martes, 16 de octubre de 2018

El valor del error: menos photoshop, menos retoques y filtros

Hoy quiero comenzar hablándoles de rocas. Recuerdo un extracto de un libro que leí alrededor de un año, en esa historia a los niños se les enseñaba a ser muy perceptivos. La educación se basaba en preguntarles qué veían, así ellos iban analizando cada detalles. En un momento dado, los papás de la protagonista le preguntaban qué veía en las rocas del río. Le sacaron un par de ellas, una de formas redondeadas y otra marcada por ángulos.
La respuesta de la niña fue que la roca de bordes suaves tenía más tiempo siguiendo la corriente del río. Porque la fricción con otras rocas y la corriente acabaron por pulirla. ¿Por qué comenzar el post con este comentario? Porque el ser humano debe ser como la roca de un río, debe tener contacto con la realidad. Al relacionarnos con otros nos "pulimos", poco a pocos dejamos de herirnos mutuamente.
Estamos en una época en que nos sumergimos en la tecnología como si fuera el mar. Sin embargo, ¿en qué mar no hay riesgos? De los incontables riesgos a los que nos exponemos, hoy quiero referirme a uno en específico: buscar una perfección ilusoria.
Después de leer algunos artículos -y compararlos con la realidad- es muy fácil caer en la tentación de llevar una vida de Instagram. Una vida llena de momentos perfectos, gente perfecta, vidas perfectas. Excepto que... la vida no transcurre en el set de una película. Hay errores, fracasos, malas rachas y decepciones que tienen poco espacio en las redes. Tampoco se trata de sustituir la charla con un buen amigo por las publicaciones, sacando a relucir todo lo que nos pasa.
Es algo muy distinto. Es entender que en las redes sociales se muestra lo que se quiere. Como quien se edita las ojeras, aclara la piel o procura "quitarse" algunos kilos. Después de todo, la vida va mucho más allá de una pose para la foto de turno. A veces adoptamos y nutrimos actitudes que se convierten en serpientes, poco a poco se enroscan en torno a nosotros hasta asfixiarnos.
Esta serpiente de navegar sin rumbo entre los millones de perfiles o fotos, nos desconecta. Buscamos que nuestros días pasen sin errores, sin decepciones, sin caídas porque resultaría "poco estético". Entonces, escogemos convertirnos en flores artificiales, meros adornos pero sin una hebra de autenticidad. En lo particular, prefiero los errores.
Prefiero equivocarme mil veces. Aún con toda la impotencia que pueda sentir. Prefiero dar el todo por el todo, dar lo máximo de mí: aunque pase desapercibido, aunque sea infravalorado, aunque no resulte como esperaba. Hace algunos años, lo viví con mucha intensidad. Decidí participar en múltiples concursos de literatura y fue una decepción tras otra. Cuando me enteraba de los resultados, era como si apagasen todas las luces a mi alrededor. Las dudas me caían encima como un torrencial.
No cambiaría esa experiencia. Es difícil preguntarnos si servimos o no para algo que amamos con todo nuestro ser. Algo que nos mueve la fibra en tal medida, que siempre regresamos. Precisamente, esta clase de circunstancias son las que ponen a prueba qué tanto queremos algo.
En mi caso, reforzó mi pasión por la escritura. Puede que alcance mi sueño de ser escritora profesional o puede que no. Sin embargo, no dejaré que dependa de factores exteriores. Seguiré haciendo lo que esté a mi alcance. Pero, cuando se quiere evadir el error o el fracaso, se evade la vida. Acabamos teniendo miedo de mirarnos. De hallarnos cara a cara con nuestras limitaciones y nuestra historia, con nuestras imperfecciones. Si nuestra voluntad por perseguir algo es tan frágil que se quiebra, entonces no valía tanto para nosotros.
En cambio, si después de las caídas volvemos a levantarnos: es porque realmente nos importa. De lo contrario, puede ser que buscábamos otras cosas y las teníamos bajo la etiqueta incorrecta. Así que haremos como Kronk en "Las locuras del emperador", sacaremos el frasco equivocado. Sin embargo, aún estos errores nos ayudan si queremos aprovecharlos. Porque podemos replantearnos, ¿qué queríamos realmente? ¿Por qué estamos decepcionados? ¿Qué hicimos para obtener ese resultado o qué dejamos de hacer?
Es como una buena historia. Sería plana y aburrida si el protagonista está en un mundo perfecto, perfectamente satisfecho. Allí no ocurriría nada. Sin embargo, en las buenas tramas las circunstancias se tornan adversas a los personajes para que puedan crecer. Sin desafíos, sin retos, sin complicaciones al vida sería insípida. Así de insípida se vuelve cuando se reduce a una publicación más en las redes sociales. En lugar de las experiencias con amigos y familiares, el desarrollo emocional, humano y espiritual.
Una trama sin conflictos, no merece ser leída. Una historia sin fracasos, nada nos enseñará. Porque simplemente: no existe. Además, el buscar atajos para "ahorrarnos" los tragos amargos, solo nos debilita emocionalmente haciendo que el choque a futuro sea mucho peor. Habrá momentos en que explotaremos, en que seremos tan volátiles que nos haremos daño y haremos daño a quienes más amamos. Pero está en nosotros, tomar las piezas rotas y volver a juntarlas. Está en nosotros decir: me equivoqué. Te hice daño, nos hice daño y lo lamento con todo mi ser. Hace poco leí que el mayor gesto de amor consiste en tener paciencia. A veces la perdemos, pero permanecemos. El hacer las maletas y poner distancia no es una opción. Porque el amor podrá ser silente, pero siempre permanece.
Nos equivocaremos aún con quienes más amamos. Sin embargo, estos errores no matan el amor cuando es auténtico. Cuando amamos, vamos a seguir allí aunque seamos olvidados. Seguiremos dando el todo por el todo, a pesar de que la realidad sea cada vez más difícil. Porque no se trata de que sea fácil, sino de que valga la pena. Poco a poco dejamos de ser personas angulosas, para ser redondeadas. El valor del error consiste en levantarnos, aunque sintamos que estamos hemos caído sin cesar.
Al final de cuentas, solo cae quien estuvo de pie. Solo fracasa quien estaba obrando. Prefiero el error, a la parálisis. Prefiero caerme otra vez, que jamás levantarme. Prefiero la autenticidad por encima de los filtros o retoques que capa a capa ocultan el verdadero ser.

viernes, 5 de octubre de 2018

¿Adónde te lleva tu voluntad?

¿Cuántas veces nos decimos "no puedo", "no soy capaz", "es demasiado para mí"? Hoy súbitamente, dándole vueltas a este asunto me acordé de una peli que me encanta: Linterna verde. Lo confieso. He perdido la cuenta de cuántas veces la he visto. Además de los efectos especiales, la trama y cómo me enganchan los largometrajes de héroes hay otra razón. La voluntad es el superpoder acá.
El anillo te permite materializar cualquier cosa siempre que te concentres y tengas una férrea voluntad. Y si tuviésemos un anillo así ¿nos serviría?, ¿realmente podríamos crear pistas de carro para evitar desastres? ¿Qué pasaría si desde hoy nos cambiásemos el chip? Así veríamos cuántos cambios se generan al ver la voluntad como lo que es realmente: un superpoder. Dejaríamos de justificar nuestra inacción y excusarnos en las circunstancias. Siempre hallaríamos una forma de involucrarnos. Una manera de aportar.
Hace tiempo me hicieron cambiar de chip. Era de las personas que creían "no tengo nada para aportar", "qué pudiese hacer para ayudar ". Cada cual va cambiando a su ritmo, a su manera. Sin embargo, en mi caso los cambios empezaron con simples ideas de una mente inquieta. La creatividad me acompaña más que mi sombra. Tampoco es que baste con tener ideas. Sino usarlas para partir de allí. Como mamá me dijo hoy: cuando uno empieza a cocinar lo hace con un plan. Cuando nos planteamos una idea, le sigue la acción. ¿Qué necesito para materializarla?
En Linterna verde el anillo amarillo representaba el miedo; el enemigo natural de la voluntad. No dejemos que el miedo a lo desconocido nos gane. ¡¡Qué bonito es salir paso a paso de la zona de confort!! Sí, a mí también me cuesta un mundo. Pero, ¡¡lo vale!! ¿Por qué dejar que el miedo nos frene? Qué triste sería vivir en "el corral" atrapados en nuestra mente. Si alguna vez vieron la serie animada "Recreo" les será más fácil captar la referencia. El miedo tiene ese efecto arrollador en nosotros. Sin embargo, una buena voluntad consigue doblegarlo.
Un dato curioso: escribir es una lucha contra nuestros miedos. En realidad, una batalla sin cuartel. Porque para escribir algo sincero hay que exponerse. Es necesario ser vulnerable, mostrarse real. De lo contrario, lamentablemente se callarían los temas más importantes, más humanos. ¡Claro que da miedo! En realidad, mucho. Sin embargo, creo que las cosas más valiosas lo dan. Es como si el miedo tratara de mordernos los tobillos para impedirnos avanzar.
Da miedo mostrarse diferente. Tener una colección de personajes extravagantes que piensan fuera de la caja y que según todos a su alrededor, ¡son unos completos chiflados! Así es el grueso de mis protagonistas: peces vivos que nadan a contracorriente.
Ser sincero, procurar ser transparente implica enfrentar los miedos y probar la voluntad. Implica darle prioridad a aquellas personas, momentos o ideales que la valen. Aunque parezcamos salidos de un relato de ficción por no dejar caer los brazos.
A pesar de parecer idealistas o vivir en las nubes. Acá también se vale recordar que las apariencias engañan. Para entender, hay que acercarse, hay que escuchar. Hay que ser un libro abierto con el otro.
Ojalá hagamos como el niño protagonista de "Recreo", que pisó las rayas del corral hasta superar el miedo. Cada día nuestra vida, nuestra realidad se alimenta de nuestra voluntad. ¡Es como hacer origami! El papel tomará la forma que deseemos. Sentirse incapaz también es una posición muy cómoda, pero no nos lleva a ninguna parte: como el sillón.
A pesar de sentirnos novatos. Vale la pena decirnos, "no lo sé. Ni idea cómo se hace, pero puedo aprender". La disposición quiebra a la peor crisis. Quiebra lo que nos daña. Entonces, ¿llegó el momento de ponernos el anillo y salir a defender el sector?

