquiera. Hablaba con solemnidad como si me encomendase una operación a corazón abierto o el cuidado de una especie en peligro de extinción.
Descorrí las cortinas del viejo cuarto; su cuarto. Saqué la mano por la ventana, sentía la fragilidad que le sigue al llanto. Me sentí vacía cuando palpé el tronco de la visteria china. Oceanía amaba esa trepadora. Era una reliquia familiar, sus padres la plantaron cuando construyeron el edificio y guiaron su crecimiento para que adornase al mismo. Oceanía siempre lo cuidó como a una joya.
Ochenta, noventa, noventa y nueve... sacaba cuentas mentalmente. Amó tanto a la visteria china que recordaba la fecha y hora exacta en que la plantaron. Me contó la historia con tal detalle, y tantas veces, que me sentía parte de ella. Sentí el desnivel y la superficie del tronco.
- El tronco de la visteria absorbe cada historia en Ciroé, este árbol es un ciudadano más del pueblo, Loto -me explicó cuando vaciaba su vida en la mía.
Una hormiga exploraba mi mano que tocaba 100 años de historias.
- Si pudieses, también hubieses llorado -le susurré a la visteria con sus flores fragantes y lilas, con la complicidad que se le reserva al confidente.
La visteria lloraría. Su dolor habría inundado las calles de Ciroé, hasta sumergir cada hogar. Llanto amargo y profundo porque nuestra Oceanía se fue muy pronto. Era tan guapa con sus ojos brillantes y sus arrugas que exhibía orgullosa. Sí, orgullosa como una "moza" muestra su piel tersa o sus dotes artísticos.
Oceanía enseñaba los pliegues de su tez y decía: "es el álbum de mis vivencias. Reí hasta tener un acordeón por piel y amé hasta quedar arrugada como pasa". Tenía el don de hacer que te avergonzara tu vista corta, tu dramatismo.
Su mirada se apagó. Murió el sol en su interior, cuando el "sazón" de sus días fue apartado de su lado. Ella me adoptó como a otra joya en sus días, en su historia. Fuimos unidas como la nieta que se creía con su abuela, era imposible recordar sin suspirar. "Mi Loto...", me decía abrazándome cual si fuera un sueño. En parte, lo era, todos en Ciroé olvidaron mi nombre... poco más y yo lo haría. Fui su Loto y, cuando su luz se apagó, me heredó al pueblo.
Apoyé la cabeza en el tronco.
Un mensaje acabó con su nieto. Un mensaje y un conductor irresponsable nos sumieron en días de hiel y frío. En esa época, estábamos en Ciroé sin estar en él. Se parecía tanto a mi cuarentena, estábamos desconectados. Oceanía comparaba a su nieto, Jorge, con un pino. Por ella, me hice un bosquejo del buen pino trasplantado desde la ciudad. Allí estaba la vieja punzada, seguida de la sensación de ser un pozo sin agua. Jorge me cautivó durante el primer recorrido por Ciroé, yo encadenaba cada lugar simbólico con una anécdota y las peculiaridades de los vecinos.
Jorge tenía mirada de niño, se enorgullecía Oceanía: y era cierto. Encontraba belleza adonde fuera, tenía una mirada despierta y nunca mató su capacidad de asombro. Este par, mi par, era una familia de espíritu. Gente que parece elevarse por encima de lo trivial, de los rencores y cuánta hierba mala contamina a la sociedad. Aún me costaba creer que 160 caracteres, que un mensaje, cortase la vida de ambos.
El impacto lo mató a él.
La tristeza la carcomió a ella.
Y yo quedé sola, sin nadie que regase mi alma.
Era un reloj sin segundero... inhalé despacio, contemplé mis manos y a la hormiga pérdida en mi diestra. Fuera de Ciroé se extinguiría el aire en mis pulmones, tendría que inventarme una vida.
Abandone la habitación del quinto piso y fui a la azotea, sin prisa. Cada segundo gastado me acercaba al veredicto. ¿Qué hubiesen pensado Oceanía y Jorge sobre la decisión de mi confinamiento? Quien pensaría que el edificio, que me heredó ella, se convertiría en mi domicilio y cárcel. Chirrió la puerta dándome la bienvenida, todo chirriaba como si la estructura gimiese de dolor, mientras sentía que salía al encuentro de Jorge. Sí, a su encuentro, la belleza del mundo, lo efímero y sublime escondían el rompecabezas de su alma.
Y es que le amé. Aunque nunca lo pusiese en palabras. Por eso, cuando al fin entendí por qué Oceanía vació su vida en mí, por qué me habló del pasado de Ciroé sin ocultarme nada: me entendí como semilla.
Cantaban los cuervos y chaures, mi amado pueblo se escuchaba ausente y las nubes cubrían su cielo. ¿O sería su horizonte? Jorge supo que aquello era obra de su abuela.
- Otras abuelan tejen o te repiten historias, la mía hizo del pueblo un invernadero de humanidad. Lo sentí cuando me hablaste por el camino, esta gente está llena de mi abuela y... viceversa -nunca sabía adónde miraba, parecía que sus ojos atravesasen todo: a Ciroé, a las calles, a mí. Me observó en silencio-. También se están llenando de ti.
Él nos comparó con cielo y mar. Ambas nos reflejábamos y los vecinos, Ciroé, necesitaban de las dos.
- Ya no... -pensé. Rodríguez y Gómez mancharon sus memorias cuando lo calificaron de manipulación. Mientras mis vecinos me dieron la espalda con su silencio.
Tenía influencia en el pueblo, era un hecho innegable. Como la visteria china en su tronco, guardaba un siglo de experiencia contenida en mi piel morena y tersa. Mis mojos rasgados conocían las guerras y luchas interiores de los habitantes. Era un anal en la historia con rasgos indígenas y veintitrés años de vida.