miércoles, 10 de enero de 2018

¿Confesiones o 50 cosas sobre mí?

Surfeando entre las olas informativas y el contenido de las redes sociales, encontré algo que capturó mi atención en los últimos días de diciembre. De allí, de forma espontánea surgió una de mis resoluciones de año nuevo: arriesgarme a cometer más errores. Porque entre los pilares de la creatividad, no puede descartarse la posibilidad de equivocarse.
Ensayo y error, puede sonar trillado pero guarda ritmo, melodía y la promesa de un sentimiento que nos embarga. El dejarnos la piel por algo más grande que nosotros. Abandonar las seguridades por una corriente que nos estremece desde dentro.
Por eso, comenzaré este 2018 con ustedes,  inaugurándolo a lo grande con: ¡50 cosas sobre mí!
#1 Amo mi voz, la siento como mi marca personal. Aunque pudiese cambiarla con cualquier persona en el mundo, no lo haría.
#2 Tengo un muñeco de Yoshi en mi escritorio. Me recuerda las incontables horas que jugué MarioKart en el Nintendo 64 (¡y todas las veces que gané con el personaje! 😎). 
#3 Por algún motivo, me encanta la gente pelirroja. Siento que tienen un encanto particular.
#4 Tengo un peluche de Sailor Moon como recuerdo de la única convención de anime a la que asistí. Aún recuerdo a qué hora veía el programa todas las tardes.
#5 A veces rememoro con facilidad sucesos antiguos, como el ejemplo anterior.
#6 Aunque no lo aparente, juego truco (un juego venezolano de cartas) desde los 11 o 12 años. Sí, sé que parece que no encaja con mi personalidad, ni con ser una chica 😆
#7 He tenido la tentación de tener una colección de tazas para usar una diferente cada día de la semana.
#8 Mi taza actual es personalizada. Tiene la imagen de Syo Kurusu uno de mis personajes favoritos del anime Utapri. 
#9 Quizás ya lo notaron, pero mis artículos favoritos son los que tienen historia. Entre ellos, una armónica, unos zarcillos de alas, mi taza, un llavero de madera con la letra V. Otro de la Divina Misericordia. Una escultura de búho, una grulla de origami, una vieja navaja, un libro de Haruki Murakami y otro de Gustavo Bécquer. Una flor de papel y una tarjeta.
#10 Si tienes una conversación profunda conmigo, prepárate para que nos explote la cabeza un par de veces. Por ello, me gané que el ID de la relación con un amigo es la de "un mal necesario". Tengo una perspectiva bastante particular en muchas ocasiones.
#11 Mi pasión por escribir comenzó en 5to grado por una tarea. Desde entonces, supe que quería ser escritora.
#12 Soy fan consumada de las series policíacas. The Closer, Criminal Minds, la saga de CSI, The Mentalist, Psych, Monk, Unforgettable, entre otras.
#13 Series como Once Upon a Time, The Flash o Supergirl también me fascinan, aunque esté desactualizada con ellas.
#14 Pertenezco al grupo que se queda hasta después de los créditos cuando la peli es de Marvel o DC.
#15 El repiquetear de la lluvia, las risas de los niños (especialmente la de mi sobrino) y la melodía de los grillos los considero como arrullos para el alma.
#16 Los personajes de Hayao Miyazaki, Tim Burton y la personalidad de la mujer venezolana inspiran el temple de muchas de mis protagonistas.
#17 El agua o las playas están presentes en mis historias, porque llevo esa sal en mi identidad. Después de todo, vivo en un estado costero. Por algún lugar tenía que fugarse, ¿no? 😉
#18 Más que buscar una homogeneidad en los personajes, busco su diversidad. Por eso, se trata de personas atípicas que ponen de cabeza a su entorno. Soy ferviente creyente de la belleza oculta en lo extraño, en lo singular e impredecible.
#19 No tengo artista ni color favorito. Cada cierto tiempo rotó la música que escucho. Puedo comenzar con Lasso, pasar por Ha-Ash, Morat, Despistaos, openings de anime, SanLuis, Voz Veis, La Quinta Estación, LODVG, Ella Baila Sola, Sin Bandera, Floricienta, etc. En cuanto a los colores, hace tiempo mi favorito era el blanco. Luego lo reemplazó el azul y a su vez el verde. Ahora, me encantan todos los colores vivos.
#20 Me enganchan los animes de idols (como se les llama a los artistas japoneses). Vi cada capítulo de "Aikatsu!". El género que más veo es shoujo. Aunque también me gustan los géneros: histórico, musical, romance, comedia, sobrenatural, mecha, etc.  
#21 En mi playlist de YouTube tengo las canciones de "Inuyasha", "Shaman King" y "Shigatsu wa kimi no uso".
#22 No soy amante de las selfies ni de las fotos. Sin embargo, cuando me tomo alguna foto es porque estoy con personas únicas para mí. Es una manera silente, de demostrar mi afecto.
#23 El pez betta de mi cuento de "A través de la burbuja" se basó en mi mascota, Cecil. De hecho, él inspiró la historia en sí.
#24 Coco, piña, tomate y fresa son mis frutas favoritas.
#25 No puedo resistirme ante los encantos del aguacate.
#26 Sushi, empanadas, sopa de jojoto o auyama me hacen agua la boca.
#27 La pizza la prefiero con piña, aceitunas negras o champiñones. 😋
#28 Sueño con alzar la vista al cielo y encontrar más estrellas de las que pueda contar.
#29 En la universidad tenía la tradición de los "jueves de abrazos" con mis amigos más cercanos.
#30 La primera vez que me imaginé como escritora profesional, tenía en mente dedicarme a escribir cuentos infantiles. Tal vez este año veamos algo de eso.
#31 Quiero incursionar escribiendo obras teatrales. No me imagino limitándome a solo un género literario. El año pasado hice mi primer intento con "La niña de las flores marchitas". Inesperadamente, también terminé actuando. Fue un momento memorable, cada persona que le dedicó tiempo la disfrutó muchísimo. Por el esfuerzo que le pusieron y la dedicación merecen un pedacito de cielo. Confieso que me hicieron realidad un sueño que no sabía que tenía, con ustedes: Elena, Deniel, Yoel, Félix, Javier, Carlenia y Rosangel lo descubrí.
#32 Subrayar párrafos me ayuda a tener una lectura más activa. Mis libros son mi material de estudio, trato de degustar cada uno como se haría con un manjar.
#33 Los girasoles y dientes de león son mis flores predilectas. Siento que destilan poesía, que la suscitan en lo más profundo de mi alma.
#34 Tengo un particular estándar al momento de escoger bolsos o carteras. Tienen que tener el tamaño preciso para un libro mediano y grueso. Del resto, los descarto como opciones.
#35 Procuro siempre salir con algún libro, nunca se sabe cuando se tendrá la oportunidad de leer estando afuera. Ayuda a hacer productiva cualquier espera o "tiempo muerto".
#36 Encuentro cierto encanto indescriptible en los libros usados. Es como si trajesen consigo más historias de las que pudiese notar.
#37 Los audífonos constituyen un esencial para mí. Soy una persona muy auditiva, para trabajar o escribir necesito escuchar música. Siento que solo así mis pensamientos fluyen como un río, sin obstáculos innecesarios o trabas. De hecho, me ayuda a concentrarme.
#38 Hay un pensamiento que describe de forma sencilla mi trato con los demás. Observo la luz en ellos y actúo como si fuese lo único que viese. Me enfoco en lo maravilloso que hay oculto en cada persona. No es una pose, ni nada similar: creo en las personas, creo en su valor y en lo que son capaces de construir.
#39 En contraste, me sorprendo con facilidad de cómo la gente me interpreta. No tengo una consciencia real del efecto que pueden causar mis palabras o gestos en otros. Cuando causan un impacto positivo y me lo comentan, me siento como viendo una figura abstracta.
#40 Procuro ser sincera hasta el punto de mostrar, adrede, mis defectos. Porque no busco que los otros se formen una idea irreal o ilusoria de cómo soy.
#41 Cuando hablamos de temor, mi mayor temor no es a la muerte. No, mi mayor temor radica en una vida carente de amor. Tampoco me refiero a una vida que reciba amor, sino que lo brinde. Si la gente al acercarse a mi se siente y reconoce amada, no importa cuán larga o corta sea mi vida: tendré la certeza de que ha sido tan preciosa como podía.
#42 Inocente y suspicaz, así me definió una personita hace años. Estaba en lo cierto, tengo una intuición desarrollada. Cuando desconfío de alguien, el tiempo suele darme la razón. Conozco la facilidad con que surgen las palabras, así que también estoy consciente del mal uso que se les puede dar.
#43 Me encanta mi profesión. De pequeña, quería dedicarme al tae kwondo. También pensé en ser psicóloga, arqueóloga, veterinaria o chef. Pero como periodista puedo aprender de una infinidad de temas, que luego plasmaré en las historias. En cierto sentido, no escogí solo una opción, sino un poco de todas.
#44 Mi familia creyó que me inclinaría por la mención de Impresos. Y, de allí, que cubriría la fuente de sucesos. Creo que sorprendí a mi círculo cercano yéndome por Corporativa. Aquí entre nosotros, no me arrepiento en absoluto de mi decisión. Sea cual sea el área en que me desempeñe lo haré con la pasión que me caracteriza.
#45 Soy de opiniones y resoluciones bien afianzadas. Por ejemplo, estoy decidida a escribir. Sin importar el resultado, solo depende de mi esfuerzo superarme cada día. Tomar riesgos, ser constante, sorprenderme con mi entorno. No aceptaré un "no" por respuesta, porque no depende del resto. Solo de mí, eso es tener un locus de control interno.
#46 Las canciones que me encanta escuchar para llenarme de amor por la vida: "De tú a tú" - Lasso, "Mis ilusiones" - SanLuis, "Pequeña Venecia" - Ricardo Montaner, "Y tú, ¿de qué vas" - Franco De Vita, "¿Qué soy yo para ti?" - Hombres G, "Crío" - Lagarto Amarillo, por mencionar algunas.
#47 El año pasado, cuando estuve consciente como nunca de la importancia del tiempo y traté de no perder ni un segundo, me uní al grupo juvenil de mi parroquia. A mediados de año, pensaba "¿Todavía queda 2017? ¿Cómo puede un año condensar tantas cosas buenas?". Cada uno de esos muchachos tiene un valor indescriptible, verlos a ellos, era ver la esperanza de mi país. Era ver el esfuerzo que ponían en cada actividad, estuve jueves a jueves cara a cara con la esperanza. Compartir con ellos, fue la mejor decisión que tomé en mi 2017. Ojalá mis letras sean buenas mensajeras de la hondura de mi sentimiento.
#48 Hace meses, una persona me dijo que actuaba como si la vida fuesen unicornios y arcoiris. Entendí su posición; ahora somos muy unidas. A veces parece que tengo una fuente inagotable de alegría. De hecho, ¡es cierto! Porque soy genuinamente feliz por las alegrías de otros. Así que aparte de la felicidad (propia, por darle un nombre), tengo la que recibo de quienes me rodean.
#49 Varias de las historias de mi autoría que han leído, se deben en gran medida a una de mis lectoras cero. Los lectores cero son personas que leen los textos y te dan una opinión crítica al respecto. En mi caso, son el control de calidad. Cariñosamente, le digo Diesel-chan. Es una seña que solo nosotras entendemos. Por ejemplo, "El cuaderno de la cronista fantasma" tomó forma porque ella creyó en su potencial. Ha sido un apoyo inestimable. También le pedí que metiese ambas manos en cuáles aspectos resultaría interesante abordar en esta publicación. Si les agrada, ya saben que en parte es gracias a ella.
#50 El final, lo dedico a una analogía. El color de la piel o los tatuajes que tenga, no vuelven a la persona una incapacitada. No hacen que la persona esté menos apta para cualquier cargo o posición. De igual manera, antes de iniciar estas 50 cosas sobre mí, estaba consciente de cómo ciertas personas podrían reaccionar. Hay gente que ama ser conflictiva, que cuestionará mis gustos o el amor que pueda sentir hacia mi país (reflejado en ellos). Esta es la dedicatoria que les debía, que los tuvo en ascuas por un tiempo. Quería ofrecer un material de calidad. Así que debía hacerlo con calma.
Como dijese en una partida reciente de truco, no me dejo influenciar por tales cosas. Con todo el acento irreverente que corresponde al caso, no estoy pidiendo permiso para ser. Hay temas en que los otros no tienen injerencia. Conozco a la gente puntual que me lee y tiene esta clase de tendencias. Por eso, prefiero "pararles los pies" de antemano. Lastimosamente, ciertas personas acostumbran tomarse más libertades de las que corresponden.
En contrapartida, me toca agradecer de corazón a dos personas muy especiales. Los he tenido "sufriendo" con la expectativa. A causa de ellos, surgió la idea de este post tan especial e inédito en el blog. Gracias, Gustavo Merlo. Gracias, (Zen-tan) Rafael Briggs. Nuestras conversaciones resultan inspiradoras para mí.
Si hice alusión a lo largo del post a los comentarios que otros hacen sobre mí. Fue con total premeditación, es una forma de que otros hablasen por mí. Con sus palabras, sus perspectivas y el análisis que voluntario o no hacen de mi carácter. Quise ofrecer un panorama más completo, real y detallado. Ha sido una redacción carente de pretensiones o filtros. Una manera de mostrar a la persona de carne y hueso que está al otro lado de cada letra. 

lunes, 23 de octubre de 2017

La caída del sol

Un sol murió.
Fue un momento como ninguno otro en mi vida. Fue un instante de un silencio tan profundo que te rompía el alma. Aunque el aire estaba poblado de recuerdos, sueños y fragmentos sueltos de historia.  Todos ellos te golpeaban la cara, te golpeaban la vida con la fuerza de un boxeador de los que salen en la tele. Cuando el sol cayó, cuando se desprendió del cielo como si fuera una luciérnaga en pleno vuelo, todos caímos con él.
Fue estruendo.
Fue un dolor acumulado y sufrido en silencio.
Corrí hacía ese sol. Hacia ese pedazo de química de colegio, de calor mañanero, de porción de vida. Caí de rodillas abrumada. Estaba inerte en un charco de hielo. "Hielo", me repetí mentalmente.
Acaricié su superficie en un intento de consolarlo, pero me quemó las manos. La muerte te quema, yo en mi pequeñez, en mi tierna infancia no podía entenderlo.
Era una cosita diminuta. Me apoyé con mis brazos hacia atrás y alcé la mirada al cielo, con el movimiento mis trenzas se mecieron. Me llegaba el barullo de los adultos hablando, mientras contemplaba ese segundo mar sobre nuestras cabezas. Había un hueco en él, un círculo de negrura que parecía las arrugas de una mujer anciana.
Lo miraba y pensaba en la pantalla estrellada de un celular. Sí, eso parecía. El cielo era la pantalla destrozada de un celular de última tecnología. Escuché un golpe sordo. Bajé al instante la mirada hacia el sol muerto, asustada. Un adulto lo pateó; lloré y grité. Grité y lloré, sin orden.
- Es solo un sol muerto. Es basura, alguien que recoja esto de aquí -le escuché decir, con hastío.
Una voz tras otra apoyó la decisión. Así fueron reuniéndose los adultos del momento para definir cómo se desharían del cuerpo. Allí me pregunté si alguien con canas es realmente un "adulto". ¿El "adulto" puede elegir cuando algo o alguien es inservible? ¿La caída del sol era una desmemoria colectiva? Como toda niña, yo nunca tenía respuestas. Solo llevaba a todas partes mis bolsillos repletos de golosinas, objetos al azar en un revoltijo de dudas.
Abracé a esa masa helada aunque me quemase. Lo abracé como si fuese un bebé o un cachorro, desconsolada la envolví con mis brazos.
- ¿Por qué... moriste? ¿Cómo... cómo se apaga... un sol? ¿Por qué este tonto hielo te cubre? -dije entre gimoteos, con la voz irregular y golpeando la espesa capa de hielo.
Alguien se sentó a mi lado.
- Este sol estuvo absorbiendo frío -exclamó una voz a mi lado. Los adultos se mantuvieron a distancia, mientras el joven cogía pedacitos de hielo y los examinaba. Los miraba como si estuviesen vivos, los alzaba con tal cuidado como si pudiese herirlos.
Estaba sentado con las piernas dobladas, pero fue su mirada la que me sorprendió. Los adultos estaban demasiado lejos para mirarlo bien, por eso, a ellos les sorprendió otra cosa. Les extrañó más bien la pregunta que le hice al muchacho casi sin notarlo.
- ¿Este es tu sol?
Los adultos se pusieron morados por reírse tanto.
- Algo así... No precisamente. Verás, allá, en ese segundo mar hay millones de soles. Todos son diferentes. Me gusta cada uno de ellos, pero el sol que ves aquí; tiene un significado especial para mí.
Supe que me decía la verdad. En su mirada había una ternura que asemejaba a la que mi mamá tenía conmigo o mi hermanito. Se mezclaban sentimientos que entendía muy bien, aunque a esa edad no supiese sus nombres.
Era una combinación de ternura, tristeza, nostalgia, amor. Mientras que su voz tenía un último ingrediente, pero tardé más en reconocerlo: era esperanza. Le halé el brazo con la mayor fuerza que mi pequeño cuerpo me permitía.
- Tú eres mayor, no dejes que se lleven al sol. Ellos -señalé a los adultos- quieren sacarlo como a la basura.
Él acarició mi cabeza. El miedo me sacudió desde los pies hasta la raíz de los cabellos cuando los adultos empezaron a agarran picos y palas para "romperlo" y "quitarlo de en medio". El joven los observaba tranquilo, sin mover ni un músculo. Me puse en pie y traté de que hiciera lo mismo, lo halé y halé. No obstante, él no cambió la expresión ni por un segundo.
Los adultos vociferaban y soltaban palabrotas a espaldas mías. Me volví sin soltarlo, por supuesto, era mi único aliado. El único que me ayudaría a proteger lo que quedaba del sol.
Se aglomeraron los hombres más musculosos e hicieron algo sumamente raro. Trabajaron juntos para intentar levantar una pala, pero no pudieron. Se unió hasta el último hombre joven o anciano para levantar cualquier pala o pico, ninguno pudo.
- ¡¡Qué cosa más rara!! ¿Viste eso? -le pregunté.
Asintió con un gesto. Volví a sentarme entre el sol y el muchacho. Cuando en las noches tenía frío, mi mamá me abrazaba para transmitirme su calor. Quizás yo pudiese hacer lo mismo con el pequeño sol. En fin, pensé, este debe ser un bebé sol porque es más pequeño que mi habitación.
- Oye, ¿qué frío bebía el bebé sol?
- Se bebía las tristezas y las lágrimas de las personas...
- ¡¡Pero qué sol más raro!! ¿Era tan bebé que no sabía que los soles tienen que iluminar y más nada?
Él sonrió.
- Pues no le gustaba la tristeza de la gente, por eso, se la bebía. Cuando el vaso se queda vacío, ¿qué pasa, Alhelí?
- Se puede servir cualquier cosa, claro -respondí segura.
- Exacto. Incluso la felicidad.
Se levantó y palmeó el sol. Solté una exclamación y me aparté de inmediato.
- ¡¡El sol... el sol... él..!! -dije señalándolo con el dedo índice mientras abría los ojos cuanto podía.
- Despierta, no puedes dormir para siempre.
Todavía mi mente infantil no procesaba que el sol había vibrado. No, ese término es incorrecto. Lo que realmente pasó fue que el sol latió. Mi piel recordaba esa sensación como si se hubiese transferido a ella. Intentaba asimilar ese bombardeo de cosas, cuando escuché una voz apagada.
- No tengo fuerzas. Ya no puedo más. Ya no sirvo, ni siquiera soporto el calor, menos las llamas que rodean mi cuerpo. ¿Por qué insistes? Solo déjame.
Tapé mi boca con ambas manos.
El joven volvió a darle suaves palmadas al sol.
- El cielo está agrietado, se está rompiendo porque estás acá.
- Solo soy un sol. Un sol que no brilla, estoy congelado hasta la médula. Muero de frío... ya no sé iluminar...
Fueron cayendo trozos de hielo que se esparcieron hasta cubrirnos los pies a los adultos y a mí.
- Tú... ¿estás hablando con el sol?
Respondió sin dejar de mirar a su sol especial.
- Sí, eso hago. Este sol o bebé sol, no es mío. Pero soy el guardián de este sol, aunque el cielo esté repleto de ellos. Este es irreemplazable para mí.
- Necesitas otro sol, yo ya no sirvo. No quiero que pierdas tu tiempo conmigo, seguramente hay soles más brillantes. Eres un buen guardián, cualquiera quisiera que lo cuidases.
- Oye, ¿por qué se cayó del cielo tu sol protegido?