Me pesaba el cuerpo o quizás lo corto de mis años. ¿No entendían que era discriminación? ¿Qué otro nombre´podría dársele a que viesen solo la edad y no la verdad en mis palabras?
Fue transcurriendo mi cuarentena mientras desde la azotea observaba las callejuelas del pueblo. Estaban a ratos sumidas en un silencio sepulcral y otrora en un bullicio que se elevaba ininteligible hasta mí. Por más esfuerzo que hacía, sentía que los miraba a través de un cristal empañado.
Supe que alguien velaba por mí. Cada semana sonaba una campana cerca de las visteria china, cuando bajaba hasta la entrada del edificio encontraba comida para siete días. Un guardia vigilaba que no saliese, era Mario. Me pregunté cómo seguiría su pequeña Eva de su fiebre de 39ºC.
La segunda semana, encontré contrabando en la caja de comestibles. Había un paquete extra grande de papas fritas, una bolsita de pistachos y un puñado de bombones. Axel, Luis y Dérika respectivamente, exclamé sonriendo. Esa delgada curva que parece formarse por el tamaño del corazón, casi me resultaba ajena. Ajena, lejana, extraña como el recuerdo de un sueño.
Comí el contrabando como un manjar, degusté cada bocado. Cerraba los ojos, y me parecía escuchar sus risas. Casi podía sentirlos halándome de un lado a otro. Entretanto, yo, tambaleaba y luchaba por no caer.
Para la tercera semana, añoraba con locura el compartir con todos. Rozaba el tronco de la enredadera deseando robar sus recuerdos felices. Deseando extraer fuerzas de otros tiempos. Advertí que mis vecinos evitaban la cuadra del edificio y, el silencio iba en aumento. Quería tener noticias de afuera, pero no tenía quién me las diera.
Contaba el día 34 cuando, con la basura, dejé una nota frente a la puerta del edificio. La soledad me pesaba, me demolía por dentro. Me sostenía solo el contrabando que los niños guardaban religiosamente. Reviví una a una las conversaciones con Jorge, el calor humano que impregnaba sus palabras y permanecía conmigo.
Me quedé dormida. Quizás por horas, quizás por días, las gruesas gotas me golpearon los pies. Dormí con medio cuerpo fuera de la tienda de acampar. Sentí el estómago vacío y el cuerpo débil, perdí 5 kilos y el ánimo de comer. El charco me devolvió una imagen demacrada; lo pateé.
No ganaría nada matándome de hambre, solo asustaría a los niños. Abrí la puerta que ya se despedía con su chirrido, que en ocasiones asemejaba un ronroneo, cuando escuché un bullicio. Me detuve en el umbral, sin voltearme. Primero fueron los gritos, le siguieron las risas y, por último, escuché llantos.
- La gente tiene maneras particulares de convulsionar, Loto -me dijo Jorge, cuando se sinceró, cuando contó por qué dejó la ciudad.
- ¡Tienes razón! Yo convulsioné por ese texto, por la muerte de Oceanía y la tuya -grité al edificio solitario, al armazón de recuerdos y nostalgia-. Convulsioné a la sombra de la visteria china y sus flores lilas. Dejé de sentir y luego... -me detuve en el quinto piso-. Luego entendí... que Oceanía era como el viento... soplaba y ponía en movimiento la voluntad de todos en Ciroé.
Era así. Nunca forzó nada; tampoco me enseñó a hacerlo, Bajaba, ahora con calma. Era mi turno de soplar: violaría la cuarentena.

Al abrir la puerta que me conectaba con el exterior, el bullicio se cortó. Fue un corte preciso, parejo y limpio como hecho por un bisturí en manos expertas. Axel, Dérika y Luis fueron los primeros en reaccionar, todos los vecinos estaban congregados allí.
No reconocía a los otros. Parecían cáscaras, avejentados, una versión fantasmagórica de sí. Me incliné para a abrazar a los niños, que corrieron hacia mí separándose del resto; me asusté. Luis tenía la piel amarilla, Dérika temblaba y Axel tenía ojeras.
- ¿Qué sucedió? -pregunté al fin. Busqué tres veces entre la muchedumbre a Gómez y Rodríguez sin hallarlos. Cada persona adulta evitó mi mirada, la apartó cuando se cruzaba con la suya.
- Papá...papá dice que... Ciroé es una cadena -hizo el ademán de recordar algo-. Él dice que la cadena se rompió cuando te obligaron a quedarte en el edificio, cuando los adultos te castigaron.
Nadie lo desmintió. Luis siempre decía la verdad. Después de quitarme del medio, los forasteros fueron por el pueblo: querían reestructurarlo. En solo 39 días habían poblado de estrés las calles, de violencia los hogares y de carácter impersonal cuanto se movía.
Éramos cifras.
Me incorporé con Dérika en los brazos: "Necesitamos hacer una reunión de control de daños", dije para quien quisiera oírme. Me alejé del edificio flanqueada por Axel y Luis, era notorio que mis vecinos se desmoronaban por dentro. En cuanto a mí, estaba como el edificio, herida pero con capacidad de abrigar a otros. Mientras me internaba con el resto en Ciroé, me pareció escuchar a Jorge:
- Lo que haces, podrá parecer faena de araña. No es una trampa, es una labor menuda y delicada... se hace visible, se contempla cuando se rocía con agua...
Su voz fue apagándose.
Quizás algún fotógrafo muy lejos de allí, rociaba una telaraña para capturarla con su lente. Ante el agua y el sol se detalla el grosor de la telaraña que Oceanía y yo tejimos en silencio.