En esta ocasión, sí se giró hacia mí.
- Mi sol ama a los humanos, pero por ratos se pierde el amor a sí.
- ¿Eso... eso puede pasar?
El hielo se engrosó en el acto. Se me escapó un grito de miedo. Los adultos retrocedían, escuchaba frases sueltas de lo que decían. Fue muy difícil entender que ellos no escuchaban la voz del sol, pero tenían "pavor" de ese hielo repentino que se extendía y se reproducía, ¡cómo la alfalfa!
- Ha bebido muchas tristezas, las más densas le han calado en el alma. Por eso, intentan congelarla desde adentro -explicó él.
Negué con la cabeza no lograba entenderlo.
- Es semejante a cuando sientes que el cerebro se te congela por tomar algo frío muy rápido o cuando sientes las venas frías después de que te inyectan.
Asentí como hacía en el colegio, luego de que la maestra me repetía la lección del día. Hice un amago de caminar nuevamente hacia el sol, pero me resbalé hasta estrellarme contra la espalda del guardián del bebé sol.
Toque al sol en el punto exacto donde él lo hizo. Le di unas palmadas, pero el guardián levantó mi mano con gentileza.
- Ten cuidado...
Cerré los ojos con fuerza. Tapé mis oídos, mientras ocultaba el rostro en el abdomen del guardián. Allí estaba de nuevo, parecía una película en 3-D. No, era mucho más nítido. Eran recuerdos, recuerdos del bebé sol. La gente gritaba desde el fondo de sus almas por comida, escuchaba el llanto de un bebé abandonado entre bolsas negras de basura, el miedo me estremeció cuando sentí una moto detrás mío. Gente muriendo en las calles, hospitales sin medicinas, familias divididas, terremotos devastando acá y allá, tormentas y huracanes desarraigando esperanzas.
- Abre los ojos, Alhelí.
Sentí que respiraba de nuevo, pero me sentí helada como si estuviese tallada en vidrio.
- ¡¿Qué es esto?! ¡¡Dime!! ¡¿Qué fue lo que vi?! -estaba gritando mientras lloraba. Pero llorar se sentía diferente, sentía que al llorar me agotaba. Sentía que me agotaba como el contenido de un recipiente.
Más palabrotas. Todas llenas de miedo, de un pánico tan auténtico, tan tangible que no podía ser fingido. Un crujido cortó mi llanto, seguido de un millón de pequeños crujidos. Unos cálidos brazos me envolvieron por detrás, mientras seguía mirando al guardián.
Unos delgados y radiantes dedos tocaron la yemas de los míos. Mi corazón que latía presuroso, fue recobrando la calma segundo a segundo.
- Tu cuerpecito es muy pequeño para esa carga, mi querida Alhelí.
Los brazos me soltaron con la misma suavidad que me habían abrazado.
- Ni lo pienses...
- No quiero estar despierta, quiero partir. Déjame hacerlo
Seguí la mirada del guardián, hablaba con una mujer esbelta con una piel que titilaba. Estaban discutiendo. El lugar donde estuvo el sol quedó repleto de pedazos de roca, los adultos estaban pálidos e inmóviles. Solo pude observar.
- Entonces, ¿solo quieres morir? -le preguntó él.
Ella asintió. Aquel nivel de comunicación lo entendería a profundidad muchos años después. Así hablan dos personas que se conocen como si el otro fuese agua cristalina. El mayor diálogo me lo perdía, todos lo hacíamos. Porque era tan implícito, tan íntimo, como el lenguaje secreto que dos gemelos diseñan para sí.
- ¿Y qué crees que encontrarás al morir?
Fui incapaz de olvidar esas palabras. Fue extraño. El guardián nunca le dijo llanamente: "no mueras". Al menos, yo hubiese esperado que lo hiciera. Cuando revivo aquel suceso, ese detalle me parece cargado de significado.
- Dejaré de sentir que me he helado por dentro. Dejaré de ser un sol inútil e inservible -observó a los adultos que temblaban sin poder contenerse-, dejaré de ser una basura que está entorpeciendo el camino y debe despedazarse para que botarla sea más sencillo -solo pude sentir ternura en su voz.
Volvió a dirigirse al guardián.
- Finalmente, dejarías de perder el tiempo conmigo. De derrochar tu existencia en alguien como yo, que está frenando el ritmo de otros. Un sol que en lugar de iluminar, bebe lágrimas y tristezas. Soy una anomalía que no debió existir.
Pensé que él suspiraría. Cuando los adultos pudieron hablar del tema, confesaron "pensamos que le dejaría". Sin embargo, estábamos equivocados en redondo.
- Si tu vida es una anomalía, ¿no crees que la mía también lo sería? Si mueres, yo me quedaré haciendo guardia eterna donde fallezcas. Acá no hay opciones, no es como si fuese a buscarme a un sol sustituto. Tampoco es como si existiese un sol "mejor".
- No entiendo cómo puedes hacerlo...
Mientra el sol hablaba con la derrota en la voz, iban cayendo de su piel trozos de piedra y descubriendo una tez que emanaba luz. El hielo se derritió en cuestión de segundos. Me toqué la frente para revisar si estaba sudando, pero estaba tan fresca como si acabase de ducharme. La mujer sol, soltó es un suspiro la tensión de su cuerpo. Ese suspiro nos envolvió, nos infundió un amor sobrecogedor que nos dejo como meros espectadores. Algo más allá de nuestra comprensión estaba sucediendo.
Esa mujer sol cargada y rodeada de muerte me dedicó una sonrisa que me derritió el alma. "Quiero sonreír así aunque sea una vez en mi vida", me dije. Esas atrocidades que podían matar un alma, eran las lágrimas y realidades que ella se bebía a voluntad. Usé mis manos para protegerme los ojos, ahora me era casi imposible ver.
Lo último que observé fue a la mujer sol tomando la muñeca del guardián. Ninguno vio qué sucedió después, todos sabíamos que si miras al sol por mucho tiempo quedarás ciego. A partir de ese momento, cuando lloro y me parece que me ahogo, siento que unos brazos me envuelven y arrullan. No importa la edad que tenga, el evento sucede una y otra vez. Entonces, alguien me susurra con una voz de miel: "he venido a beberme tus tristezas, mi querida Alhelí". Mientras una segunda voz me asegura que "ya pasará. Los soles tienen una larga memoria, hay uno que recuerda incluso a una niñita que quiso abrazarla".
Él tuvo esperanza suficiente para ambos, cuando ella recogía las tristezas de los corazones para sellarlos en el suyo. Hoy habrá eclipse solar. Mientras reviso la agenda con el trabajo del día, me pregunto si mi amiga sol se ocultará tras la Luna para llorar sin que sus lágrimas alcancen a la humanidad.
Me la imagino allí, navegando eternamente en el segundo mar luchando con sus penas y dejándose ganar por la esperanza del guardián del sol. Suspiro. Suspiro sin poder evitar el miedo. El miedo de que un día ella sea demasiado débil, demasiado voluble para dejarle ganar.
Entonces, recuerdo que su guardián permanece en eterna guardia. Si la debilidad amenaza con ganarle el pulso, él tendrá suficiente fuerza por ambos. Por eso, antes que esos brazos me suelten y que la voz se vuelva distante le susurro "gracias. Para mí no hay otro sol como tú, querida amiga".


   

jueves, 24 de agosto de 2017

El cuaderno de la cronista fantasma: Crónica #2

"Estoy en un foso, Avry. He acabado aquí con dos devoradores de secretos. Este par irrumpió en mi faena como zamuros hambrientos."
"Todavía no estoy segura si quiero que me respondas", agregó tras pensarlo un instante. Con su letra apretada y cursiva, Garmir garabateó en mí presurosa. Por la inclinación de sus letras y la presión con que sostenía el bolígrafo era fácil deducir qué pensaba.
"Dos veces rompí la barrera de lo posible. ¿O era de lo permitido?". Eso pensaba. Mientras ella escribía en mí, yo la leía. Aunque ahora tuviese otros lectores que nos distanciaban de manera cada vez más frecuente -e irritante-. En definitiva, yo los aborrecía con todos mis años.
Garmir me cerró con tal velocidad como si mi contenido fuese su aire y pudiese escaparse.
- ¿Tampoco comes? -preguntó Arcí sentándose a mi lado.
Sentí que me ardían las yemas de los dedos. Me quemaban las palabras contenidas en ellos, la energía que esperaba ser consumida para alumbrar aquellas palabras.
- No tengo hambre -contesté pragmática.
Estábamos en una habitación que olía a humedad. Ese olor se pegaba a nuestros cuerpos igual que el polvo. Descubrí con cierto asombro que Luvny era alérgico a él, al hacer memoria sonreí. Jamás lo hubiese pensado. Fue extraño -y me alteró la primera vez- toparme de frente con sus ojos hinchados y su sucesión interminable de estornudos.
Después de dos semanas quería irse al otro extremo del mundo para evadir el polvo. Sin embargo, este hostal era el lugar más seguro en las cercanías. Afuera los enfrentamientos seguían, el hambre arreciaba, las muertes violentas se tornaron en "normales".
En particular, necesitaba organizar mis ideas. Avry podría darme una visión panorámica de la situación. Quizás incluso podría decirme qué camino tomar. Sin embargo, Avry era un comodín limitado.
Resoplé.
- Necesito aire fresco. Saldré -le solté a Arcí pasando de largo frente a él. Casi choque con Luvny que venía al ático.
El hostal estaba a su máxima capacidad. Pese a que daba la impresión de que nos sepultaría de un momento a otro bajo su infraestructura deteriorada. El piso parecía dar graznidos con cada paso de los huéspedes.
"Aire fresco, precisamente, ¿qué significa eso?", divagué. ¿Alguien sabe en la actualidad cómo se distingue? ¿Siquiera existe? Creo que no. En los últimos tiempos, deduje que así llamamos al espacio. Es un eufemismo de uso colectivo. Una manera diplomática de decir: "no me dejas respirar".
Soplé mi rizo color miel. Ese que siempre caía sobre mi ojo derecho.
Cuando llevamos tanto tiempo solos, nos acostumbramos únicamente a la presencia de nuestras sombras. Dejamos de anhelar la compañía, el tacto, el ruido, el calor de otras almas. Mi historia entró en crisis en dos oportunidades; esta era la segunda. Yo era una ermitaña, Luvny y Arcí habían irrumpido en mi santuario de paz y silencio.
Caminé.
Caminé.
Caminé.
Anduve por los cuatro costados de la localidad. Se llamaba Rané. Sus casas estaban destartaladas, pero no a causa de los proyectiles. Más bien era por falta de recursos. En Rané la gente moría por el deterioro de los edificios o como daños colaterales: falta de comida por robos en otras comunidades, enfermedades infecciosas, faltas de suministros, etc. Para mí, Rané en una localidad dependiente y allí radicaba su problemática. De levantarse por cuenta propia sería un remanso de fertilidad y abundancia.
Era una lástima.
Regresé al hostal "Moretz" cuando el primer hilo de sudor bajaba por mis sienes. Me senté en la barra y pedí un plato rebosante de frijoles, tajadas y carne mechada. Todavía faltaba para la época de hambruna. Sentí dos miradas clavadas en mi nuca, eran los devoradores de secretos.
- Necesitamos hablar -exclamó Luvny.
- ¿Vas a romperme el corazón e irte con otra? -pregunté con desenfado antes de comer un bocado de frijoles.
Estalló en carcajadas.
- Así que tienes sentido del humor -consiguió articular tras mucho esfuerzo.
Arcí también sonreía, pero de forma más disimulada.
- Me gusta tu estrategia -soltó, mientras yo le miraba sin dejar de comer-. Supondré que te gusta armar planes, pues bien, necesitamos de uno.
En siete bocados terminé de comer. Tonteamos mientras subíamos al ático.
- Se dejan llevar por la improvisación -sostuvimos un acto hasta alejarnos de las miradas del resto de huéspedes.
Luvny se encogió de hombros.
- Digamos que tenemos nuestra cuota de experiencia en ciertas cosas, ¿no, Arcí?
El aludido asintió. Ahora con una sonrisa más explayada.
- Hablaremos sin rodeos... para evitarte la incomodidad -agregó con diplomacia.
- Les agradezco el detalle -respondí sentándome sobre la delgada colchoneta. Ellos imitaron mi gesto.
- El panorama es este: están llegando rumores sobre una niña que caminó hacia el tiroteo.
- ¿Niña? -aquello me crispó la paciencia.
Luvny animó a su compañero a continuar. Era evidente que se dividían el trabajo, parecía que dialogar era la especialidad de Arcí.
- Un comentario aquí y otro allá han sembrado "dudas razonables" -intercambiaron una mirada-. A estas horas, ni siquiera los tiradores están claros en qué vieron... -hizo una pausa-, pero nosotros lo sabemos.
Iba captando por dónde venía la conversación. Nos llegaban el ruido de copas al chocar y risas estruendosas, el tintineo parecía flotar en el aire como solapando nuestra charla.
- Si somos pragmáticos tenemos dos explicaciones probables: se trataba de una niña suicida o presenciaron una aparición -sonrió con complicidad.
Soplé de nuevo el rizo.
- ¿Pretenden... venderme? -inquirí clavando mis ojos en ambos.
Hubo un minuto de silencio. Tenso, agudo y penetrante.
Luvny dio fuertes palmadas en el suelo. Arcí permaneció inmutable. Parecía que la cabeza de Luvny fuese a estallarle la cabeza.
- Ni siquiera se nos ocurrió. Además, ¿quién pone precio a una mercancía que no conoce? -me guiñó el ojo. Me estaba devolviendo la pregunta de hace rato-. No. Pensamos algo diferente. Sea cual sea tu nivel de... ¿Cómo llamarlo? -preguntó a Arcí-. Sí, me parece bien. Sea cuál sea tu nivel de inmunidad la estabas usando para ayudarnos a escapar...
- Mi incomodidad se despereza, ve al grano, por favor -lo apuré.
Intercambiaron otra mirada. Arcí le hizo un gesto con la cabeza.
- Seremos tu coartada, si nos ayudas a salir de aquí... Le tengo miedo al polvo -agregó cambiando el aire formal y urgente que había estado usando.
"Avry, ¿en qué me he metido?", pensé. Sí, eso sería lo primero que escribiría cuando estuviese sola.

Fin de la crónica #2

martes, 22 de agosto de 2017

El cuaderno de la cronista fantasma

Ella estaba absorta como acostumbra. Me encantaba que estuviese así, vaciaba todos sus sentidos con aquella naturalidad de quien respira o del pez que nada. Se afanaba de tal manera como si el sol se fuese a apagar en cuestión de segundos; llevándose todo rastro de vida con él.
Así era. Mientras que yo gozaba acaparando sus pensamientos, siendo lo más parecido al eje que pudiese tener o conociese. Incluso yo le temía a los cambios, les rehuía. Ambos lo hacíamos queríamos estancarnos, quedarnos tal cual estábamos sin interrupciones.
Interrupciones.
Así podrían calificarse el tronar de los disparos que volaban sobre su cabeza. Ella parpadeo, algo entró en su campo de visión alejándola de mí: aborrecí ese instante.
Ella, Garmir, levantó la mirada de mí: su cuaderno. Dos muchachos la habían alcanzado. Lo cierto es que Garmir estaba sentada sobre el capó de un viejo carro, sumergida totalmente en su faena mientras las detonaciones se sucedían.
Ambos se detuvieron en seco al verla. Su humor dio un giro brusco con un movimiento limpio y preciso bajo del carro y caminó hacia un local cercano. Seguía siendo dueña de sí, dominándose y con ese toque excéntrico que la adornaba más que cualquier maquillaje o arreglo externo. Sin embargo, ella los arrastró con una fuerza magnética tras sus pasos. Sin ni siquiera notarlo.
Entró en varios locales. El miedo cegaba a las personas, en la ciudad se respiraba hostilidad, miedo, dolor. Era una ciudad negra. Si Garmir fuese amiga de los mapas los teñiría todos de azabache; la violencia es una polilla que devora a la humanidad. Ella lo sabía.
Nadie detenía su mirada en ella. Excepto el par de muchachos que la seguían. Arrancó una y otra de mis hojas, hacía origami y los dejaba esparcidos como una estela de papel a su paso.
Volvió a la intemperie cuando caí al suelo.
- ¡¡Cuidado!! ¡¿Estás loca?!
Me quité la mano que había cubierto mi cabeza. Sacándola del rango de los disparos.
- ¡Lo estoy! ¿Tienes algún problema con eso? - respondí irascible.
- ¡Casi te vuelan la cabeza!
- Y a ti, ¿a cuenta de qué te importa eso? -pregunté.
El muchacho se quedó plantado delante de mí. Abría la boca pero no conseguía hablar de la rabia. Su compañero alternaba su mirada entre ambos. Luego, miró al suelo y recogió un objeto: mi cuaderno. Sentí que un corrientazo me recorrió el cuerpo, cuando quise agarrar el cuaderno algo me detuvo. Había demasiada tranquilidad en su semblante.
Resoplé.
- Sí, estoy loca. Me autodiagnostiqué locura severa hace años. Ahora, en lugar de preocuparse por alguien fuera de sus cabales, tengan sentido común y vayan a refugiarse o terminarán en la morgue.
El primer muchacho arqueó la ceja. El otro pasó las páginas del cuaderno a la velocidad precisa para no leer su contenido.
Excepto que no había contenido que leer.
Me tendió el cuaderno en silencio. Al momento de tomarlo, me sostuvo un instante por la muñeca. Era peculiarmente perceptivo, noté cómo sus ojos se detenían en las manchas de tinta negra en mi mano izquierda.
- No sé nada de psicología, pero sí que eres una persona peculiar. Busquemos un refugio, cuando cesen los tiros cada cual podrá irse a donde prefiera.
Asentí.
Trataba de controlarme. Aunque siempre tomaba la decisión demasiado tarde.
El perceptivo nos llevó a un almacén abandonado al que entramos por la puerta trasera. Parecíamos animales escondiéndose del arremeter de algún fenómeno natural. Me molestaba lo oscuro del escondite, era tan escasa la luz que no podría escribir. Tuve que mirarlos y centrarme en qué rayos hacían para matar el tiempo.
El muchacho con quien discutí se llamaba Luvny. Calculaba cuántas personas o armas podrían haber afuera, aunque confesaba que sus estimaciones podían ser inexactas. Quería que saliésemos mientras recargaban cartuchos o si el sonido de los disparo se escuchaban lejanos.
Por su parte, Arcí parecía el más calmado de los tres. Estaba pensativo. Los observé minuciosamente por espacio de un minuto o dos. "Sí, serviría", me dije. Me levanté del piso polvoriento tras examinarme por un momento.
- Salgan hacia la izquierda. Corran el próximo kilómetro, por favor, no sean tan idiotas como para hacerlo en línea recta o una bala les atravesará la cabeza.
Estiré mis músculos mientras ellos se incorporaban.
- ¿Tú qué harás? -inquirió Luvny.
- Necesito estar sola y regresar a mi faena. Ahora, ¿quieren salir o no?
Intercambiaron una mirada.
- ¿Qué tan grave es tu locura? -preguntó Arcí con semblante serio.
"Este chico es muy extraño", pensé. Incluso Avry estaría de acuerdo con ello.
- Incurable. Estoy en estado crítico y no me interesa curarme, ¿te satisface esa respuesta?
Tuvo la osadía -y la singularidad- para pensárselo.
- Está bien. Esperamos tu señal.
Llevé el ritmo con los pies, como si fuese una canción. Un, dos, tres, cuatro, pausa.
- ¡Ahora!
Luvny abrió la puerta trasera. Salí corriendo hacia la derecha, ya no volvería la vista. Recorrí el tramo donde las detonaciones se escuchaban más fuertes, hubo gritos de un lado y otro. Hubo maldiciones, exclamaciones y escuché muchos pasos que salían a la carrera. Me detuve con absoluta calma. El río de los acontecimientos seguía su cauce... o eso creía.
Las ventanas de toda la cuadra estaban rotas. Había proyectiles incrustados en las paredes de las fachadas hasta donde alcanzaba mi mirada. Charcos de sangre en aceras, en el pavimento, en los árboles.
- Sí, la polilla está devorando y dejando su rastro aquí también.
Me senté en la calle. Saqué mi cuaderno y busqué la página en que me había quedado. Regresé a mi faena.
- Así que se trataba de eso... -escuché la voz justo en mi oído. Nítida, inconfundible... e inoportuna.
Esto no debía ocurrir.
- Nos mandaste en una dirección mientras venías a encontrarte con las balas -Luvny parecía un huracán por arremeter.
- ¿Qué con eso? -dije por toda respuesta.
- Nada en absoluto. Solo es curioso -terció Arcí que había hablado a mi oído-. Es solo que no percibí miedo en ti. Estabas molesta, pero no te preocupaba tu vida. Aún así, tenías planes. Por eso, descarté que tuvieses inclinaciones o afanes suicidas.
Cerré el cuaderno. Me levanté y di media vuelta en cuestión de un segundo. Los quería lejos, y los quería lejos ahora.
- No le temías a la muerte porque tú no puedes morir. ¿Cierto?
Le reviré los ojos.
- Reconozco que la idea de Arcí es descabellada, pero tu actitud fue como una aparición para los delincuentes. Literalmente, los espantaste.
Aborrecí aquello. Primero, Avry. Ahora este par molesto siguiéndome las huellas.
- ¿Se creen sabuesos detectives o qué pasa con ustedes? ¿A cuenta de qué les incumbe si vengo o no a donde está el conflicto?
Arcí avanzó hasta estar cara a cara conmigo. Sus ojos verdes brillaban con la luz de un poste cercano que, curiosamente, aún estaba intacto. Le calculé cerca de 1,85 cm, en otras palabras, me llevaba 15 centímetros. Se inclinó para quedar a mi altura y mientras señalaba mi cuaderno exclamó:
- La primera impresión no siempre es la correcta. De hecho, casi me engaña ese cuaderno tuyo. Por un momento me creí que estaba en blanco. Pero no, apenas alejas o detienes el bolígrafo absorbe toda la tinta haciendo creer que está nuevo. Cuando en realidad...
El rostro de Luvny se llenó de astucia y picardía. Fue una mezcla que terminó en satisfacción cuando agarrando mi pulgar derecho lo presionó contra una de las hojas. La tinta apareció lentamente revelando mi letra cursiva, apretada e incluso poco legible.
Hice una mueca. Me habían descubierto.

Fin de la crónica #1  

miércoles, 9 de agosto de 2017

El legado del jardín

"Si estás leyendo esto... es porque hiciste realidad lo que para todos era un imposible.
Si estás leyendo esto, significa que creíste en mí hasta el final. Significa que te impusiste ante tus dudas, miedos y ante la rabia misma. Significa que me conociste lo suficiente para permanecer fiel a todo cuanto te dije, aunque a ratos no lo comprendieses.
Finalmente, quiere decir que te conozco lo suficiente para estar orgullosa de ti, como nunca lo estuve o estaré de nadie. Porque esperaste, porque confiaste, ahora mereces respuestas. O, mejor dicho, una explicación de las respuestas abstractas que ya encontraste y tienes ante ti."
La miraba llorar. Mirar cómo las lágrimas de esa muchacha impasible, me resultaba perturbador. Era como imaginar una noche perfectamente oscura con el sol en todo su resplandor, simplemente no me cabía en los sentidos.
A ciencia cierta, nosotros no éramos nada. Nos encontramos mientras dábamos tumbos por la vida, yo necesitaba oxígeno. Tomé el primer trabajo a distancia que conseguí -y podía mantener- para luego poner tierra de por medio con una multitud de voces que, de haberlas dejado, me llevarían al mismo precipicio donde yace inerte la cordura.
Tras descansar en varios pueblos con cero de atractivo o carentes de las condiciones mínimas para cumplir mi trabajo, terminé acá. En apariencia era una población normal, quizás un poco insípida, pero lo que yo necesitaba era una desintoxicación radical. Me había hartado de las medias tintas.
Di con ella cuando buscaba alojamiento. Aunque siendo totalmente sincero, pude quedarme en cualquiera de las casas deshabitadas del lugar. Según mis cálculos, producto de la peligrosa mezcla de mi aburrimiento ligado con mi curiosidad, por cada 10 casas 3 estaban desocupadas. Después de mis primeras averiguaciones, supe que no eran muy receptivos con los extraños.
Aunque sea un mero eufemismo.
-Aquí nadie hospeda a forasteros ni turistas, muchacho.
-Entonces, ¿qué sentido tienen las posadas? Tienen mínimo media decena de ellas -repliqué.
-Son para alojar a los mercaderes. A la gente que nos trae comida, enseres o cualquier artículo de necesidad. No para gente como tú -respondió con aire despectivo.
Después de una "amistosa charla" fui sacado como un animal portador de la peor peste, mientras entre gritos el posadero decía:
-¡Quizás, la chica roca te reciba!
Así inició nuestra convivencia; por escuchar los gritos iracundos de un viejo con el rostro colorado de amargura. En ese momento, no pude imaginar que empezaría la etapa más anecdótica de mis 29 años. Su piel era color arena, brillante y luminosa. Su nariz pequeña me hizo pensar que respiraría solo "hilos de aire", tenía múltiples perforaciones en las orejas pero distaban de darle una apariencia vulgar. Su voz ligeramente ronca me recordó a varias cantantes reconocidas. Jugaba constantemente con su cabellera de un castaño claro.
Después de su apariencia, su actitud me dejó totalmente pasmado. Se abstuvo de hacer preguntas molestas. En cambio, me enumeró los beneficios que podía tener en su casa de dos plantas y cinco habitaciones. Entre ellas privacidad total.
La primera semana comía solo en mi habitación del piso superior. Sin embargo, desde la segunda quincena bajé a desayunar con ella. Noté que la mención de su nombre la hacía aún más distante, como si hablase de alguien ajeno o desconocido. Por ello, terminé llamándola Arena. Le pareció curioso, pero no dijo nada más. Solo me dedicó una sonrisa gentil, entre ausente y empolvada.
A los 21 días de nuestra convivencia, entendí que mi joven casera vivía entre peculiaridades. Esos días, yo sufría de un insomnio atroz fue entonces cuando la atrapé en la cumbre de su rareza. Desde el principio su jardín me pareció fuera de serie: no tenía ni una flor, solo césped en pleno verdor, podado y atendido con esmero. Además de eso, sólo tenía rocas.
Piedras enormes que ningún hombre, a excepción quizás de un fisicoculturista o un grupo de ellos, podría levantar. Para mí era un misterio cómo acabaron allí, superaban la veintena incluso restringían el acceso a la vivienda. Descarté la coincidencia o que fuese algo aleatorio. Sin embargo, la actitud de Arena hacia ellas era todavía más extraña opacando las rarezas de las rocas en sí misma. En ese lapso, noté que se levantaba con cierta religiosidad a regarlas a las 5:00am. Por dos días continuos pensé que era una alucinación o un sueño mío.
-Tal vez esta casa se me torna demasiado pacífica y mi cerebro necesita hallarle algo fuera de lugar: loco, enfermo o sinsentido.
Por eso, el día 24 de mi residencia dormí 4 horas aquella tarde. De esa manera estaría completamente descansado, con la mente fresca y despierta. Hice algunas llamadas telefónicas y seguí una rutina mortalmente aburrida, insípida del todo pero convencido hasta la médula de que ese riego matutino era cuestión de una imaginación aturdida entre el trabajo y la monotonía.
El agua caía por inercia mientras Arena murmuraba versos con voz queda.

Riego tu recuerdo,
riego la belleza perenne de tu amor,
riego la melodía en tu voz,
riego tus días,
tus sueños,
los insomnios que poblabas.

Riego la tierra fértil
que me vio nacer,
que me permitió echar raíces,
que con sus vitaminas
y el agua de su alma
me vio alzarme,
alejarme del suelo...

Me había acercado para escucharla. Bajo esa luna amarilla y gigantesca, entre ese mar de palabras estaba dejando fluir sus emociones.
-Es como la niebla mañanera -exclamó sin volverse hacia mí.
Sentí que se me erizaba la piel. Supo que estaba allí observándola. Como un mosquito atraído por la luz, su halo de misterio me era irresistible. De pronto me embargó la súbita certeza de que Arena era un ser excepcional. Ciertamente, al amanecer la casa estaba rodeada por la niebla que para algunos podría resultar deprimente pero, para mí, constituía todo un espectáculo. Sin embargo, al igual que otros sucesos naturales este duraba muy poco.
Más adelante la acompañaba en aquel ritual suyo. Tomaba mi café sentado en las escaleras que daban a la casa mientras le escuchaba recitar. Me enteré que tenía un número reducido de acciones en locales familiares de poblaciones vecinas e inclusive en una ciudad a algunos kilómetros. Los negocios eran prósperos en sus ambientes y le permitían mantenerse sin recurrir a los excesos.
-Además del alquiler estacional de las habitaciones -comentó con un aire de confesión.
Las palabras de Arena cobraron un nuevo significado cuando al cumplirse el mes desde mi llegada desperté al escuchar vidrios rompiéndose alrededor. Me incorporé en la cama sudando frío pensando que había sobrevivido a una pesadilla.
Me costaba creer que las pesadillas pueden salir de los dominios de Morfeo y catapultarse hacia nosotros. Alargar sus garras como si deseasen despellejarnos vivos, sin que la luz o el amanecer les queme las entrañas mismas del miedo. Era una lección que tendría que aprender.
Bajé a la cocina donde compartíamos nuestras comidas y nos alternábamos preparándola. Bajé entre pisotones y una subida de adrenalina que me consumía. Ella se irguió al verme, había estado recogiendo cristales de las ventanas y los fragmentos de cerámica de nuestras tazas con las manos desnudas.
Su mirada fue sobria y directa. Alzó la silla que yo solía usar y la puso al lado del marco de la puerta.
-Siéntate, Carlos -me dijo con calma-. Los cristales no te alcanzaron, por lo visto...
Un nuevo escalofrío serpenteó en la piel. Sus gestos escondían un mensaje obvio y atroz. Me costó un minuto recuperar el habla.
-Estás acostumbrada a esto, ¿no es así?
Ella asintió.
La miré largamente animándola a hablar.
-Ninguno de mis inquilinos superan el mes en esta casa. El cronograma es así: en la mañana destrozan cada vidrio que tiene la casa. A media mañana sueltan los perros más agresivos en el jardín, si se abre alguna puerta o estás afuera puedes terminar gravemente herido. Al mediodía rodean la casa con basura, huevos o alimentos podridos que hace nauseabundo el respirar. A las 3:00pm, cesan mientras nos ahogamos en la inmundicia o tratamos de limpiarla. A las 6pm falla "misteriosamente" el agua y la luz, siempre por circunstancias que "escapan de sus manos". A partir de las 8pm y por 12 horas la calle parece un manicomio con ruidos mezclados que soy incapaz de distinguir por sí mismos.
Palidecí.
Cuando terminó de limpiar, no dejo que la ayudase en ningún momento, ella me guió hacia el sótano. Estaba ambientado como si funcionase como un apartamento. Divisé en una esquina un contenedor grande repleto de ventanales con las mismas características de los que se habían hecho trizas. Me había dejado allí entregándome la llave y con la puerta -que se cerraba solo por dentro- acuñada.
-Tienes un lugar completamente equipado aquí con cocina, un puf y un sofá cama -le dije a modo de cumplido. Estaba sinceramente sorprendido.
-Podrás irte alrededor de las 10am. Esta es la única forma de mantenernos ilesos de momento -dijo abriendo unas cajas y posteriormente una pequeña nevera, mientras extraía los ingredientes de nuestro desayuno.
Arena durmió en el sofá cama después de la comida y hasta que la llegada de los perros. Parecían tan atronadores los ladrillos que se incorporó en el acto, como si jamás hubiese dormido. Aunque trató de disimularlo envolviéndose en una mullida sábana, advertí que había cierto nerviosismo en ella. Sentí que estaba en negación absoluta, tan arraiga que ni siquiera ella lo percibía.
-Cuéntame, ¿cómo sigue aquel poema de cuando riegas?
Ella me dedicó una de sus sonrisas tenues que de manera inexplicable me hacía pensar en la espuma del mar. Sí, quizás todo en ella era irresistible para mí: ese es el peligro de los enigmas. Aún estaba aturdido frente a lo que vivíamos. Comprobé por cuenta propia que nadie en el pueblo la trataba. Salía escasamente de casa y cuando lo hacía era tratada como si fuera una peste andante. Cualquier contacto con los vecinos parecía que era semejante a echarle sal a una herida abierta.
  
 Riego la tierra fértil
que me vio nacer,
que me permitió echar raíces,
que con sus vitaminas
y el agua de su alma
me vio alzarme,
alejarme del suelo...

Me fui elevando sobre ella,
fui acariciando las nubes hechas de espuma,
fui dejando el peso atroz
en el pasado:
hasta que se volviese el olvido.

Allí en ese ambiente de exilio, de guerra y miedo su voz aportó un calor agradable. Ambos sentimos un matiz de paz ante una arremetida de violencia. Me explicó que la primera vez que aplicaron ese asedio su madre sufrió un infarto muriendo en el acto. Ella no puedo socorrerla, no puedo sacarla porque le había desecho los nervios.
Arena hablaba de manera pausada como si se refiere a los resultados de un partido de fútbol. Al indagar más, aprovechándome de la ausencia de lágrimas, me enteré que su mamá advirtió durante meses que el tanque de agua central de la ciudad tenía filtraciones.
-Fue muy insistente. Tanto que hasta a mí me resultó molesto -hizo una pausa-...pero tuvo razón. Una avería en las tuberías nos dejó sin agua por dos semanas, semanas en que el poblado no tuvo nada de agua. La gente podía matar por una taza de agua. Por eso, nos escondimos aquí. Ella tomó todas las previsiones, al momento lo consideré paranoia, pero nunca estuvo más cuerda.
Siguió detallándome cómo murieron varios niños, pero cuando intentaron socorrerlos la gente se arremolinó alrededor de ellas y el agua se desperdició. Estaban presas de un frenesí colectivo.
-Fueron días donde la violencia era lo único que se respiraba arriba. Mamá temió por mí y decidió que nos escondiésemos aquí. Días antes del primer asedio, trajeron las rocas en camiones de construcción.
Me miró con seriedad, estaba por confesarme qué había detrás del riego religioso e inusual de rocas.
-Ellos dijeron que esas rocas son del tamaño de su rabia hacia nosotras. Tenía apenas 12 años cuando las trajeron, la casa estaba rodeada por los vecinos que gritaban enfurecidos que "cuando se partan esas piedras de forma natural" ellos nos perdonarían. Hasta entonces solo somos parásitos. Fue peor que cualquier pesadilla, solo superada por la muerte de mi madre.
No dijimos nada por un rato. Un olor fétido se colaba en la habitación, sin que pudiese detectar cómo entraba. Arena se levantó y puso una maceta con plantas aromáticas entre ambos, era cuanto podía hacer aún persistían en la lejanía los ladridos de los perros.
-Mientras estaba en shock, mamá había entrado a la casa y salido con una regadera. La observé sin comprender. No obstante, desde su muerte las riego aunque nada pueda florecer. Han pasado 15 años, ¿sabes?
Recordé la tinta indeleble con que escribieron en las rocas "mueran", "váyanse", "parásitos", "zorras" en letras apretadas que hacían incomprensibles los demás insultos. Era tinta roja como si con ello, reclamasen su sangre. Recordé a Arena regándolas, el escepticismo y la curiosidad que me embargó desde el inicio. Casi "miré" el agua resbalando de ellas, como si fuesen impermeables. ¿Será el odio impermeable?
Todavía no tengo claro si dormimos o perdimos la consciencia, mi pensamiento estaba sobresaturado para asimilar nada más. Sin embargo, me acuerdo palabra por palabra lo que me diría más tarde Arena: "me levanté sintiendo que algo se desgarró en mí".
Un sonido estridente llegó hasta nosotros, cuando intercambiamos una mirada ambos habíamos "saltado" ella del sofá cama y yo del suelo. No sabíamos a qué atenernos, pensamos que se habían radicalizado hasta el punto de demoler la casa misma con nosotros en ella. Impulsados y manejados por la adrenalina dejados nuestro refugio y salimos al exterior.
Nos costó abrir la puerta que daba al jardín porque estaba taponada con bolsas y bolsas de basura. La mañana no había clareado, así que entre una cosa y otra no podíamos ver hacia fuera. Empujé la puerta varias veces, al décimo intento la basura cedió. Supe en ese instante lo fuerte que era mi instinto de supervivencia.
Lo que encontramos fue insólito. Los vecinos compartían nuestro miedo y preocupación, apagaron los equipos de sonido para buscar qué produjo aquel estruendo. La oscuridad lo dificultaba todo, escondiéndolo con su manto de negrura, cuando el sol se alzó caí sentado y sin habla.
Todos estábamos tiesos, mudos, absortos como estatuas.
Las piedras todas y cada una de ellas estaban partidas por la mitad.
Arena caminó hacia la más grande que le llegaba hasta la espalda alta y acarició las grietas, las palabras no le salían. Hacía el intento de hablar, lo sé, lo noté. Pero nada salía de su boca. Tras un esfuerzo monumental, pude acercarme a ella.
Arqueé la ceja.
-Arena, hay algo debajo de la roca... -extraje una bolsa plástica de esas que se utilizan para guardar alimentos y están cerradas al vacío. Se la tendí. Sin recuperarse del asombro, lo abrió y extrajo un sobre.
"Si estás leyendo esto... es porque hiciste realidad lo que para todos era un imposible.
Si estás leyendo esto, significa que creíste en mí hasta el final. Significa que te impusiste ante tus dudas, miedos y ante la rabia misma. Significa que me conociste lo suficiente para permanecer fiel a todo cuanto te dije, aunque a ratos no lo comprendieses.
Finalmente, quiere decir que te conozco lo suficiente para estar orgullosa de ti, como nunca lo estuve o estaré de nadie. Porque esperaste, porque confiaste, ahora mereces respuestas. O, mejor dicho, una explicación de las respuestas abstractas que ya encontraste y tienes ante ti."
Lloró. Lo hizo de tal manera que le quité la carta con suavidad, mientras lloraba con el cuerpo entero como solo puede hacerlo quien se negó el derecho a sentir. Quien se guardó todo su dolor y lo sepulto en lo más hondo de su memoria. Leí para ella la carta.
"Cuando las piedras se partan tu amor se habrá impuesto al odio. El hilo de la furia se habrá cortado y secado de raíz. Mi querida hija, no somos dueños ni poseedores de los corazones ajenos. Sinceramente, nunca lo seremos. Sin embargo, déjame decirte que solo existe una manera de acabar con tanto caos: ofreciendo algo mejor.
Quizás durante este tiempo el verdadero reto no era que se partiesen las piedras. Mi reto como madre era enseñarte a nunca abrigar rocas en tu alma. Mi amadísima hija, cada vez que regabas las rocas regabas tu vida, tu futuro, tus sueños, lo que harías de ti. Ahora que las piedras han cedido, haz aprendido a perdonar. Haz aprendido que es un proceso lento y puede parecer tortuoso. Donde esté te amaré, hazme llegar tu amor a través de quienes tengas cerca. Mis oraciones han sido escuchadas, ahora tu vida puede germinar... Ahora el miedo queda atrás.
Posdata: Las semillas que acompañan esta carta son la promesa de tu futuro a construir, no podías acceder a ellas ni a ti misma, mientras odiases. Solo sembrándolas descubrirás qué flores esconden. El documento que está en el sobre son las escrituras del pueblo, mi familia paterna lo fundó. Al mudarse se llevaron las escrituras, por eso, cuando uno de nosotros volvió pasadas cinco generaciones, nadie lo recordaba. En este momento, tienes la sabiduría suficiente para tomar las decisiones correctas. Recuerda a través de ellos recibiré tu amor...Sé feliz."
Conforme avanzaba en la lectura, alcé la voz hasta que cada vecino escuchó el contenido de la carta.